La entrevista
Fernández Chimeno: 'Nemo propheta in patria'
De todos los personajes que propone el escritor astorgano para sus obras teatrales destaca el tenaz empeño por recomponer el esqueleto desvencijado para revestirlos de carne e insuflarles vida propia y acerca la historia a todo tipo de lector

José María Fernández Chimeno, la semana pasada en el interior del Museo Casa Botines. Abajo, el Palacio Episcopal de Astorga.
Del Tuerto al Hudson. Tal vez suene a un viaje real imposible, o pretencioso, pero en el caso de José María Fernández Chimeno es toda una ruta literaria que le hace ser uno de los escritores leoneses más capaz de abarcar géneros, temáticas y estilos. Alfonso IX. El rey ciudadano, con prólogo de Rogelio Blanco, escritor, filósofo y ex director general del Libro en tiempos de Zapatero en el Gobierno, y su reciente Nemo propheta in patria, su más reciente obra de teatro, que en realidad contiene más de una y como la anterior son editadas por Eolas, son dos pruebas de esa versatilidad como autor que le sirve para una incursión literaria ante todo original: teatro sobre León y sus viejos reyes medievales.
En este León en el que León es el único argumento, leer a Chimeno sería la opción más recomendable para los que tengan esa sensación. Ahí están sus relatos, libros, obras en las que el escenario sea del siglo que sea toca esta tierra y esa fibra sensible historicista de quien también es experto, por ejemplo, en Botines. Pero en toda esta categoría, un día que son más de un día, se fue a Nueva York y se quedó prendado y escribe sobre la ciudad que fue. Como también vive en Asturias, ese León por encima de todas las cosas aparece tamizado por el sentido común que dejan ver las luces largas cuando se usan para vivir. Es de Astorga, a veces tiene algo parecido a acento asturiano y en algunos momentos hay algo de dandy que sale a flote de manera natural. Dice que «León es un filón para el que quiera escribir sobre sus historias y temáticas». Y no sólo lo ha dicho sino que lo ha puesto en práctica y lo demuestra en sus libros. Además, José María Fernández Chimeno, y esta es una opinión no pedida, podría ser el perfecto anfitrión para presentar ese supuesto León literario. Porque este astorgano con media en Asturias es además de estudioso y escritor una de esas personas con las que conviene estar, porque transmite buenas vibraciones. En definitiva, su educación y amabilidad y su relato intelectual le delatan: es escritor y buena persona.
Hablar con Fernández Chimeno es de repente abordar por ejemplo que «es factible que Poncio Pilato naciera en Astorga», dice. Y lo argumenta con una cantidad imparable de datos históricos. Sigue residiendo parte de las semanas en Asturias, pero ya jubilado de Telefónica está volcado en dos tareas: preside la Casa de León en Asturias y escribe, es doctorado en Historia. «Me interesa contar la Historia y con el teatro se puede llegar a más público. Me interesa contar los orígenes del cristianismo», indica, dejando claro que es ambicioso en esa documentación que luego pasa por el tamiz de su literatura.
En Nemo propheta in patria, Fernández Chimeno avanza como fundada hacia el 14 a.C., contaba con una sociedad civil pudiente, capaz de residir en fastuosas casas y villas. Los nombres de algunos propietarios de estas residencias, así como de sus siervos, de seguro aparecieron en las lápidas funerarias de la necrópolis asturicense. Estos últimos documentos pétreos, los epitafios, revestían particular interés y nos habrían permitido reconstruir una parte histórica más intima de la ciudad.
Desde el año 37 d.C., fecha en la que se desarrolla la primera de las obras teatrales que componen Nemo propheta in patria, bajo el título ¿Quo vadis? Poncio Pilato, hasta nuestros días, han debido acaecer muchas cosas que, escapando a la historia oficial, sería apasionante conocer y dejar consignadas de una vez por todas para ejemplo y lección de los tiempos. Sería, por consiguiente, maravilloso rescatar del olvido y traer al relato las azarosas vicisitudes humanas, unas de signo brillante, otras de postergación, que Poncio Pilato o la esclava griega Lyda (Syra, en la ficción) padecieron o disfrutaron en vida durante el breve lapso de tiempo que vivieron en Asturica Augusta. Semejante huella dejó durante tan largo tracto histórico la figura de Marcelo, el centurión romano de Castra Legionis.
Si, como afirmaba Cicerón «la primera ley del historiador es no atreverse a mentir; y la segunda, no tener miedo a decir la verdad», para un dramaturgo la única ley es, sin faltar al rigor histórico, poder fabular sobre los personajes de sus obras. De todos los que J.F. Chimeno propone para sus obras teatrales, cabe destacar no solo el anhelo que no es fruto de un sutil mundo vaporoso, sino el tenaz empeño por recomponer el esqueleto desvencijado (las mínimas referencias escritas que existen sobre los personajes) para revestirlos de carne e insuflarles vida propia. A eso se llama ingenio.
Pero cuando uno se hace una idea de este peculiar autor, la sorpresa llega en forma de otro libro que desde el título lleva a otro mundo, otra pasión. Nueva York vs. Nueva York. Y suelta ahí unos sonetos de desamor, en los que cada historia es una mujer. Y surge así otro perfil de José María Fernández Chimeno, nacido en Astorga en 1958. Licenciado en Geografía e Historia y doctorado en la Uned con la tesis: La herencia del lenguaje gaudinista en la arquitectura contemporánea española.