Diario de León
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León

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L legaban las cadenetas con las fiestas de aquellos julios hermosos de la niñez. Venían acompañadas de olores a fritangas, de sabores a refresco de jarabe y de carabinas de aire comprimido con que apuntar a unas hermosas bolas de anís de distintos colores. Algunas propinillas domésticas, y menos de familiares y algún contado amigo del parentesco, que andábamos en época de escaseces, permitían al menos una, o dos al máximo, subida diaria -“tres días, tres, componían el calendario festivo- a la ruleta aérea de los sueños. Y de ciertas habilidades, que pretendíamos testificar cada año. Alcanzar al que iba delante, empujarlo hacia los lados, aunque fuera colgándose prácticamente de las cadenas que, en la parte delantera, nos garantizaba cierta sujeción al asiento. O incitando a alguien, si no tenías adquirida tal habilidad, a que enredasen las cuatro que iban al punto de amarre, para girar después, como un trompo, hasta el mareo. Y otras mil posibilidades que iban surgiendo con el tiempo y las experiencias ajenas. Todo era motivo para el comentario y el protagonismo de aquellos niños de mi infancia. Nos quedaba la ilusión de colgarnos del aire cuando llegase el próximo julio. Y esa ilusión, también, nos hacía felices.

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