Diario de León

Apóstol leonés de la cultura

BERNARDINO . M. HERNANDO.

jesús f. salvadores

jesús f. salvadores

Publicado por
GONZALO GARCIVALescritor y periodista
León

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P ara empezar la vida basta vivir un poco./ Para empezar la muerte hay que morir del todo»… Con estos versos estremecedores abre su primer poemario «Crónica de una nostalgia» (1976) Bernardino Martinez (M.) Hernando, súbitamente fallecido en Madrid el pasado 7 de abril. B.M.N. ?era aquel mismo Don Bernardino que sacó del marasmo cultural en que estaba sumido durante la postguerra, León (que a mediados del siglo XIX tildaba George Borrow de «ciudad vieja y tétrica») con su provincia. Hecha, claro está, la excepción de la revista «Espadaña», renovadora de la poesía española del momento bajo la inspiradora influencia del gran don Antonio González de Lama.

El joven Bernardino M. Hernando —de siempre don Bernardino para sus paisanos y contemporáneos, el hijo del cartero de Mansilla de las Mulas—fue sin duda el discípulo más destacado de González de Lama, con la ventaja añadida de su formación francesa y su energía emprendedora en todos los ámbitos de la capital: postconciliar en lo pastoral, modernizador en la esfera cultural, impulsor de «Claraboya» (en cierto modo continuadora del empeño precedente de «Espadaña»), que congregó a jóvenes escritores rupturistas y prestos a acabar con las Letras de cartón piedra entonces dominantes (Agustín Delgado, Luis Mateo Díez, José Antonio Llamas, Juan Pedro Aparicio, José Miguel Ullán, etc., etc.). Sus sesiones de cine-forum, que revolucionaron la mentalidad de la juventud leonesa en abierta competencia con el muermo impuesto por el monopolio de la tristemente famosa ELDE. Sus charlas en Radio Popular, sus artículos en Diario de León, la huella que dejó en Cistierna, pueblo al que dedicó su libro primordial Memorias de un coadjutor (1963)…

… Pero, agobiado por la atmósfera en torno a aquel obispo retardatario que fue monseñor Luis Almarcha Hernández, tuvo que irse con la música a otra parte.

Habiéndole ocurrido algo semejante a lo que le pasó a Francisco Umbral, fijó su residencia (1969) en Madrid, donde desarrolló una notable y fecunda labor periodística en los principales medios de la capital y como maestro de varias generaciones de periodistas desde la Universidad Complutense; o desde la misma Casa de León. Dos muestras de su talento en ese campo: Premio Torcuato Luca de Tena (1991), aparte varios premios de Poesía, y bibliotecario de la Asociación de la Prensa, que editó su ensayo monumental La Corona de Laurel. Periodistas en la Real Academia Española (1970). Casi por azar dirigió el último número del vespertino Informaciones , en cuya redacción abundaron los profesionales de estirpe leonesa...

De mi deuda de gratitud y de la amistad con que me honró, podría relatar muchas anécdotas y vivos recuerdos. En buena parte fue mi orientador y preceptor. Me introdujo en la lectura del poeta R.M. Rilke. Quien aspiraba a morir de su «propia muerte». Y la muerte de don Bernardino, hombre y figura tan noble y ejemplar, es en no menor medida nuestra propia muerte.

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