EL FILANDÓN
«Las librerías están llenas de cosas caducas»
Se hacen llamar ‘gran gromo’, ‘malabia’, ‘suscriptor 10’... son miembros de Manual de Ultramarinos, una activa sociedad, secreta y literaria, que tras cinco años de vida comparece ante la prensa Sus escritos están impresos sobre la pulpa de papel de libros viejos y en ediciones mínimas, contadísimas

Los integrantes de Manual de Ultramarinos.
No todos los días se halla uno ante el brete de entrevistar a una sociedad secreta. O cuasi secreta. Pero ante todo hay que dejar claro que el posible mérito de haberlo conseguido no corresponde en este caso al redactor sino al fotógrafo, y así lo dejaron claro los propios miembros de Manual de Ultramarinos, singular grupo de letraheridos leoneses con querencia a buscar en rastros, anticuarios y mercadillos su sustento literario, su cotidiana ración de metáforas.
«En efecto, somos una sociedad secreta y no entra dentro de nuestros planes aparecer públicamente, como hacemos ahora, en un reportaje... si lo hemos hecho ha sido como excepción por la simpatía del fotógrafo que enviasteis al último acto. Allí le explicamos que nunca avisamos de nuestras reuniones, ni se puede acudir sin invitación». Lo dice malabia (sí, con minúscula), portavoz de esta cofradía de ropavejeros de las letras en la que cada integrante jamás responde a su nombre propio sino que es conocido por distintos alias y apelativos en clave. De hecho, el auténtico ‘culpable’ de que los Ultramarinos aparezcan por fin en el Diario fue el llamado «suscriptor número 10», que dio el chivatazo a la prensa.
Pero, ¿qué puede llevar a un grupo de personas amantes de los libros a reunirse y a mantener tales liturgias cuando la lectura es una actividad que, en principio, se realiza en solitario? «Bueno, en primer lugar te diré que lo secreto de nuestro grupo responde a que vivimos de espaldas a las imposiciones y costumbres de la industria cultural como única forma de salvaguardar lo que nos interesa, que es la literatura —reflexiona malabia—. Siempre repetimos que, en lo nuestro, todo es de mentira menos la literatura que es de verdad, justo al revés de lo que ocurre en el mundo editorial en el que casi todos los libros que se editan no son literatura sino mentiras que se sostienen con una crítica fraudulenta y eventos de promoción».
«A veces se nos considera hoscos o elitistas —advierte—, pero simplemente nos apartamos por amor a la literatura de verdad, somos apartadizos para salvaguardarla. De ahí que nuestro interés se haya dirigido hacia el pasado, las librovejerías, el Rastro y ‘la busca’. Ante una producción literaria del presente cada vez más insatisfactoria, lo pretérito nos ofrecía, por un lado, el filtro de calidad del tiempo y, por otro, la posibilidad de rescatar del olvido libros injustamente orillados aunque fuera sólo momentáneamente».
Manual de Ultramarinos comenzó sus reuniones y andanzas hace algo más de cinco años, en un principio, «para presentar nuestros escritos, impresos sobre la pulpa de papel de libros viejos de autores del pasado y en ediciones mínimas, muchas veces contadas para los asistentes, de forma no venal y siempre a cambio de la voluntad». Cuando se le pregunta por si cuentan con una especie de cuartel general y en qué consisten realmente sus actividades anuales, se refiere el discreto delegado ultramarino a una «sede principal» que fue, hasta que cerró hace unos meses, «la chamarilería de la calle Cantareros, un museo de cosas a punto de desaparecer que era una obra de arte en sí misma y cuyo dueño mantenía como santuario mágico leyendo unos libros que nunca quería venderte. Allí presentamos entregas coincidiendo, normalmente, con el final de cada estación del año. En esas entregas han ido hojas volanderas, novelas por entregas, la única colección infantil de Europa escrita por un niño, antologías de poetas raros y cuentistas solitarios, la única cinta de cassete del mundo en la que un músico canta con el ruido de Nueva York de fondo, opúsculos sicalípticos... incluso una revista crítica sobre la actualidad literaria de hace más de medio siglo y otra del círculo de Lisboa».
