poesía
La ardiente flor de mi cuerpo
poesía completa (1902-1924) Delmira Agustini Edición de Mirta Fernández. Visor, Madrid, 2019. 332 pp.

E n 1924 Delmira Agustini murió asesinada a manos de su marido, el cual se suicidó acto seguido. Tenía veintisiete años y con María Eugenia Vaz Ferreira y Juana de Ibarbourou inauguraba en Uruguay una saga de mujeres poetas inigualable en cualquier otro país: Idea Vilariño, Amanda Berenguer, Ida Vitale (último premio Cervantes), Circe Maia... Acaba de aparecer en España, aunque existían ediciones anteriores, la Poesía completa de Agustini, con extensa introducción de Mirta Fernández, la cual se esfuerza en señalar las singularidades de la poeta uruguaya, con elementos modernistas, pero con «un insólito cambio de perspectiva y un deliberado ejercicio de introspección». Por otra parte, en su poesía se da una visión innovadora del papel de la mujer y de la sexualidad femenina, del amor como amalgama de placer y dolor. Se suele indicar que el impulso y la sustancia temática de la poesía de Delmira es el erotismo; señala un crítico que en este aspecto sigue resultando impactante y vigente; tanto que Borges, el formidable escritor, pero un tanto mojigato, no dudó en lanzar un envenenado dardo de humor sobre este verso de la poeta: «Cuando tu llave de oro cantó en mi cerradura».
La lectura de Delmira Agustini nos hace tornar a la poesía de ritmo marcado, a la sonoridad del verso, a la tradición más honda releída por una poeta abierta a la exaltación de los sentidos. La Safo americana, como se la ha llamado, fue en cierto modo una rebelde. No renunció al ropaje modernista: la atracción del Oriente, de sus leyendas, mitos y enigmas; perfumes, misterios, visiones exóticas, sueños vagos, el hada madrina, la quimera, la maga, el vampiro... También el léxico delata la impronta de Rubén Darío, sobre todo: clavel sonoro, manitas de lis, opalinas ánforas, cisne de marfil, olifante de oro... Es la indumentaria externa, porque, como expresa un poema, «la forma es un pretexto, el alma, todo»; no importa el brillo, sino la esencia; más que el diamante, «la luz sangrienta de la llama»; mejor la melodía de la alondra que la pompa del faisán. A su musa poética le pide «que vibre y desmaye y llore y ruja y cante». Y así actúa, en efecto, cuando poetiza el amor-pasión, que «es vibrante y suave y riente y triste». Y lo canta con inusitada fuerza: «Y hoy río si tú ríes, y canto si tú cantas... / y tiemblo si tu mano toca la cerradura, / y bendigo la noche sollozante y oscura / que floreció en mi vida tu boca tempranera».