Lo que no está a la vista pesa mucho más de lo que está
Dentro del microrrelato, Juan Pedro Aparicio ha publicado dos libros de referencia indispensable:
La mitad del diablo
en 2006 y
El juego del diábolo
en 2008. El lector recordará que aquel iba de más a menos extensión hasta terminar con el relato titulado «Luis XIV» y reducido a una sola palabra: «Yo»; el segundo va de menos a más, formándose así entre uno y otro libro la figura del «diábolo», el conocido juguete de dos conos unidos por el vértice. Lo explica muy bien el autor en un prólogo para sus «cuentos cuánticos» como él los llama. La ley del cuántico, nos dice, es la elipsis, es decir, «la relación específica entre lo que se dice y lo que no se dice». Pero nada sería la elipsis en sí misma si el narrador no dispusiera de una capacidad de invención verdaderamente admirable, si no abitrara esa especie de intuiciones narrativas o de imaginación rápida que hace que un mundo quepa en una línea. La fertilidad es otra cualidad del autor, que acaso haya encontrado en el microrrelato un ámbito narrativo bien abonado. La brevedad es lo característico de los relatos cuánticos, unida a la narratividad y a la calidad estética que hay que juzgar en cada caso. Debajo de cada relato mínimo hay una historia más o menos relatada, más o menos sugerida. El rápido paso de un relato a otro exige un lector dinámico, capaz de ir digiriendo sin atragantarse las sucesivas historias que le salen de continuo al paso. Y capaz de aceptar lo que el minicuento tiene de juego, de ingenio, de humor muchas veces, de guiño, de complicidad.
En los minicuentos de Aparicio ficción y realidad se imbrican de manera tal que todo acaba siendo transfigurado en lo que es, pura ficción: los protagonistas de una película se pueden convertir en espectadores. Las situaciones corrientes acaban siendo guiadas o torcidas por lo inesperado. Como se dice en uno de los cuentos, «lo falso fue entrando poco a poco en el terreno de lo verdadero». Lo imprevisto suele residir en la conclusión, en esa frase final que, contra toda conjetura, da la vuelta al cuento e invierte la situación como si fuera el forro de un bolsillo.
Los cuánticos de Aparicio sorprenden por su variedad. Se inicia con un juego intertextual titulado «Desayuno»: «Cuando regresó, el funcionario seguía ausente». Monterroso nos sale al paso, pero en Aparicio la alusión a la tradicional ausencia de quien nos debe atender en un organismo público resume la experiencia de cualquiera. A su lado, la relación del autor con su obra o con sus personajes nos asalta en algunos casos («Entre los personajes de sus novelas había un líder muy agresivo, le tomó miedo y dejó de escribir para no enfrentarse a él»); hay ecos míticos, de Dafne en el titulado «El Serbal»; da la vuelta al tópico del «Carpe diem» en el cuento así titulado; proporciona una novedosa versión «de lo que contesció a un rey con los burladores que ficieron el paño»...; hay juegos, ironías, referencias a los propios relatos que se están contando o se contaron en
La mitad del diablo
, agudezas que exprimen correspondencias, como quería Gracián, etc. etc. El lector sorprenderá a un narrador nato, irónico, no mordaz, pero sí socarrón a veces, regocijado ante determinadas situaciones, cuando no tolerante con los desajustes que se producen en una realidad que observa para extraer de ella los motivos que caminan inicialmente en una dirección para terminar movidos por lo imprevisible, algo que si es ley del relato breve en general, lo es de modo sobresaliente en los cuánticos de Aparicio.