Diario de León
Avelino Fierro en la biblioteca de su casa

Avelino Fierro en la biblioteca de su casafernando otero perandones

Cristina Fanjul
LEÓN

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He escuchado la conversación con Avelino Fierro sobre su último libro, Vidas de jurista, y la he dejado macerando durante unos cuantos días. Tomo notas y vuelvo a explorar las páginas del fiscal. Diario íntimo, literatura testimonial, reflexión moral, ensayo de estética... me ha prometido mostrar la cara menos solemne de la justicia: la cotidiana, la vulnerable y la profundamente humana. «El libro nace casi por casualidad». No es verdad, y lo sé porque Avelino reconoce que durante mucho tiempo evitó escribir directamente sobre su oficio. «Siempre que me preguntan a qué me dedico, digo que soy funcionario y, si me atosigan, añado que funcionario de justicia». No quiere que le relacionan con la elite del Derecho. Me da la impresión de que lo hace por su afecto por los que, como él, cambiaron la literatura desde los castillos grises de la burocracia. Él lo dice mejor y usa una cita de Paul Valéry, que desde su experiencia en el Ministerio de la Guerra, aseguraba que muchos escritores y artistas trabajaron en oficinas, despachos o instituciones mientras observaban el drama humano contemporáneo. No fue el único. Franz Kafka trabajó toda su vida como empleado de seguros, T.S. Eliot ejerció como banquero y Fernando Pessoa se ganó la vida como corresponsal comercial. Poco antes ha dejado caer que el lenguaje jurídico le parece poco creativo, que abusa del gerundio y las fórmulas impersonales. Entiendo que narrar las vidas de los otros, como en la película de Florian Henckel von Donnersmarck, le ha costado, pero no por la sintaxis o la semántica de los juzgados. Más allá del lenguaje Aranzadi, este fiscal en particular se asoma, en su labor diaria, al alma de nombres que encabezan autos y puede que por ello prefiera que no se le note demasiado cómo le conmueve vestir la toga rasgada por las esquirlas del tiempo.

Se enmascara entonces de erudicción y cita a Borges y Josep Brodsky para explicar que detrás de cada procedimiento judicial existe un relato humano que merece ser contado. Yo prefiero a Jérôme Bruner que, en su obra La fábrica de historias: derecho, literatura, vida, dice que en la antigüedad, cuando no habían nacido ni Esquilo, ni Sófocles, los atenienses iban a los tribunales en busca de dramas. Fierro describe cómo el sistema judicial debe moverse constantemente entre dos impulsos: castigar y proteger. Habla de adolescentes que roban ropa, conducen coches robados o protagonizan pequeños actos vandálicos, pero lo hace con una mezcla de ironía, ternura y comprensión social. Sentido común: «Con mucho acierto, Fernando Gómez Recio escribía que una medida que no es coetánea a la infracción ni es educativa, ni es eficaz». Añade que los niños crecen al mismo tiempo que envejece el procedimiento. El gran mérito del libro está en transformar situaciones judiciales en materia literaria. Fierro sostiene que cualquier oficio contiene historias, igual que un fontanero o un médico podrían encontrar novelas en su rutina diaria. Sin embargo, el juzgado posee un componente dramático especial: allí aparecen conflictos extremos, decisiones irreversibles y emociones al límite.

Vidas de jurista es un punto y aparte en los centenares de páginas que ya lleva escritas de un diario que comenzó con Una habitación en Europa y con el que consigue detener el tiempo. Todo recuerdo es presente.

Comienzo a leer y me entretengo con una cita de Pla en la que describe la luz del final de una tarde cayendo sobre las verduras del huerto. Los huertos y los jardines... Estoy leyendo El jardinero y la muerte, de Gueorgui Gospodinov, y me detengo en una ventana que Avelino vuelve a abrir en este libro. «Ahora sé que mi padre vivirá eternamente», comienza el capítulo. Sostiene Avelino que a su hermano le han hablado de unas semillas especiales de tomates que tienen algo que ver con el padre de un fiscal y que a esta variedads la llaman P.ave —Entonces lo he comprendido. P.AVE: Padre mío que estás en el Cielo. padre de Ave—. «Por eso sé que partes del Alma de mi padre quedarán diseminadas por este mundo de seres creados, entre las manos y las palabras de generaciones de estudiantes de esa escuela de capacitación agraria, y en una fuente de loza blanca en este mismo verano y en el aroma del sofrito que se esparcirá por un patio de vecindad en el barrio de San Esteban». Son dos páginas que merecen el libro entero.

Uno de los aspectos más poderosos de Vidas de jurista es su atención constante hacia quienes viven en los márgenes. Fierro habla de menores conflictivos, familias rotas, delincuencia juvenil, pobreza y violencia, pero evita el sensacionalismo. Habla de ellos sin inmircuirse demasiado, evita precisar y borra el chascarrillo. El rostro no importa porque el enfoque es profundamente humano. «Mi trabajo consiste en convivir con los desheredados y excluidos, aquellas personas sobre las que el suelo parece hundirse». Avelino es el fiscal de menores. Más de una vez me ha hablado de ellos, de los que viven a la intemperie, los que desencajan, vidas desenfocadas por la mala suerte, esa música del azar que como una ley de la física nos convierte en marionetas del destino. No los presenta como simples delincuentes, sino como seres frágiles que muchas veces han llegado al delito desde la precariedad, la desorientación o la falta de oportunidades. Son vidas hechas a base de remiendos. Por ello, deja claro que la ignorancia y el dogmatismo no son los mejores consejeros a la hora de legislar.

Vidas de jurista funciona así como un mosaico de escenas: conversaciones, recuerdos, casos judiciales y pensamientos personales que van construyendo un retrato moral de la sociedad. Avelino llega a la plaza del Espolón y ve a una gitana que camina con un crío al lado. «Este luce gorrilla y algunos piercings. Ella leva esos andares un poco patosos, resignados, con las manos sobre el vientre, como si dentro hubiera estado siempre albergando churumbeles. Él camino a saltitos, con pasos nerviosos, como si se fuera aguantando por vivir en un mundo que pará él gira demasiado despacio, que no viene con sorpresas. Busca rendijas por las que mirar. Si hay algo que se desgaje de la rutina, algo que aprovechar y que acabe en sus bolsillos, no lo dejará pasar». El texto es la demostración de que el autor rechaza convertir estas experiencias en grandes ficciones novelescas. Prefiere el formato fragmentario, el diario y la anotación breve.

Aunque muchos temas del libro son duros, Fierro introduce constantemente humor y cercanía. El libro está lleno de anécdotas espontáneas, referencias culturales, recuerdos de bares, amigos y lecturas. Esa mezcla impide que el texto se vuelva solemne.

El propio autor reconoce que le interesan tanto los procesos judiciales como las pequeñas escenas cotidianas: un viaje en tren, una conversación de madrugada o unos adolescentes haciendo caballitos en bicicleta mientras escoltan al fiscal hasta su casa.

Esa sensibilidad convierte Vidas de jurista en algo más que un libro sobre tribunales. Es también una reflexión sobre el paso del tiempo, la fragilidad humana y la capacidad de observar la realidad con compasión.

En tiempos donde la justicia suele aparecer en los medios como espectáculo político o policial, Avelino Fierro propone una mirada diferente: menos ideológica y más humana. No hay héroes ni villanos absolutos y muestra que detrás de cada expediente existe una biografía compleja, que el Derecho, lejos de ser una maquinaria fría, está lleno de contradicciones morales y emociones difíciles de resolver, «de seres que se mueven entre los socavones y costuras del edificio del mundo».

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