Antonio Colinas: El último poeta

Antonio Colinas en la casa de la Poesía de La Bañeza
Mi poesía es un proceso lineal. Hay unas características básicas, como la emoción, el sentido órfico... yo siempre he cuidado mucho la música del texto... y una marcha hacia el pensamiento, un diálogo con lo sagrado, con el misterio»... El cuerpo de Antonio Colinas empieza a otoñar pero su poesía, como diría María Zambrano, no se perderá nunca. Más de cien obras dan fe de que sus versos seguirán cantando y se harán nuevos cada año. Sepulcro en Tarquinia, Noche más allá de la noche, Tiempo y abismo, Leyendo las piedras, La simiente enterrada... «Se podrán decir muchas cosas, pero no que no he trabajado».
En una de las salas de la Casa de la Poesía cuelga un documento en el que Antonio Colinas trazó un esquema de lecturas del origen: Irán, La India, China., Israel, Grecia y Egipto. El Juan Sebastian Bach de la poesía, místico de la belleza, el pensador de la armonía... Antonio Colinas es uno de los últimos poetas que pasará a la posteridad, esa realidad amortizada por un mundo en el que la irrelevancia, la vacuidad y la insolencia han ganado la batalla al pensamiento y la belleza. Con la humildad de los grandes, Colinas regresa a La Bañeza para hablar de su creación y su vida, de todas sus vidas, desde su infancia en la fragua de su abuelo hasta Ibiza, La Cabrera, Petavonium, Italia o Corea y su regreso a Salamanca, desde su mili en El Ferral a Vicente Aleixandre, María Zambrano, Rilke o Leopardi y, por supuesto, Pinocho, la parábola de Collodi sobre el muñeco al que el sufrimiento convierte en un niño real, Confucio o Salvatore Quasimodo. Es este cofre de música en la calle Padre Miguélez un espacio fuera del tiempo, un palacio construido con la argamasa milenaria de los versos, los de Colinas y los de cuantos le precedieron, un tributo a todos cuantos, como él, han dedicado su vida a enterrar la simiente de la inmortalidad en las playas con estrellas a las que nos traslada en Noche más allá de la noche.
Una de las ideas que vertebran el proyecto es tan sencilla como poderosa: cualquier lugar puede ser el centro del mundo. La obra de Antonio Odón Alonso prologa como si de Mircea Eliade se tratara un templo inspirado en pensamientos literarios y filosóficos. El espacio se construye bajo esa premisa, reivindicando lo local como núcleo de significado universal. Esa visión se traduce en una propuesta única: exposición artística, archivo documental, museo vivo y templo de la palabra. Pintura, poesía y música conviven sin jerarquías. Obras inspiradas en textos, colaboraciones internacionales —como la del pintor italiano Mario Arlati— y piezas nacidas del duelo personal, como el poema escrito tras la muerte de su padre, configuran un recorrido profundamente emocional y telúrico. «Es un poema muy especial que escribí tras la muerte de mi padre. Llevaba dos años sin escribir y salí con el coche, vagando hasta parar en el Teleno. Era diciembre y estaba todo nevado y así nació ese poema»: Que si insiste la muerte/que si avanza la edad, y todo y todos/a mi alrededor parecen ir marchándose deprisa/me venza el mundo al fin en esa luz/que restalla...
A lo largo de una escalera simbólica, el visitante encuentra definiciones de poesía desde la antigüedad hasta hoy. El objetivo no es didáctico en sentido estricto sino casi existencial: que quien suba entienda que la poesía ha acompañado al ser humano desde sus orígenes que, al ascender por la escala se llega a la luz. Antes, rendimos tributo a Simoneta Vespucchi, la mujer que creó a Botticelli y, por lo tanto, a la Italia del Renacimiento. «El día que no hubiera poesía, se acabaría la humanidad», afirma Colinas durante la visita. No se trata de una hipérbole, sino de una convicción, porque la poesía es lo que llega cuando la filosofía ya no es capaz de explicar el mundo. Puede que el autor de Tratados de armonía sea el demiurgo que venza la tesis de Kierkegard, el hombre capaz de revelar lo que el lenguaje no es capaz de decir, el hombre, por tanto, que haga que la realidad se expanda como el universo.
Lejos de ser un espacio estático, la casa de la poesía funciona como un organismo en constante crecimiento. Manuscritos digitalizados, tesis doctorales, correspondencia y primeras versiones de poemas conviven en un archivo que documenta el proceso creativo. No se muestra solo el resultado final, sino también el caos inicial, las correcciones, la «purificación» del texto.
Este enfoque rompe con la idea tradicional de museo literario. Aquí no hay una sacralización distante, sino una invitación a entender la escritura como proceso vivo. Quien conoce al prójimo es inteligente, decía Tao y si algo puede decirse de la poesía de Colinas es que comprende el dolor del hombre.
