Paz Martínez: 'Serendipias' (Marciano Sonoro)

Acto de homenaje ‘Recordando a la poeta Paz Martínez’, esta semana en el ILC. VIRGINIA MORÁN
Todo fue más corto que la vida. Porque al final todo es más corto que la vida. Conozcan a Paz Martínez, hija de pastores. Léanla. Aunque para ella no sirva de más porque murió. Pero será bueno para quien lea a esta mujer de rompe y rasga, poeta de la tierra. Jesús Palmero y Cristina Pimentel, desde Marciano Sonoro, les brindan un nuevo milagro editorial, un libro que se titula Serendipias que es un tratado de vida. Pimentel y Palmero lo han vuelto a hacer. Cultura sin contemplaciones. Hay veces en la vida que hay un resplandor, un ángel que pasa, una brisa suave que define. Ahí, en ese instante está Paz Martínez, un elogio a la vida, a que estar en el mundo merece la pena, aunque, como en su caso, el trayecto ha sido tan corto... incluso más corto que la vida.
En su ausencia, nada mejor que sus palabras, que fueron recordadas en un acto celebrado esta semana que acaba en el ILC y cuya foto preside este artículo. Son artículos, ideas, sensaciones, conclusiones, dudas... Otra vez, la vida.
Ahí en el ILC tuvo lugar la presentación de Serendipias, que es póstumo, homenaje y de todo y un libro al que una vez se entra no se puede salir. La obra reúne una cuidada selección de artículos en los que la autora despliega una mirada lúcida y profundamente humana sobre la vida cotidiana, la cultura, la identidad, los afectos y el papel de las mujeres en la sociedad. El volumen constituye un valioso legado literario que permite descubrir nuevas facetas de una escritora que siempre entendió la palabra como un espacio de encuentro y reflexión. El acto de homenaje contó con la presencia e intervenciones de José Luis Puerto, María Antonia Reinares, Delfín Nava, Pilar Escamilla y Moncho Otero.
Paz Martínez: «Hace apenas un par de meses leía una entrevista a Gamoneda sobre la publicación del segundo volumen de sus memorias. En ella, hablaba del hambre y de la pobreza. Contaba cómo había empezado a trabajar con catorce años. Decía que, por entonces, sentía la pobreza como un hecho natural, declaración con la que me siento completamente identificada, puesto que cuando uno es niño y pobre, se piensa que no existe más horizonte que el de la propia pobreza. Una sacudida me recorrió la columna vertebral al leer aquellas palabras que me devolvían a una infancia en la que, por fortuna, no conocí el hambre, pero sí la pobreza y muchas clases de frío que aún llevo metido en los huesos, entre otras razones, porque soy hija de pastores, analfabetos funcionales que apenas salieron del pueblo, y recuerdo trabajar en casa desde muy niña —como muchos de mi generación en el mundo rural— echando de comer a los cerdos y a las gallinas, apacentando a las vacas y a las ovejas en las praderas, mientras en casa no sobraba de nada y el calor de la vivienda se limitaba al habitáculo de la cocina. En primavera se trabajaba el huerto, se sacaba el estiércol a mano y esquilábamos las ovejas. En verano recogíamos la hierba con el carro uncido a las vacas y descargábamos camiones de paja de Tierra de Campos para el ganado. En otoño recogíamos los frutos de la tierra y cortábamos y almacenábamos la leña para el invierno. Siempre había tareas al volver del colegio. Pero lo compensaban las tardes de pastoreo porque podía leer todos los libros que quisiera y escribir lo que se me pasaba por la cabeza».
Hay indentificación y búsqueda y la conclusión existencial que une todo y a todos.
Como cuando cuenta en Un patrón sencillo que «Estos días me he dedicado a aprender a tejer con punto crochet o de ganchillo. Apenas sabía agarrar el hilo para que no se me escapara el punto; y de que resultara algo apañado, similar a las muestras que se esparcían por la mesa, mejor no hablamos. Ando lejos, muy lejos de hacerlo bien. Sin embargo, esta labor, tan ajena a mí, me acercó a la forma en que cada cual hila o teje la vida. La labor es lo de menos, juntarse es lo importante, intercambiar impresiones, sentimientos, risas o silencios. Al rato de comenzar, alguien me pide que recite un poema para acompañar la tarea y obedezco a medias con unos versos de Miguel Hernández. De seguido salta la chispa, el momento quimérico en que se conectan los hilos, en que se teje la complicidad. Alguien ha escrito, sin ninguna pretensión, unas líneas en la intimidad: «Soy la costurera de mi vida» —comienza a leer Marifé en la pantalla de su móvil, como solicitando nuestro parecer—. «Cuando nací era un trozo de tela virgen. Nadie sabía en qué me transformaría el paso del tiempo». Se me escapa una vez más el hilo, siento los dedos agarrotados, torpes. El ovillo no me da pistas y dejo, como dicen las mentoras que supervisan mis comienzos, que la aguja se deslice y me pida el siguiente punto, mientras la lana se transforma con cada movimiento». O habla de su enfermedad: «He escuchado pacientemente, durante los años que hace que vivo con la enfermedad, consejos insufribles por ridículos y por inoportunos con los que me aseguran la curación, como desayunar limón exprimido con bicarbonato, beber agua de una botella azul puesta al sol, meterme en una bañera de agua casi hirviendo con sal, beber agua marina (aquí no sé si recomiendan más sorber de la costa norte o la costa sur…), visitar un curandero, un chamán, solucionar el nudo emocional que ha producido el tumor, y así, un centenar de recomendaciones que, ante mi escepticismo (permítanme dudar de pócimas milagrosas), el mentor de turno tiene la osadía de interpretar como falta de buena disposición por querer curarme, además de empeñarme en seguir siendo un factor de enriquecimiento para las farmacéuticas mientras continúe cumpliendo las pautas y tratamientos que mi oncólogo me indica. Puede parecer sorprendente, pero estos expertos todólogos son más fáciles de tropezar de lo que cualquiera pueda imaginar. No pretendo que todo el mundo entienda lo que significa un diagnóstico de cáncer tanto física como emocionalmente. Espero que haya muchas personas que no lo descubran nunca...». Sigue así este libro que Marciano Sonoro pone en bandeja de buena lectura para no olvidar.