Diario de León

Alfonso García: Origen en ‘Fundación mítica de Santa Lucía'

Hay algo de justicia poética en que Luis Mateo Díez o José Enrique Martínez elogien la poesía del libro de Alfonso García ‘Fundación mítica de Santa Lucía’. El crítico, entre otras muchas cosas, claro, bien criticado. Memoria en verso del origen

Alfonso García recibe de la ministra Carmen Calvo, con Manuel Fraga Iribarne a la izquierda de la imagen, el premio nacional de fomento a la lectura, en 2005. NORBERTO

Alfonso García recibe de la ministra Carmen Calvo, con Manuel Fraga Iribarne a la izquierda de la imagen, el premio nacional de fomento a la lectura, en 2005. NORBERTO

Pacho Rodríguez
León

Creado:

Actualizado:

Por las fotos, Alfonso García podría hacer memorias del río de su vida y acontecimientos. Tal vez lo haga y sea más crónica de datos y hechos. Pero en Fundación mítica de Santa Lucía quiere llegar o regresar a su origen. Y lo hace dibujando un mapa poético que es su cartografía sentimental y personal con la que identifica su vida, sus comienzos. Lo que hay de primera persona en esta Fundación mítica de Santa Lucía es el regreso de Alfonso García a su pasado para explicar el futuro. Pero en este caso, sin cerrar puertas al devenir, al futuro que fue, que ya ha contado en otros proyectos pero que ahora cobran el valor de la unidad y la inspiración.

—Decía un músico una vez: durante la vida tocas de todo, pero de repente volverás al blues. En ese sentido también fundacional. Es también la idea principal de su libro. ¿En qué momento o cómo surge en ti esa pulsión?

—Siempre me interesó el mito, que forma parte esencial de nuestra vida, como nuestro origen, mítico por supuesto, desde el barro. El origen del libro estaba agazapado en mí desde hace mucho tiempo. Necesitaba y quería ir más allá de las apariencias del territorio, soñado desde la lejanía de tantos años. Pero para ello era necesario buscar el tono, la gramática del corazón. Es un viaje a los orígenes, mi particular regreso a Ítaca, que no otra cosa es más que la búsqueda de la propia identidad, mi propia herencia del sueño de una infancia feliz. La idea fue madurando durante dos o tres años, tomando notas sueltas que respondieran al espíritu concebido. Una noticia relativa a la salud fue la espoleta para iniciar su redacción durante el primer trimestre del pasado año. Me embarqué en un viaje inesperado pero muy gratificante, y con no pocas interrupciones lo fui escribiendo en cuatro localidades de profundo afecto para mí: Santa Lucía, León, Gijón, La Habana. Interiorizando las vivencias desde diferentes geografías.

—Volver al origen es también tener en cuenta a dónde se ha ido, estado, el viaje de la vida. Aunque parezca un poco perogrullada no se puede volver al origen sin antes haberse ido, ¿no? ¿Cómo conviven esos sentimientos en el proceso creativo?

—Decía García Márquez que lo mejor del viaje es el regreso. Tuve esa sensación, pues, acostumbrado a los viajes físicos, este tenía un itinerario interior. Es verdad que nunca me había desprendido del sentimiento de cercanía de la propia tierra, pero también es verdad que se iluminaba en tantas distancias recorridas. Es un fenómeno curioso, ya que se trata de la conciliación de dos o más situaciones. Creo que la conciliación, la pulsión a que te refieres, radicaba en los cuatro cantos de verso largo, salmódico, de tono épico-lírico que refiriese el rito fundacional de la concordia. Como escribe Luis Mateo Díez en el Prólogo, «suena a cantata si al leerla la escuchamos en su resonancia musical, un viaje a los orígenes y al esplendor que de ellos viene, si el mito se diluye en la leyenda y en el devenir que nos cuenta la historia de las cosas». Esto era justamente lo que pretendía. Otra cosa bien distinta es el grado en que lo haya conseguido. Todo aquel que escribe sobre asuntos como este tiene la legítima aspiración a que se cumpla el ya clásico principio de Torga de que «lo universal es lo local sin paredes [fronteras]. Y es que aquí, en este territorio humilde y limitado, creció la semilla germinal y la lengua, que tiene la fuerza suficiente para abrazar otros mundos y distintos horizontes.

—¿Hay que tener un verso detonante para que luego todo discurra?

