Diario de León

adolfo alonso ares poeta

«Mis recuerdos son memoria y no nostalgia»

Filandó n adolfo alonso ares dibuja en ‘la música y el frío’ un tapiz en el que plasma la topografía de un lugar que su memoria ha convertido en leyenda. los versos que escoltan este particular bestiario son el crisol sentimental del poeta maragato. «La música y el frío es una percepción idealizada del invierno más recóndito que imagino»

fernando otero perandones

fernando otero perandones

Cristina Fanjul
León

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E n los últimos años, su faceta de pintor ha eclipsado en cierta manera su obra poética, con la que entre otros obtuvo el premio Gil de Biedma, el Vicente Gaos y el Fray Luis de León. Adolfo Alonso Ares inaugura la próxima semana en el Coal una exposición basada en su poemario La música y el frío. Además, y de manera casi simultánea, abrirá en la Diputación de Valladolid una muestra al alimón con el director de cine Fernando Colomo. Dice el poeta Juan Van Halen que el último poemario de Alonso Ares conjuga la poesía de la línea y la de la palabra. Y es cierto. Cada uno de los gallos que acompañan los poemas son un jeroglífico artístico que nos impiden saber dónde empieza la narrativa de la figuración y en qué lugar acabó la historia íntima de los versos. Como en un juego infantil, Adolfo Alonso Ares invita al lector a ponerse la venda y jugar a la gallina ciega. «Miramos las hogueras que eclosionan donde nunca hubo nada», introduce entre el perfil de una de sus aves legendarias después de habernos cogido de la mano para llevarnos, aún con los ojos tapados, entre las visiones que la memoria de su infancia tintinea en nuestro oído. La poesía de Ares suena a verdad porque no se engaña a sí mismo. No hay artificio ni pretensión en unos versos que evocan el tiempo de todos. Desde la mujer que se santigua antes de pedir por el alma de sus hijos pasando por esa huella que nos hace frágiles y eternos, hasta los seres que nos miran y nos unifican en la esperanza de la trascendencia. La obra de Adolfo Alonso Ares crece como una madreselva porque evoca las emociones más genuinas, las que se convierten en el nudo común de todos los lectores: Astorga, la infancia, la soledad, los tránsitos, los sueños, el abandono... y la magia que envuelven las vides de este particular bestiario.

—Una de las características de tu poesía es que sugiere el eco de sonidos legendarios. ¿Cómo se te pegó a la voz poética esa cualidad? 

—Forma parte de medio, de la devoción por lo que desde el principio iba conociendo, especialmente por los seres humanos que participaban en mi entorno o mejor dicho, yo en el de ellos.

—En este libro la poesía se escribe con los elementos esenciales de la naturaleza. El fuego, el aire, el agua. ¿Era intencionado?

—Jamás. Hay visceralidad casi primitiva y eso connota un modo de entender lo que me rodea. El primitivismo está en nosotros, más cerca de lo que nos parece. Por eso en la poesía que escribo vive la percepción de mi mundo, del mundo que conocí y tanto me sorprendió.

—¿Los versos que escribes junto a los gallos son un trasunto del poema que acompaña la pintura o es al revés?

—Son lo mismo, emociones libres y también solitarias que nacen de la imaginación y de la verdad. Son improntas que seguramente me representan porque siguen viviendo en mí.

—¿Cuándo comienzas a pintar gallos y dragones? ¿Cuál es la asimilación literaria de estas figuras?

—Siempre los pinté e imaginé. Son los sueños del desván al que jamás pude entrar. Fragmentos de lo que me gustaría que hubiese sido la realidad. Son certezas que me acompañan.

—Una de las características de estos poemas es la reiteración en las mayúsculas en los versos. ¿Es intencionado? ¿Cada verso es autónomo del anterior y del siguiente?

—Sí, me gusta dar protagonismo a cada verso para que sea único y reseñado como si no hubiera otro. Es un modo de definir, en cada uno de ellos, más de lo que dicen las palabras que lo componen. Nacieron acompañados, pero cada uno es libre y por lo tanto diferente.

—Los poemas me devuelven el eco de una distopía en la que hay muerte y esperanza ¿Cómo conjugas esa dualidad que, aparentemente, es tan contradictoria?

—Es la vida, en realidad creo que todo forma parte de lo mismo sin ningún tipo de referencia negativa. Cuando cito a la muerte, sobre todo, me refiero a la vida que la acompaña, sin ella tampoco existiría. No me preocupan los finales.

—Las palabras que has elegido, estoy segura que de una manera concienzuda, suenan a mundos pasados. ¿Nada puede competir con la nostalgia? ¿Cuál es el escenario de la tuya?

—Suenan, creo yo, a la certeza de lo que me sorprendía de niño cuando pasaba los veranos en Maragatería. Latía un mundo más meditado mucho más cercano e íntimo. Era el vínculo con la tierra, con lo cercano, con las menudencias del hombre. Porque en realidad mis recuerdos son memoria y no nostalgia.

—La obra se titula La música y el frío. Me recuerda a El ruido y la furia, el título de la novela de Faulkner. Él lo tomó de Macbeth y la explicación, por lo tanto, es obra de Shakespeare. Exprésame el desenlace de La música y el frío. Cuéntame ese relato. 

—Esta tierra de inviernos tiene un sonido y un sentido silencioso que es su música. El título es una percepción idealizada del invierno más recóndito que imagino. Me gusta la textura de ese tiempo, cuando hay que encender fuego en las casas y se escucha el silencio y la intemperie.

—En tu preciosa dedicatoria me dices que estos versos son ‘los versos que convoca la memoria que esconde nuestra tierra’. ¿Cuáles son los debes poéticos de tu obra? Me imagino que no sólo serán literarios.

—Sí. Pienso que es así. Escribo sintiendo el mundo que conozco y en esa memoria que me acompaña está la plenitud de cuanto digo. Me convoca la imaginación. Voy encontrando imágenes que recrea mi mente y simplemente las anoto.

—¿Qué es La Cabrera? ¿Se extiende más allá de los límites físicos?

—Un territorio que recoge la naturaleza menos intervenida por el hombre. Pueblos que se incrustan y agazapan para dejar de existir. Se mimetizan. Regresan al origen.

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