Diario de León
Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Con el espíritu de un poeta joven, Victoriano Crémer ha obtenido uno de los premios más prestigiosos de nuestra Comunidad, el Gil de Biedma que convoca la Diputación de Segovia (ver

, número 1.122: 7 de diciembre de 2008). Y mientras su nombre y su imagen sale en todos los periódicos, aquí está el libro, con ese título simbólico,

El último jinete

. ¿El último? Crémer ha declarado que ese es su último libro, pero estoy seguro que la poesía le sigue acompañando. De hecho, en el manuscrito original llevaba por título

El jinete del alba

, de más claros horizontes.

La poesía en conjunto de Victoriano Crémer, que no tardando publicará Calambur, al cuidado de quien escribe estas líneas, es un río de aguas continuas, de forma que pudiera decirse que cuando en 1944 publicó

Tacto sonoro

había encontrado ya la voz con la que revelar poéticamente su mundo. Este mundo era el hombre mismo, en soledad o en sociedad, pero siempre el hombre o, si se quiere, la vida como centro temático modulado en cada poemario, ahondando en él o abriendo las perspectivas nuevas que el tiempo iba aportando; de este modo, en los libros últimos, la vejez va imprimiendo determinadas huellas en sus poemas, como la temática de la muerte, cuya presencia se torna acuciante tras la agonía de la esposa, que murió en 1989. Llamo poesía última de Crémer, justamente, a la que viene motivada por aquella razón biográfica. El sentimiento de la pérdida originó

El cálido bullicio de la ceniza

, de título claramente alusivo al suceso que marcará dolorosamente vida y obra del poeta en adelante. Seguirían otros cinco poemarios, seis contando

El último jinete

.

La idea de la muerte empapa los versos de

El último jinete

, como si el poeta buscara algo a lo que agarrarse frente a la nada. Y como en libros anteriores, muchos poemas tienen un destinatario silencioso: ella, la amada ausente, que crea en el entorno del poeta un ámbito de conmovida soledad. Amor y muerte se instalan como los dos grandes temas del poemario. El tema de la muerte arrastra tras de sí numerosos motivos: la soledad del que muere, la impasibilidad del mundo ante la muerte de uno («La Ciudad ignora que me muero»), las sucesivas ausencias, con el vacío que han dejado en un alma enamorada, y, por supuesto, las acuciantes preguntas sobre quién soy y para qué soy, es decir, el origen y el destino, de donde nace la angustia existencial y mortal a la vez. «Destino» es el título de un poema en el que las preguntas manifiestan la amarga perplejidad del poeta: «¿Para qué? ¿Por qué? ¿Hacia dónde?»; «El hombre / que soy ¿qué puede ser si muere / sin respuestas claras, si ha vivido / entre zozobras y amenazas?». Pero nadie responde a las interrogaciones del poeta, hasta que «Acaso / desde el forro oscuro de las nubes / le lleguen las respuestas y le sea / concedida la solución: -˜¡Vives, oh mísero de ti! / para ser hombre-™ / Triste destino». Otro título de

El último jinete

es expresivo en sí mismo: «¿Dónde?»: «Si supiera dónde, cuándo y cómo / no importaría nada / que la explosión rompiera / lo que queda de mí». Es la razón existencial la que inquieta al poeta; y el más allá de la muerte, porque el «dónde» alude a la amada muerta, al «allí donde estés»; si el encuentro fuera posible, si tuviera respuesta, nada importaría la muerte.

El otro gran tema es el amor, un amor que respira por la herida de la muerte; es el amor a «la amada inmóvil», con voz entregada, desgarradora a veces: «Hoy quisiera decirte, / con voz perdida entre los restos / de la memoria mía, que te espero, / que mi vivir es esperarte / sin la misericordia / de saberte posible, como los sueños». «Amo, luego existo», escribe el poeta. Parece lógico, dadas las circunstancias, que el recuerdo forme parte del tema amoroso, se trate del padre ferroviario (hermoso poema «El tren en el alba») o de la amada: «Vivir no es, amor, sino el ejercicio / glorioso de quererte»: Garcilaso asoma por estos versos en los que vida y amor quedan existencialmente confundidos.

El último jinete

va impregnado de una tonalidad sentimental de soledad y tristeza, patente en versos como «Estoy solo y me duele / la sombra que proyecto», y en poemas como «De rodillas», hermoso y humanamente amargo: «Un diluvio de tristeza / alcanza los acantilados del amor».

Emociona pensar que un poeta centenario como Crémer, nuestro Crémer, conserve el fervor humano y artístico que Cernuda admiraba en el pintor Tiziano cuando se hallaba «cerca de los cien años prodigiosos».

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