Diario de León
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nacho abad
León

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Al llegar a la carretera y encontrar una cabina telefónica, supe que me había perdido. No antes. Aún me quedaba una moneda en el bolsillo. La metí en la ranura e intenté marcar un número para pedir ayuda, pero no tenía a quién llamar. Durante unos segundos busqué en la colmena de mi memoria, que parecía desierta, hasta que me sobresaltó un ruido detrás de mí. Me giré y distinguí un mapache oculto tras los árboles que me miró con indiferencia y se fue. A su paso alborotado desplazaba las hojas secas como un barco desplaza el agua del mar. Luego volvió el silencio.

Entonces, de una de las celdas de la memoria se me cayó algo al suelo, el objeto intacto de la historia que unos días atrás me había contado el guía que me enseñó el bosque. Los recuerdos son siempre más breves que las experiencias que los provocan, por eso duran más tiempo. Cogí ese recuerdo con la punta de los dedos y me lo puse en la palma de mano. No sabía qué hacer con él. El guía era un hombre mayor y delgado, con el rostro triangular como un felino y los ojos negros y punzantes.

Con sus palabras lentas me contó que aquella era la única cabina que existía en aquella carretera, que a su vez era la única que cruzaba el bosque. Al marcar el 010, el teléfono remarcaba el último número con el que hubiera comunicado. En sus días libres, dos veces por semana, oculto tras los árboles, esperaba allí, porque era cuestión de tiempo que llegara un joven, casi siempre un joven, descolgara, mantuviera una breve conversación y después se perdiera de nuevo entre la espesura.

Él entonces salía de su escondite y remarcaba el número. Y hacía algunas preguntas: «¿Cómo se llama la persona con la que acaba de hablar?, ¿sabe si tiene algún problema?», esas cosas. Los días de más suerte le respondían y salía a buscar a ese joven, a esos jóvenes a los que nunca encontró. «A veces pienso que se trata de una sola persona que, como en un cruel mito, se despide cada día de la vida», dijo. «Puede que no vengan aquí antes de morir, sino que lo hagan después», añadí, y sus ojos felinos se metieron en las cuencas de mis ojos humanos, que aparté avergonzado de haber dicho una frivolidad. Pero quizás fuera cierto. Entré de nuevo en la cabina, descolgué y marqué el 010. Y al otro lado me respondió una voz familiar.

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