Diario de León

Diego Medrano ESCRITOR

«Soy un fanático de Gamoneda»

entrevista ‘Llora mi alma de fantoche’ es la última y alocada aventura literaria de Diego medrano. El autor asturiano de ascendencia leonesa recopila en este libro una década de poesía

El escritor asturiano de ascendencia leonesa Diego Medrano

El escritor asturiano de ascendencia leonesa Diego Medrano

Verónica Viñas
León

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L eopoldo María Panero le bautizó como «el Kakfa español’ y de él Antonio Gamoneda ha dicho que es «un convincente terrorista». Siguiendo la estética de Baudelaire y Rimbaud de ser un «moderno» sin resolución, Diego Medrano vuelve a escena con Llora mi alma de fantoche.

—¿Qué le da la poesía que no le da la narrativa?

—La poesía es un susto, un cortocircuito, el nervio de una prosa en una mínima quintaesencia. La poesía da esperanza, que siempre literariamente se cobra en calderilla, como quería Emilio Carrere, bohemión de los de antes, azotacalles intempestivo y paraguas roto con chambergo al amanecer. La poesía es un susurro, la voz del loco; y la literatura o prosa, esa voz general de la manada, más dócil, repleta en ocasiones de mansedumbre, tantas y tantas ocasiones mirada bovina y pura idiocia, leída con la indolencia del abatimiento en la orgía capitalista. El pensamiento poético es irracional, eléctrico, pero, al mismo tiempo, dentro de su justicia, cabe la belleza convulsa, que es aquella no domesticada por familia o semejantes. Rayuela o Nadja solo tratan de salir de uno mismo.

—‘Llora mi alma de fantoche’ es una compilación de diez años de poesía. ¿No es usted demasiado joven para andar haciendo antologías?

—Soy joven mientras la luna me siga iluminando. Es un díptico, realmente, engloba dos libros de soledades ásperas, escrituras aceradas pero muy con las bridas en las manos y vino peleón y de la tierra: Escucho detrás de las puertas y Las madrugadas sucias . Quiero para mí la juventud ciega de Rimbaud o Lautrèamont. Soy un náufrago: envío mis botellas a las editoriales y dicen que sí. ¿Por qué seguir normas o placebos? Fecho todo ese tiempo porque tengo hoy cuarenta años. Quiero hacer lo que ni yo espero y vivir lo más lejos posible de lo que hace el de al lado. Nace del conocido tango que aquí cantaron Concha Buika o El Cigala: «Llora mi alma de fantoche,/ sola y triste en esta noche,/ noche negra y sin estrellas».

—Afirma que no es poesía de la experiencia ni de la conciencia ni del silencio… ¿Qué es entonces?

—Todas esas etiquetas sirvieron sobre todo para robar peras. El mayor engaño posible. Es, justamente, lo que existió en la tradición antes de toda esa morralla de marbetes para borregos: parnasianismo, el paso al simbolismo, el regreso al romanticismo, el símbolo dentro de la realidad como algo que recoger. Contar las copas de la noche anterior aquí fue una moda, pero no me interesa nada a nivel poético. Me interesa cuando el lenguaje se fuerza para decir lo que no tenemos pensado; y entonces, por supuesto, surge otra verdad, el cortocircuito anterior, imprevisto y transgresor. La vida interior como revolución fue la única meta de los surrealistas. El mundo interior onírico, peligroso y engatusador. Deshacer la realidad e inventar un cosmos donde no morir de mediocre. ¿Explica algo acaso Mallarmé? Su lucha fue la búsqueda de un lenguaje y vida repletos de misterio.

—Le gusta presumir de desclasado y fugitivo.

—Eso es bellísimo, como se lo agradezco. Desclasado porque andar con pantallitas doce horas al día, moviendo el dedo, me parece de retrasados mentales. Desclasado porque comprar en Primark mierda por tres euros me parece de acémilas. Fugitivo, también, porque solo hay una forma de no morirse ni envejecer, la de romper rutinas. El momento es lo más fugitivo. Estar en movimiento siempre, incluso al acecho, es de una juventud rompedora. Qué bella es la maldad de colmillos afilados para siempre. Escribir, oiga, es apoyarse en imágenes y buscar, como un lobo, emociones estéticas fortísimas. No es un acto notarial, volvemos a lo de antes: es separarse de las cosas para darles formas por el lenguaje. Es ser otro en el lenguaje mismo.

—¿Le atan los endecasílabos?

—Hay muchos, ciertamente, y puede que sea un pasatiempo como otros hacen sudokus. El endecasílabo y alejandrino es la rima culta por excelencia. Ambos son un navajazo. Este libro, de casi doscientas páginas, que cuesta doce euros, va a casi euro por año, porque engloba diez. Borges hablaba del freno de oro de la tradición: un soneto, ya frena, tienes un espacio determinado para dar las volteretas en el aire que quieras. No obstante es más de lo anterior, mucho decadentismo. Que solo tiene dos concepciones puras: sentirse el final de algo, por un lado, y sentirse distinto al resto, por el otro. Siempre me gustó mucho del bohemio su resistencia, en contra de las flatulencias o merengue blanco del burgués. El otro, en panorámica, es siempre un soldado o mercenario de sí mismo.

