Diario de León

Emilio Gancedo presenta las conclusiones definitivas de Riaño

Tres años de investigación alumbran ‘Riaño. El Estado contra la Montaña’, un ejercicio periodístico que salda una deuda histórica necesaria cuando está a punto de cumplirse cuarenta años del fin de uno de los territorios desaparecidos de León

Emilio Gancedo con su libro ante el pantano de Riaño

Emilio Gancedo con su libro ante el pantano de RiañoISABEL RODRÍGUEZ

Cristina Fanjul
LEÓN

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Tres años de investigación alumbran Riaño. El Estado contra la Montaña, un ejercicio periodístico con el que Emilio Gancedo salda una deuda histórica cuando está a punto de cumplirse cuarenta años del fin de uno de los territorios desaparecidos de la provincia. Entonces, cerca de diez mil personas de las localidades anegadas (Riaño, Anciles, Huelde, Pedrosa, Salio, La Puerta, Escaro, Vegacerneja y Burón) no sólo perdieron sus casas y sus propiedades sino su identidad y referentes. «Esta es una historia sobre el eterno renacer de los símbolos y sobre la destrucción de la belleza», dice el escritor, que confiesa la dificultad de abordar un tema que, a pesar del tiempo transcurrido o precisamente por esa razón sigue en la mentalidad de los leoneses como sinónimo de paraíso perdido y de hecatombe de una forma de vida. Por esa razón, el escribiente ha trazado diferentes senderos hacia el comenzado el camino a través de diferentes senderos con los que allana el horizonte del lector hacia el meollo del libro.

Uno de ellos lo desbroza con la propia reflexión, «intentemos contar aquí la historia de cómo una tierra se convierte en utopía», otro lo asfalta con la grava poética del demiurgo que puso en marcha la lucha social, «Ellos son dinero y hormigón/sombra de la primavera/ladrones del sol/la luna y el viento», y el tercero lo cimenta con la escena de cómo Miguel Primo de Rivera puso en marcha la nueva política hidrológica. Así que, cuando se comienza la tesis propiamente dicha, ha conseguido mostrar las costuras de cómo el verbo era carne mucho antes de que todo comenzara a suceder.

La obra, con fotografías de Mauricio Peña, tiene por protagonista la palabra, las de un territorio y un tiempo que ya no existen a no ser en las conciencias de la última generación que recuerda cómo se llamaban las cosas cuando la vida de todas esas cosas aún no había desaparecido. Urces, varahandas, nieves perpetuas, islotes de piornos, peñas, brozas, rastrojos, facenderas, suertes... El autor desanda el camino hasta convocar a los ancestros y dejar claro que en él también persiste la memoria del agua. Con ese destello de Lodares comienza la historia de Riaño.

Emilio Gancedo ha realizado un reportaje literario. Cerca las olas de melancolía con los recuerdos, las declaraciones, las películas de cientos de testigos de ese momento a quienes el escritor rechaza mediatizar. El testimonio de todos ellos aparece de manera literal, sin ningún comentario con el que desviar la intencionalidad. El rigor se convierte en otro de los protagonistas. Es el caso de Ramiro Pinto, el hombre que puso en marcha las movilizaciones contra el pantano, plantó cara a los que defendían la presa y mantuvo viva la memoria cuando el pueblo ya no era más que un recuerdo. Cuenta cómo fue el comienzo de la okupación de los tejados, de la posible participación de ETA en los episodios de resistencia, de las víctimas que el embalse dejó sin que el Estado se acordara de ellos. Al revés, en el libro aparecen las declaraciones del por entonces ministro socialista, que aseguró que la guardia civil había sacado a la gente de sus casaas a la «silla de la reina, sin la más mínima violencia física. Simplemente, la presencia policial fue preventiva», dijo sin empacho. Y eso a pesar del suicidio dede Simón Pardo, «Mones», que cargó la escopeta de caza con postas, la apolló contra la barriga y apretó el gatillo, o del de Perdro, que se colgó del viaducto de Riaño.

Los testimonios no dan esquinazo a nadie y el libro supera la hemiplejia para dar voz a cuantos consideran hoy que el tiempo ha dado la razón a los que lucharon por completar el amblase iniciado por Franco. La de Jaime González, consejero de Agricultura de la Junta entre 1982 y 1986, que defiende su actuación porque «se habían invertido decenas y decenas de millones de pesetas o la de Graciliano Palomo, por entonces vicepresidente de la Diputación. El político explica que hay que ver las actuaciones con perspectiva histórica. «Siempre fuimos importadores de productos alimentarios y ahora somos la la primera potencia exportadora de productos agroalimentarios de la UE porque tenemos la agricultura más potente. ¿Sabes que todas las semanas salen del puerto de Barcelona barcos cargados de alfalfa seca y prensada procedente de Payuelos con destino a China y el Golfo Arábico? ¡Esa es la realidad!». La realidad tiene más visiones, como la de Alberto Fernández Lop, directivo del Fondo Mundial para la naturaleza, WWF, que se pregunta cómo es posible que las actuales comunidades de regantes sean las principales impulsoras de campañas para que los políticos construyan embalses y trasvases sabiendo que la rentabilidad de los regadíos extensivos, como los que alimenta el embalse de Riaño, es cada vez menor. «Pues es fácil, en general están movidos por constructoras y por las empresas que venden insumos y servicios a los agricultores, con el objetivo de de que se fomente su negocio». Para Gancedo, solo entendiendo aquella difícil y tumultuosa época, solo entendiendo qué supone León para el Estado, para la administración, es posible entender lo que sucedió en Riaño.

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