4. Compás
D ando vueltas al mundo irreverente que nace con nosotros y destina un compás y una esfera, en la distancia que concretan los hombres. La música acompaña mi espejismo y nubla las miradas, porque nacen los días que suceden a este caos que se nutre con esencias y noches ateridas.
Todo pasa de largo y se repite en el brocal de un pozo que fabula con la voz de los ecos. Allí la indiferencia se deshace, es algodón de azúcar y amasijos con luces de neón.
Los gritos se desconchan en los muros de las casas de piedra, en los aleros viejos de una ruina, en el jardín nublado por la nada que se adueña de todo lo que existe y la luz es ceniza, los olores son círculos que arrancan la armonía de la tarde postrada.
En el lugar que sueño hay una alfombra que guarda mis silencios y se esconde en el bosque maldito, entre las dunas de un desierto que nunca se ha pisado. Yo veo con pupilas infantiles esa oquedad que espera de nosotros un gesto diferente.
Mi postura se hace de camino, pues soy el caminante que se aleja del cálido bullicio para volver al punto de partida, donde todo se nombra con palabras.