Cuando el dolor me firmaba credenciales
Con la limpia osadía de un poeta todavía joven, Luis Artigue define la poesía como «un acto de desnudez extrema. Y un abrazo entre conciencias...», atribuyéndole -“ahora que «casi nadie cree en los géneros literarios»- atributos de verdad, frente al ensayo (pensamiento) y a la novela (imaginación). En torno a la poesía como verdad articula Artigue el prólogo a
Empezar por el número tres (Poesía 1995-2005)
, en el que recoge, reescritos, tres de sus cuatro poemarios:
Por si acaso la vida
(1999),
Tu aroma en la licorería
(2000) y
Tres, dos, uno, jazz
(2007), que, según afirma en la contraportada, «en conjunto forman la poética iconoclasta del convaleciente hospitalario que se encomienda a sí mismo, del loco que ve la realidad desde fuera...». La poesía-verdad se sustenta frente al mundo del engaño, y desde ella entiende Artigue el sentido que tiene la reescritura de su libro, que responde a «las nuevas certezas conquistadas» y aparece «como incentivo del crecimiento interior y como rebelión frente a la inmovilidad de la página impresa».
No he querido constatar el proceso de reescritura mayor o menor al que Artigue ha sometido su libro trino y uno. He preferido la entrega gozosa a una lectura siempre estimulante, porque la poesía de Artigue no nos deja indiferentes, sino que suscita pulsiones interiores ajenas a la serenidad del ánimo. Yo creo en la poesía que inquieta, que mueve. Por eso creo en la poesía de Artigue.
«Hacer las cosas absurdas / para no ahogarse dentro de la normalidad». Los versos artigueños caen como campanadas de alerta, como golpes en la conciencia dormida. Los mismos títulos, tan extensos, nos apartan de lo acostumbrado. Y en cuanto a la temática, otros poetas han hablado del dolor, más raramente de la enfermedad, de los hospitales, del quirófano y de la intervención quirúrgica. Luis Artigue lleva su experiencia biográfica al poema. No hace poemas de la experiencia, es decir, no narra una experiencia, sino que el poema mismo es esa experiencia, fogonazos de luz blanca: «La experiencia del coma resultó oscura y deslumbrante»; la experiencia no está fuera, sino «en la casa de adobe de mi cuerpo». La enfermedad saca de la normalidad, y el poeta ha palpado en sí mismo lo ajeno a lo previsible.
«Mirar la vida con esa sonrisa piadosa». La poesía de Artigue lanza una mirada compasiva sobre el mundo del dolor y los seres que lo habitan, esa Sonia que aparece en sus poemas, cómplice de esas noches en que «a ambos nos da miedo quedarnos dormidos». Su poesía es hospitalaria también porque acoge el dolor de los otros. Aquí hay que situar sus cantos al «milagroso azar de la amistad», al amor también, con esas referencias familiares de algunos poemas, y la atracción por el mendigo y los artistas callejeros o por «las muchachas prohibidas de los barrios pobres».
«Hablamos de los genios que no están en el canon». Hay en esta poesía una rebeldía íntima contra lo impuesto y lo que condiciona (también contra la enfermedad y la muerte). De ahí posiblemente el gusto por el jazz como «música sin preceptos» nacida en ambientes no convencionales y expresión de «el aullido» del alma. De ahí también las referencias frecuentes a los de la
Beat generation
(Keorouac, Burroughs...) y lo que representaron como estilo de vida marginal.
Léase el libro como lo que es: el poeta ha querido hacer con tres de sus libros centrados en un mismo tema vital un libro único, concebido desde su entendimiento de la escritura en el presente.