—«¿A quién no le gustaría el cementerio de los niños / en el corazón de los verderones y jilgueros», me pregunto en los primeros compases del canto 3, que es, en realidad, el que sigue a la fundación presidida por la concordia. Se trata de una sucesión de sentimientos esencialmente positivos, donde, por ejemplo, tengan presencia «los que afinan el canto de los cucos» y donde «ni el fanatismo ni la docilidad conducen a espacios luminosos». La llegada desde los Altos Bosques para renunciar a la violencia y saber que «Nunca será bueno acumular aquello de lo que debemos desprendernos. / Acaso solo las semillas que fructifican en los caminos sin dueño» y «la desnudez de la amada en las suaves ráfagas del aire», ya que «dijeron que el amor es la patria más hermosa». No está de más, en otro orden de cosas, un verso detonante que capte la atención. Como lector, me atrae y me sugiere. A veces, como en este caso y otros del texto, es una constatación de la naturaleza y de los elementos que la conforman. Observación. «Cuidar el comienzo» era máxima del Pereira cuentista/narrador, y la narrativa, aunque sea poética, es un mecanismo poderoso de la memoria. A veces esos versos ayudan a recuperarla o retenerla.

—En el tiempo de escritura de todo esto, tendría un reencuentro con la memoria guardada, la que está almacenada. Cómo fue todo esto, ¿Descubrió cosas nuevas suyas con su entorno?

—En la respuesta a tu pregunta está, a mi juicio, la clave. Además de gozarla, hay que provocar constantemente la memoria, caminar por lugares en que pueda encenderse una chispa… Ese fue el método, desde la mirada de cierta inocencia primigenia, pues quería escribir, en el fondo, un poema salvador de mi memoria, con la presencia de mis antepasados –«la trabajosa urdimbre del fluir de la memoria»— y un sencillo canto al entorno natural en el que se construye la historia. Escribe José Enrique Martínez que se trata de «un espacio en el que depositamos nuestros sueños y los de nuestros ancestros, tal vez los ancestros de una tribu de pastores, héroes y guerreros, de nuestros antepasados, en suma, en un tiempo remoto y neblinoso, porque «el mito siempre recorre los caminos espesos de la niebla»». Y es que «el olor del incienso recordará siempre la mirada de los muertos» y de los antepasados. Los sentidos que siempre provocan y descubren. Aunque ahora vuelvo a las raíces de mi origen con mucha frecuencia, siempre que lo hago —y me lo repito con Julio Llamazares, que lo cuenta en El viaje de mi padre— me acuerdo de Miguel Torga, el poeta portugués que en sus Diarios dejó escrito un pensamiento que me recuerdo a mí mismo porque está vinculado al lenguaje del corazón. Es la respuesta que Torga dio a un periodista que le preguntó si volvía a São Martinho de Anta, la aldea en la que él nació, buscando inspiración. «No —le contestó Miguel Torga-, vengo a recibir órdenes». «¿Órdenes de quién?», le preguntó el sorprendido periodista. «De mis antepasados», le dijo Torga. Pues eso. Leer la memoria me condujo a personas sobre todo, a personas fallecidas hace tiempo pero que iluminaron mi infancia, a objetos, detalles, acciones, paisajes, frutos, animales…, rememorar fábulas, vivencias interiorizadas, afectos, enaltecimiento del territorio, la vieja oralidad… Pero, curiosamente, puedo asegurar que el mayor impacto lo encontré en la toponimia, que guarda buena parte de la memoria ya olvidada, pero que se asienta con frecuencia en una arraigada creatividad oral convirtiéndola en verdaderos relatos de sueños e imaginación, entre la leyenda y el mito. Es un tema apasionante, que da mucho de sí, el de la abundancia de topónimos míticos. Solo haría falta releer el Apéndice de El reino de Celama, de Luis Mateo Díez, o Asamblea (Poesía reunida 1975-2025), de Juan Carlos Mestre. Deslumbrantes metáforas del paisaje y de las geografías del territorio. Mestre habla en La tumba de Keats del «pastor de mitos». Contemplada la vida desde los años, seguro que esa hubiera sido una profesión hermosa y reconfortante. Me gusta.

—Hay una especie de mapa sentimental en su Fundación mítica de Santa Lucía. ¿Lo emocional fue gasolina para ese recorrido?

—Sin duda, lo más importante, y en este caso personal, lo más enriquecedor. Posiblemente en el origen se esconden las palabras más exactas y certeras, al igual que las emociones. Lo emocional en los mitos fundacionales está a veces vinculado a lo sagrado porque detrás de las apariencias comentadas hay una especie de epifanía, el descubrimiento de un misterio, una aparición inesperada y repentina, que tiene voz literaria, por ejemplo, en Joyce (Retrato de bañista joven) o Harper Lee (Matar a un ruiseñor). No hay descubrimientos ni comparaciones, por supuestísimo, solo la constatación, no sé si generalizada, de que en las epifanías hay una comprensión interna de los hechos, sean reales o soñados. Es muy curioso ver, o creer ver, la verdad oculta tras la realidad aparente. Esto dispara lo emocional, los sentimientos, sobre todo los positivos, los que te acercan a los otros, apoyados en la transparencia del origen. La espera de una manifestación suele desencadenar una comprensión emocional que transforma la visión del protagonista. Mi percepción se ha ampliado y enriquecido.

