juan pedro Aparicio ESCRITOR
«León debe reconocerse y no buscar modelos»
habla de león con rabia, pasión y desencanto. juan pedro aparicio habla de literatura y de historia cuando se cumplen 30 años de la obra que le convirtió en una figura literaria «Siempre he dicho que en la guerra todos fueron malos, pero en la paz solo el franquismo lo fue» «Más importante que buscar modelos de futuro es reconocerse a sí mismo, sabiendo tus carencias»

El escritor pasea por una céntrica calle de Madrid
S e cumplen 30 años de la publicación de Retratos de Ambigú, la novela con la que Juan Pedro Aparicio se alzó con el premio Nadal. La conmemoración da pie a hablar de las obras que tiene en su recámara literaria y que estána puntos de aparecer. Una de ellas está velada por necesidades editoriales mientras que en la otra realiza un trayecto entre lo que él califica de literatura cuántica. Incluso nos hace un regalo literario que mezcla el dinosaurio de Monterroso con la épica melancólica de León.
—¿En qué estás inmerso?
—Estoy a la espera de ver muy próximamente en la calle un libro que es distinto de todo lo que he hecho hasta ahora. Se trata de una antología. Su titulo es Cien relatos cuánticos de la literatura clásica española . Está a punto de salir en Eolas con Héctor Escobar, ese formidable editor leonés. Lo he disfrutado mucho mientras lo hacía. He leído y repasado escritos de nuestra mejor literatura, buscando lo que llamo cuánticos, es decir relatos diminutos, que aunque puedan llegar a las quinientas palabras o no tener más de diez, constituyen en sí mismos una unidad narrativa. A unos llamo integrados y a otros exentos. Los primeros son los extraídos de textos mayores, novelas, relatos convencionales, libros de viaje o incluso textos filosóficos. Siempre he tenido presente aquella magnífica Antología de la literatura fantástica de Borges, Bioy y Ocampo en la que hacen esto mismo con un resultado que a mí me ha parecido fascinante.
—¿Y los exentos?
—Los exentos no requieren de mayor explicación, pues así han sido concebidos. Hay textos que van desde don Juan Manuel hasta Juan Ramón Jiménez, Max Aub o Antonio Machado. El resultado final es un paseo muy gozoso y ameno por la gran literatura española desde sus inicios hasta el siglo XX.
—Hazme un cuento cuántico con el sueño frustrado de León
—Su madrastra le dijo que era un león y, ya tranquilo, se echó a dormir; al despertar comprobó con horror que era solo un conejo, y de indias.
—Se cumplen 30 años del Nadal para ‘Retratos de Ambigú’, una novela que refleja un León que en lo esencial ha cambiado poco.
—León no es muy diferente del resto de España. El problema está en la mirada. Lo cuento en El Año del Francés. Llega de allende los Pirineos un personaje que supuestamente vive de escalar catedrales góticas. Sus hazañas, sin embargo, necesitan de algún apoyo local y en León lo tiene de un macarrilla muy popular, una especie de vagabundo simpático que todo el mundo conoce. Eso, a la postre, lo hará invisible, pues es él quien lidera la escalada, quien le tiende por delante las cuerdas de las que se sirve. Sorprendentemente abajo, quienes en la plaza contemplan la escalada fascinados por el arrojo del francés, no ven al macarrilla, solo ven al francés. Y tanto no lo ven que son muy pocos los lectores del libro que lo han visto y eso que con toda intención lo llamé cainejo y el cainejo fue el lugareño de Caín que ayudó al marques de Villaviciosa a subir al Naranjo del Bulnes. Y es que durante mucho tiempo si preguntabas a la gente quién había sido el primer hombre en poner sus pies en esa cima, todos respondían que el marqués de Villaviciosa, ignorando la decisiva presencia de Gregorio Pérez, el cainejo. A mi juicio, más importante que buscar modelos de futuro es reconocerse a sí mismo, sabiendo tus carencias y tus virtudes. Y hoy las virtudes y potencialidades de León no son capaces de mostrarse plenamente, ahogadas por nuestra principal carencia: la falta de poder político.
—Como la realidad siempre supera la ficción, tú ya adelantaste la existencia de un cadáver desconocido en la Catedral.
—Fue una sorpresa enorme leer la noticia del cadáver hallado en la catedral. Hombre, es el Chacho, me dije. Pero, claro, el Chacho es un personaje de ficción y el cadáver está ahí, es real. Según los primeros análisis parece además que su muerte coincide más o menos en el tiempo con lo que sería el de la desaparición de Chacho. Siempre he creído que la ficción es más veraz que la realidad. Sobre todo si entendemos la realidad como relato histórico. En mi novela, el cadáver pertenece a un mito del deporte local que, tras hacer la guerra con los republicanos, y preso en San Marcos, logró escapar y se escondió en la catedral. Su plan de huida no se cumplió, sin embargo. Oculto en en el interior de una tumba, quien tenía previsto rescatarlo para llevarlo a Asturias y de allí a La Argentina, no se presentó, y allí quedó encerrado hasta morir de inanición.
—El lienzo que dibujas de los ‘popes’ leoneses no se diferencia demasiado de los que tenemos hoy en día. ¿Por qué en León hay esa tendencia a seguir en un bucle?
