Diario de León

Una compleja novela en la Alemania de los años veinte

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NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Ganador del Premio Azorín de 2006, Javier Pérez ambienta de nuevo esta novela en Alemania, en los años veinte, tiempo de fulgores y sombras en Europa. Compleja en su temática y ambiciosa en su extensión,

La espina de la amapola

responde a un cuidadoso planteamiento: comienza en un curioso

in medias res

(la muerte de Robert Hinkmann, conocido como «Otto») y finaliza en un desenlace sustentado en el recurso de un cierto

deus ex machina.

El grueso de la obra esconde una trama que nunca pierde su interés, pero obliga al lector a un esfuerzo considerable por la complejidad de la trama, la cantidad de personajes y, especialmente, por su onomástica. Es novela que exige una lectura atenta y, sobre todo, continuada. No hacerlo supone desaprovechar buena parte de sus atractivos literarios.

El personaje esencial de la obra es el comisario Müller, paradigma del profesional que, en pos de la verdad, renunciará a todo tipo de veleidades y amenazas. Frente a la humildad de su condición puede situarse el personaje de Hitler, encarcelado y decidido a «renunciar» teóricamente a su retorno a la actividad política, pero no a la ayuda económica que el mundo de los bajos fondos puede ofrecerle. Entre ambos extremos humanos pulula una fauna humana cuyos móviles vitales tienen como objetivo esencial el dominio del mundo de las drogas, prohibido en ese momento en Alemania. No falta la importancia que adquieren personajes marginales como el ex boxeador Hans Fallen, importante como ser humano y decisivo como elemento de balance narrativo. Ni están ausentes los tipos sencillos y espontáneos como Elisa, la discreta hija del barón Von Schuller, símbolo de la maldad y el poder más intensos. Humilde es en teoría la condición del inválido Atila Takacs, cuya marginalidad no le impide, en su condición de «adivino», ser el consejero de Adolfo Hitler. Subyacente a estos estratos discurre el mundo terrible del tráfico de drogas, más intenso si se tiene en cuenta que su prohibición es beneficiosa para el propio Adolfo Hitler. Aunque todas las capas sociales se ven involucradas en esta lacra, el poder lo controlan dos bandas, la de Arkmann y la de Dullkraut. Su rivalidad será precisamente el elemento que mutuamente las destruya.

A este mundo de vicio y manipulación se enfrenta el comisario Müller, convencido de que su honradez e independencia le llevarán al hallazgo de la verdad. Su objetivo profesional se cumple, pero tal vez la forma de conseguirlo resulte un poco rocambolesca. A pesar de todo, hay que dejar constancia del admirable conocimiento que el autor tiene de una época europea convulsa en todos los órdenes y de la maestría con que lleva a feliz término una trama compleja que puede resultar, sin embargo, distante para algunos lectores.

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