—¿Cómo afronta usted la creación literaria? ¿Es muy místico a la búsqueda de la inspiración o funciona mejor el pico y pala de trabajar duro?

— Me quedo con lo segundo. Creo que fue Picasso quien dijo que «la inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando». Soy de creación lenta, reposada, a veces incluso escrupulosa. Trabajo la idea, anoto, aunque después sea débil u olvidadizo y me deje llevar por personajes y acontecimientos. Seguramente unos y otros saben más de ellos mismos y, a la larga, de tus carencias, miedos y debilidades. Dejarse llevar por ellos es siempre una experiencia inolvidable, de una dulzura difícil de explicar.

— Luis Mateo Díez escribe cosas deliciosas, que elogian y ayudan a la lectura de tu libro. En su caso, ¿cómo mira el escritor hacia fuera para seguir su paso y que lo que influya sea de manera positiva?

— Admiro a Luis Mateo como escritor y como persona. Disfruto de sus obras, de excelencia contrastada. Agradezco su bondad, disposición y cercanía. Un elogio suyo es para mí gratitud y aliciente, nada más y mejor puedo decir. Como soy lector ávido y constante, por otra parte, son muchos los escritores que me entusiasman, que me influyen y persiguen bondadosamente. Hay modelos magníficos en el panorama literario, que, en general, coinciden poco con los buscadores permanentes de flashes, destellos y reconocimientos. Me interesa su obra, no la parafernalia de una falsa sociología literaria que tanto abunda en nuestros días.

—Como hace varios papeles en el mundo cultural, desde lo divulgativo, la creación, la crítica y demás, ¿en qué lugar se siente más a gusto?

— Hoy, en el ámbito de la creación, más tranquilo y satisfactorio, sin ambiciones pero con proyectos. Así, al menos en mi caso, se hace amable y enriquece. El recogimiento que exige es impagable.

Toda la vida la he dedicado al conocimiento de la literatura y su difusión desde la enseñanza y el periodismo, ámbitos en los que tuve la suerte de formar parte de un equipo de amigos con iguales o parecidas inquietudes, entre ellos fundamentalmente Marta Prieto, Nicolás Miñambres y José Enrique Martínez. Ahí queda la labor intensa realizada en favor del conocimiento y del acercamiento de la literatura escrita por leoneses. Nadie debería olvidar que las cosas tienen su origen, razón y principios. Personalmente, por otra parte, el conocimiento y la relación con tantísimos escritores y acontecimientos literarios, escritores en general personas extraordinarias, supone un enriquecimiento constante. El viaje tan largo me ha merecido la pena. Me interesan igualmente los textos de carácter divulgativo, con textos breves, reposados, sedimentados y abiertos a aspectos poco o nada conocidos, como el librito que tuvo a bien publicar Gregorio Fernández Castañón en una de sus colecciones, Las manos de los sueños, escrito al amparo de los símbolos y el mito, cercano, como consecuencia, a lo popular.

—Con tanta experiencia, ¿qué tal te llevas con la cultura así en general? ¿Dónde quedan las vanidades culturales tan habituales?

—En general me llevo bien porque mi intención básica, alejada de ambiciones y ruidos que distraigan, es aportar lo que puedo y en lo que puedo o sé. La cultura, por su propia esencia, ha de ser generosa, abierta y participativa. De lo contrario será otra cosa que necesita análisis para su definición. Ahora bien, desde la concreción cultural, me interesan especialmente, por este orden, la literatura, los museos —hay auténticas maravillas y variedades, desgraciadamente inabarcables— y las artes plásticas, con una querencia especial por la escultura de madera de pequeño formato, que abre tantísimas manifestaciones y posibilidades, de raigambre popular en muchas culturas del mundo. Habiendo seguido la trayectoria de nuestra literatura durante más de medio siglo, dos breves apuntes. Por una parte, y por razones estrictamente biológicas, en trance de desaparición de las dos últimas e importantísimas generaciones, es necesario arbitrar mecanismos para que no se pierda el más que notable patrimonio que han aportado. Se observan, en otro sentido, algunas voces jóvenes y de mediana edad que pueden seguir la misma senda por su calidad, si no se trunca. Eso sí, trabajando y alejados de los cantos de cisnes y sirenas y de las tentaciones de la vanidad. A algunos parece interesarles solamente un pretendido glamur social, que, afortunadamente, no añade valor literario. Es asunto para un libro. Allá cada cual.

tracking