El recorrido también traza una genealogía personal e intelectual. Desde los clásicos del Siglo de Oro hasta poetas contemporáneos, pasando por figuras que marcaron su trayectoria vital, el espacio se convierte en un mapa de influencias. «La poesía es la verdadera historia en el sentido unamuniano que entiende más al ser que a las batallas», defiende Colinas.
La elección de autores no es académica, sino íntima porque los poetas están en función de lo que le han influido a Antonio Colinas, como Rilke, Novalis y Horderling, que tanto le influyeron en Tratados de Armonía y en el sendero romántico de su obra. Así, la casa de la Poesía es también una autobiografía cultural, donde cada referencia construye una identidad poética.
Pese a su riqueza conceptual y artística, el proyecto no está exento de problemas. La falta de personal estable, la dependencia de contratos temporales y la necesidad de una gestión más sólida son algunos de los desafíos actuales. Aun así, los datos reflejan un interés creciente: miles de visitantes, incluidos extranjeros, han pasado ya por el espacio. La dimensión didáctica —especialmente con escolares— se consolida como uno de sus pilares. Ya han pasado por sus salas más de 4.000 personas. No es para menos. Colinas es a la poesía lo que Jim Morrison a la música pop: una estrella que admiran desde Seúl a Pekín, desde Colombia a Italia, traducido a tantos idiomas que la armonía de sus versos es capaz de concentrar el sentido de la vida, de todas las vidas. En una de sus paredes, miles de personas aclaman al poeta en un recital de Colombia: «Nos podrán quitar la vida, pero no la poesía», gritan.
A los 15 años, recién abandonada la infancia, Colinas recibe una beca para estudiar en Córdoba, donde pasaría tres años. «Me fui con una maleta que pesaba más que yo», dice. Fue su primer viaje, un ensayo vital a la tierra de Góngora, prolegómenos para Milán, Ibiza o China. Desde las paredes de la Casa de la Poesía hay ojos que nos miran. Lope de Vega, que estuvo en La Bañeza; y Vicente Aleixandre, con quien tanto compartió, Dámaso Alonso, y Miguel Hernández, y María Zambrano y su razón poética, y Antonio y Manuel Machado, y Juan Ramón Jiménez —Se morirán aquellos que me amaron/y el pueblo se hará nuevo cada año/y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado/mi espíritu errará nostáljico…—.
Hay dos salas de archivos con todos los manuscritos digitalizados de Antonio Colinas, las tesis doctorales, más de 3.000 libros de poesía de postguerra, un tesoro protegido por la casa de doña Josefina que, sin saberlo, levantó la mejor casa de La Bañeza para que la poesía del escritor fuera en ella un rumor de música. Su amistad con Neruda —»un fuerte abrazo de su ya viejo amigo»— , las cartas de Jorge Guillén, los consejos de Vicente Aleixandre: «Un poema debe comenzar y terminar bien», su juventud en La Bañeza, con esas noches que se convertían en madrugadas, conversaciones a la orilla del río en las que la salida del sol les pillaba hablando sobre Machado, las tertulias en el Tiffanys, las representaciones teatrales, como aquella en la que interpretaron El tintero, de Carlos Muñiz, la obra sobre la impotencia de los hombres buenos...
La infancia de Colinas también destaca entre todas las fotos, como aquella en la que sus compañeros miran a la cámara con traje de domingo. «Esta tiene su historia», dice. Esa historia se ha puesto en la última fila. Es un niño con un jersey de rayas al que las monjas habían prohibido colocarse por no ir vestido con el uniforme. La rebeldía de la nueva España que daría el relevo a la que ya doblaba la esquina.
El propio creador insiste en la importancia de lo institucional, pero también en la implicación personal: «Lo local es universal y lo universal es local». Esa idea resume tanto la filosofía del proyecto como su fragilidad. Antonio Colinas no es solo un espacio físico ni un museo de poesía. Es una forma de resistencia cultural, una apuesta por la palabra en tiempos de ruido, y una reivindicación de que incluso en los márgenes geográficos puede surgir un centro de significado.
En un mundo que tiende a la homogeneización, proyectos como este recuerdan que la identidad, la memoria y la creación siguen encontrando refugio en lugares inesperados.
Y que, quizá, la poesía —lejos de ser un lujo— sigue siendo una necesidad.
«Fui donde la vida me llevó», pero siempre con ángeles custodios que sabían que su vocación necesitaba de todas las experiencias, los paisajes, los altares por los que ha pasado.
«A veces me preguntan por qué pasé de Venecia a Salamanca. Pues por razones familiares. Mi madre estaba en una silla de ruedas, mi padre, ya con la enfermedad de mi madre... me llamó mi hermano y me dijo que tenía que volver. No vine por razones estéticas y fue una etapa muy dura. Para Colinas este regreso es cerrar un círculo que comienza en Sepulcro en Tarquinia y se cierra en la casa más humilde de un pueblo, la de sus abuelos, la misma en la que vivió los veranos de su infancia, aquella en la que aún resuena la cuna que su abuelo creó para protegerle de la noche y que puede ser el compás, la armonía con la que se repiten sus versos.