—Leopoldo Panero le llamó el «Kafka español». ¿Se lo creyó?

—Jamás tuve un conflicto con él. Sus últimos libros, al menos cuatro, se los gestioné yo sin cobrar un euro. Leopoldo me sigue interesando mucho: forzó la vida y la literaturizó. Conocía perfectamente su enfermedad. Solo sentía asco y náuseas por un demonio: el alcohol. Sabía cuánto le había destruido. Hizo la primera poesía no solo extranjera, sino extranjerizante en España. Parece que viene de afuera, parece que niega lo nuestro, está hecha a base de fogonazos y no es hermética, atención, en todo momento se sabe de lo que habla. La oscuridad en él jamás es una coartada. No, no me lo creí. Dijo algo más sobre Kafka, que era un escritor realista, ahí hay toda una tesis doctoral y ninguna coña, aunque lo parezca. Se lee a Kafka como tal, otro error. Siempre estuvo en escritor, sin pasar la gorra antes o después de la faena, como tantos y tantos chupatintas.

—Gamoneda, en cambio, le definió como «convincente terrorista». ¿Qué tiene que decir?

—Fue antes del Cervantes, por un libro de poemas en prosa, El hombre entre las rocas , que le mandé y le gustó. Soy muy fanático de Gamoneda. Es el primer poeta español de laboratorio, no de guitarra, borrachera y lugares comunes. A Leopoldo le dio dinero y en la calle, como Ferlosio, no soporta una injusticia. Fue independiente, no anduvo en la infamia de los grupos literarios. Esos parásitos, García Montero y todo el clan, lo que dijeron de él no tiene perdón. Rechazó la Real Academia por dignidad propia. Todo el miedo e injusticia de la Guerra Civil lo lleva dentro y fue capaz de mejorarlo. Su literatura eriza porque está llena de vida, dentro de un lenguaje nuevo, otra forma, caudal nuevo en odres viejos, eso solo lo consiguen los muy grandes. Crea otro idioma y, en ocasiones, es confesional, clásico y radical, ajeno a presunción y retrato con gola. No bebe ni una gota de la lírica española.

—¿Los tiempos tabernarios son siempre más poéticos?

—Gloriosas casas de comidas, formidables despachos de vino, fantásticos figones de antaño, exquisita freudiría popular de gambas por el suelo y barras de zinc y azulejo. Vimos en un mundo de copias donde los orinales se asesinan. La taberna, el dorado costumbrismo, todo ese mundo de Jean Béraud, autor de la portada de mi libro, esas atmósferas del bistró francés y sus quesos y licores y borrachos pacíficos o ensimismados, me fascina. Me enloquece el costumbrismo, y los grandes siempre supieron hacerlo. Cela lo hace muy bien; y Mesonero Romanos, mal, porque se adhiere a eso, no hay distancia. Los tiempos tabernarios son bohemios y, como quería Gómez Carrillo, la bohemia no es más que la juventud pobre dedicada a una profesión creativa. Más taberna y menos dedo digital. Estamos creando analfabetos emocionales, los peores de todos, y tecnológicos, puro espacio desértico para la imaginación. Hay un socialismo o igualitarismo en la taberna, donde nadie es más que nadie, y me gusta el escritor que se dirige a un pueblo y no a un público educado para su producto de marras. Lo peor que le puede faltar a un escritor es calle y pueblo. No creo en las torres de marfil.

—¿«La cuestión es no echarse atrás», como dice en alguno de sus poemas?

—Eso viene en muchos clásicos. La idea de arrepentirse solo de lo que no hagas. La vocación ni caduca ni claudica. La creación es otra vida, tan cercana al juego como a la supervivencia. El ser depresivo o vencido pierde imaginación, y ésta es siempre pura fuga hacia delante. El deseo siempre construye. La abulia de nuestros pequeños narcotizados con aparatos electrónicos será una pandemia de muy difícil solución. Es bueno que la cultura sea eso que te obliga a salir de ti mismo para ser otro, pero es pésimo vivir eternamente encerrado en un videojuego o videoclip. Brossa distinguía entre imaginación y fantasía: lo segundo era Walt Disney; lo primero, algo decisivo que solo se consigue por medio de la lectura fervorosa.

—¿El miedo sabe a membrillo?