No puede el entrevistador sustraerse a la sugerencia tendera y colonial de la denominación de la banda, y por eso pregunta por su origen. «El nombre de Manual de Ultramarinos es invención de Tinofc Ocramalliv, alias el polaco, dueño de una de las bibliotecas extraídas del Rastro más importantes de España: su significado es uno de los grandes secretos del grupo».
Pero, aunque cada integrante de este ‘anti-ateneo’, de esta heterodoxa tertulia tiene sus gustos y fetiches, ¿hay cierta clase de autores por la que el colectivo sienta predilección? «Bueno, no se trata de un grupo estético aunque sí se haya producido un estilo propio, el ultramarino. Hay referencias comunes como Pío Baroja, Ramón María del Valle-Inclán, Ramón Gómez de la Serna y todos aquellos autores que han nutrido y nutrirán con sus libros viejos la pasta de papel que dará a luz las hojas sobre las que imprimimos e imprimiremos nuestros libros...», reza malabia siempre contenido, juicioso, en ocasiones críptico. Por ejemplo, ante la cuestión de si esta tierra, célebre por su abundancia en prestigiosos autores, es pródiga también en lectores, responde: «Todos los ultramarinos hemos leído más de lo que debíamos».
En este punto se plantea uno cómo adquirir alguna de las ediciones del grupo. ¿Qué ha de hacer el interesado? ¿Quizá acudir a algún oscuro bazar y dar una contraseña al tendero? «Los ejemplares, como dije, se hacen en ediciones muy limitadas y se numeran, rara vez superan la veintena —aclara malabia—. Últimamente se sopesa la idea de hacer un ejemplar único de cada obra. Sólo se puede conseguir una de nuestras plaquettes al ser invitado y asistiendo a la presentación. Si sobra algún ejemplar se deja en la librería Galatea que está al pie de la Catedral, donde hay un librero excepcional que lee libros, Leo».
Es curioso que Manual de Ultramarinos haga gala de clandestinidad en una época en la que todo el afán parece ser figurar, publicar, exhibir, airear… «No hacemos gala de clandestinidad sino que directamente nos escondemos para que lo que le pasa a la literatura por todas partes no nos pase a nosotros —aclara el emisario—. En una ocasión, un escritor nos ofreció sus textos asegurando que no quería dinero sino sólo reconocimiento y fama. Le dijimos que nosotros éramos todo lo contrario, que queríamos no ser conocidos para poder disfrutar de la literatura».
¿Y cómo ven los miembros de Manual de Ultramarinos el devenir (o quizá la deriva) de la literatura actual? Esa explosión de autores, esa jungla imposible de desbrozar, y todos esos otros que no paran de correr en pos de premios… «En todas las épocas ha habido autores que han vivido con gran éxito de público como si fuesen a ser clásicos y una vez muertos se desvanecen en la memoria; su obra sola vale poco. Las librerías de nuevo están llenas de cosas caducas».
El pasado sábado, cuando fueron abordados sorpresiva y repentinamente (pero con final feliz) por parte de la prensa, los ultramarinos habían emergido para presentar sus novedades de otoño en la estrecha, oculta y nefanda calle del Barranco. Y también bajaron por el mercado callejero de antigüedades y chamarilerías de la cuesta Fernández Cadórniga, ávidos de hoja perenne.
Y ahora, ¿en qué tipo de misiones ultramarinas se encuentra embarcada la cuadrilla? «Vamos a hacer una antología en la que varios poetas elegirán, cada uno, un poema de un poeta olvidado y provinciano. También editaremos una recopilación de textos en prosa en los que varios autores describirán la ocasión en la que vieron por primera vez una película en un cine». Por último, ¿que hay que hacer para llegar a ser ultramarinero? «Hay que ser introducido por otro miembro, poseer cualidades de trapero del tiempo y tener el beneplácito de los fundadores que ocupan los primeros puestos en la lista de suscriptores de honor», dictamina malabia... y se esfuma rápido, con un rumor de papeles volanderos.