—Es cierto que parece como si estuviéramos siempre dando vueltas a la noria. Yo hace mucho que no vivo en León y por tanto el territorio que retrato no es exactamente León. Me faltan vivencias y detalles, de ahí que haya terminado llamándolo Lot. Y eso tiene un sentido, porque a Lot se le prohibió mirar atrás. A nosotros todavía no se nos ha prohibido, pero cuando lo hacemos, cuando miramos hacia nuestro pasado, nos encontramos con mentiras, mentiras enormes que hacen de los villanos héroes y de los héroes villanos. Y no solo el pasado está afectado, también el presente. Por ejemplo cuando se nos dice que la crisis económica y de población que padece León obedece a la caída de nuestros sectores más significativos, la minería, la agricultura y la ganadería de montaña. Es algo innegable, pero qué se ha hecho para paliarlo. ¿Puede alguien imaginar que al enfermo de pulmonía no le den las medicinas adecuadas para curarlo y además se le despoje de las pocas ropas y abrigos que tenía? Curioso tratamiento este. Pero ahí está Castispaña con su Cid y sus supuestas hazañas para dejarnos a un lado, en ese rincón oscuro donde se encerraba a los niños. Lo que le falta a León, no me cansaré de decirlo, es poder político; si lo tuviera probablemente podría salir con relativa facilidad de ese bucle nefasto. En la Transición a la democracia se dijo que había que acercar el poder a los ciudadanos. Pues bien, aquí se ha hecho lo contrario. Como todo el mundo sabe, las decisiones que afectan a la provincia y a la región leonesa se toman fuera de aquí. Si eso es descentralización, mejor estábamos antes. Al menos no había la posibilidad de agravios comparativos pues todas las provincias españolas teníamos el mismo régimen.
—En ‘La Forma de la Noche’ Esteban le dice al Chacho que en Lot no hace falta esconder a los presos porque no existen. Se trata de una frase genial porque el poder usa siempre esa invisibilidad para no hacer nada. Con León, desde luego, se ha jugado a eso, a hacernos invisibles a fuer de volvernos irrelevantes.
—Así fue el franquismo. O mejor dicho, el nacionalcatolicismo. Siempre he dicho, para escándalo de algunos, que en la guerra todos fueron malos, pero en la paz solo el franquismo lo fue. El vencido no existía. En eso, La Forma de la Noche sirve para representar a toda España. El otro, el represaliado, el vencido, el perseguido, no existía. Pero, como te digo, eso no es algo que solo ocurriera en León. Precisamente en León me parece que hubo una mayor armonía o una mejor convivencia entre unos y otros. Todos hemos conocido a grandes profesionales que estuvieron comprometidos con la república, médicos, abogados, catedráticos de universidad, y todos pudieron convivir en León sin mayores problemas, quiero decir, sin que la sociedad civil les fuera hostil. Nuestro problema hoy es otro, aunque es cierto que nuestra invisibilidad viene de bastante antes. Está en los manuales de Historia en los que hay siempre una pequeña mancha sobre el Reino de León.
—¿Cómo ha variado Lot en tu obra literaria y cómo en la realidad? ¿Los protagonistas siguen siendo los mismos?
—Pasar de un género a otro es como cambiarse de ropa. El exterior cambia, pero la persona sigue siendo la misma. Los cuentos obedecen a leyes distintas de la novela; el ensayo, no digamos. El libro de viaje es también otra cosa. Pero en todos ellos está la misma persona, con sus obsesiones y manías, sus recuerdos, sus preocupaciones, sus anhelos y esperanzas; lo mismo que debajo de cada vestido, por muy variado y distinto que el ropaje sea, siempre está la misma persona. Hace algún tiempo que he dejado Lot como territorio de ficción. He hecho una novela sobre Jovellanos, Nuestros Hijos Volarán con el Siglo, una novela histórica. Pero ojo, no confundir con las novelas así llamadas, que no son otra cosa que novelas de capa y espada. Y lo que estoy haciendo ahora es también histórico. Me pueden las obsesiones. Nunca he sido escritor de masas. Mi generación literaria en general creció de espaldas al mercado. La literatura ha sido siempre para mí algo imperativo, una especie de exploración continuada del entorno vital a través de la escritura.
—Si el comisario Malo viniera a León ¿cuáles serían sus reflexiones sobre la provincia? ¿Qué tipo de crimen investigaría?
—Malo era un poco tontorrón. En Lot ademas estaba al servicio de algunos intereses bastardos. Y resultaba ser un tipo bastante rastrero. Es verdad que evolucionó. Al irle mal, podemos decir que se humanizó. Y ya en Madrid defendía causas justas y hasta era capaz de rebelarse contra los jefes corruptos, pero seguía siendo un zote y cuando resolvía algo, lo hacía más bien por casualidad, como cuando en el Bernabéu salvó la vida del entonces futbolista Zidane frustrando los planes de un terrorista. Por eso, si Malo hubiera seguido en León, muy probablemente no habría sido capaz de atinar con la causa de nuestros males recientes, esa falta de poder político de que adolece León. Lo cual le invalidaría para investigar el crimen más sonado ocurrido en la capital leonesa durante muchos años, un crimen cuya carga política ha quedado prácticamente en blanco. Lo que es tan chocante como significativo.
—¿Qué obra escribirías acerca del León que tu conociste en tu juventud? ¿Queda nostalgia?
—Creo que el León que yo conocí tiene bastante que ver con El año del Francés. Hay otro anterior que está en Qué tiempo tan feliz. Por lo general los recuerdos con el paso del tiempo van perdiendo sus aristas más duras y uno cae en la añoranza que hace grato lo ingrato simplemente porque se fue más joven. Lo único que en mi memoria permanece inalterable, algo que jamás hubiera querido vivir, es mi paso por las aulas de cierto colegio sito en lo que por entonces era la plaza Circular, hoy de la Inmaculada. El transcurso del tiempo no ha podido dulcificar un ápice el mal recuerdo. A unos tocaba ser los buenos; a otros, los malos, malos sin redención posible, casi como esos vencidos de los que hablamos más arriba. Al fin y al cabo estábamos en los tiempos más duros del nacional catolicismo y el maniqueismo era el pan de cada día. Algo de eso ha quedado escrito en Qué tiempo tan feliz.