—Bueno, es una forma fácil de decir que es dulce. El miedo es un carburante enriquecedor, una gasolina que fija la atención. El miedo, fíjese, siempre nos hace más inteligentes, ante una posible enemigo o no. El miedo es ficción y supervivencia: hay perseguidores que no existen. El miedo forma parte de la adolescencia, a la hora de enamorarnos, por ejemplo. A la hora de estrenar algo, una vida o una tarjeta de crédito. Hay una parte desconocida en todos nosotros que el miedo reactiva e ilumina». Nadie sabe lo que puede el cuerpo», decía Spinoza. Miedo y cuerpo, la fisicidad del miedo, es brillante. Perderse en cualquier pasión es puro miedo y embeleco, prospectiva, tendencia hacia delante. Dalmacio sostenía que pierde más quien pierde su pasión que quien en su pasión se pierde. El miedo es gratis: me gusta el del temerario y no el del pusilánime, ojo. El miedo del que se moja, del que se atreve, del que lucha y labora y ora.

—¿El libro ha sido un paréntesis o quiere seguir por el camino de la poesía?

—Siempre me planteo escrituras simultáneas en el tiempo. Cualquier horticultor hace lo mismo: no siempre planta tomates. La poesía se escribe cuando ella quiere. Al final del verano saldrá mi teatro completo, y luego una novelita corta del tiempo, justamente, de estos poemas. Que la escritura enfríe, que la escritura descanse, buscar lo imprevisto, es divertido. Algunos escritores solo te hablan del mundo editorial y es insoportable. Prefiero el fracaso, unido al secreto, a la manera de Beckett o Baudelaire. Balthus entendía el arte como una «soledad habitada», y había que estar en paz en ese mundo, y tantos años de Tao y mundo Zen llevamos, sí, que lo mejor es trabajar y no pensar. Umbral decía que no hay que llegar a la escritura con todo pensado, que es una trampa, que la escritura misma es una forma, en su ejercicio, de pensar y llegar a algo. Lo que más debe cansar a un escritor es no escribir. Luis María Anson siempre lo dice, el escritor es un obrero de las palabras. Y ambos, Anson y Umbral, estuvieron muy seguros siempre de su capacidad de trabajo y de lo que éste les iba dando. Es fantástico creer en el progreso obrero.

—¿Se siente a salvo de sí mismo?

—Fue una broma muchos años. Me llamaban borrachos o costaleros de la farra y si no estaba en la calle siempre les decía lo mismo por teléfono: «Estoy en casa, a salvo de mí mismo». Fui muy imprudente, enormemente charlatán, escénico en mis interminables dramaturgias y misas negras, teatral y mimo, pesado, muy pesado, y en ello no siempre había descansos. Algunos escribimos porque es una forma de no ser interrumpidos, dicen los más fantoches. El viaje siempre es bueno, salir de uno mismo: el de Ulises es circular, vuelve a casa, y el de Kafka vertical, no regresa, además sostiene que ese punto de no retorno es el que hay que alcanzar. Muchos, a cobijo o resguardo, jamás son ellos mismos. El barro en las ruedas, en ocasiones, educa como nadie y no impide perder el norte.

—¿Podría trazarnos un mapa literario de León?

— Hay dos clásicos modernos: Colinas y Gamoneda, uno es viaje existencialista hacia dentro, el otro justo lo contrario, lirismo hacia fuera y explosivo. Luis Artigue, sin sus narcisismos habituales y gorgoritos pegajosos de bebé eterno, conoce la joyería verbal al microscopio. Rafael Saravia practica un humanismo de alto voltaje; una forma donde la literatura cambie el presente y trae el porvenir interior en la luz de Mestre. Hay un editor maravilloso, Héctor Escobar, que arriesga, lucha, tiene la carretera del músico y su coraje para no andar con lagrimones. Tomás Sánchez Santiago es mucho más que literatura de la memoria, es pararse o irse lejos para ver cómo nos va llegando el pasado. Antonio Manilla es simbolismo pero también paisaje, y está en la angustia de su tiempo. Me gusta la sonoridad de Marina Díez, lo salvaje-familiar de Silvia Abad. La sonoridad de Victor M. Díez crea esculturas. Rabanal es la herida lujosa. Abel Aparicio es la revolución de lo más próximo. Yago Ferreiro es fondo abisal en cotizadas perlas y Alba Flores armonía matemática. Esquivias es orfebrería y movimiento. Torices lo inverosímil de lo más cierto. Julio Llamazares el último sabio de la tribu. Merino y Mateo, la ortodoxia con el vuelo de lo fantástico. Los Trapiello, duelo al natural ramoniano.

— ¿Y el más grande de todos?

— Francisco Umbral, criado unos años en la calle Maravillas de Valencia de Don Juan, más tarde en Valladolid, luego León y finalmente Madrid. Umbral, escritor sin género, obrero de las palabras, forma y no fondo, música y sonido. Toda su médula es poética y vive siempre literariamente, por encima de lo escrito y leído, siempre en presente. Es lo que decía Dylan de sí mismo, la música no es un disco detrás de otro cuanto un movimiento.

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