Diario de León
Publicado por
JOSÉ ENRIQUE MARTÍNEZ
León

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Los preámbulos e inicios de la guerra civil en León los han relatado diferentes historiadores, escritores y aficionados. Se trata ahora de recrearlos desde la mirada de un niño que con los ojos bien abiertos pudo ver cuerdas de presos camino del campo de concentración que fue San Marcos. Ese niño se llamaba Antonio Gamoneda. Con el tiempo sería poeta y en verso y en prosa dejaría constancia de aquellos ojos asombrados de un niño que desde las rejas del balcón de su casa, en la carretera de Zamora, veía trenes de los que descendían hombres cenceños con conocimiento del miedo. Y ahora, Andrés Sorel, con mejor pluma que en las novelas suyas que conozco, nos da Iluminaciones de distintos momentos como ráfagas fijadas en la retina de aquel niño: recreaciones al pie de Gamoneda, quizá nada que no sepamos, pero contado de nuevo para refrescar memorias y constatar una situación que la mayoría conocemos sólo de oídas o de leídas. Sorel recrea las Iluminaciones de aquel infausto verano de 1936 en León, extensible al de otras muchas ciudades españolas: delaciones, paseos, ajusticiamientos, cárceles, torturas, y requisas, hambre y frío, pobreza generalizada y un miedo colectivo instalado en cada casa, detrás de cada ventana, con el penal de San Marcos -“campo de exterminio- a rebosar y con nuevos poderes alzados sobre las ruinas: el ejército, la guardia civil, la iglesia. Todo fue sedimentándose en la conciencia del niño Gamoneda, en la memoria, como futura fuente de poesía: la vida del adolescente en aquel León secuestrado, las rutinas del día a día, la escasez de todo menos del cariño materno. Veinticuatro años trabajó el adolescente, mozo y hombre Gamoneda en un banco durante aquellos años del miedo «en las casas. En las calles. En el trabajo». A los treinta y ocho años de vida dejó el banco e iniciaba una nueva vida: «De algo sí estaba convencido: Amaba a León, su provincia, su tierra, y no la abandonaría».

En la vida de Gamoneda es fundamental el descubrimiento desde niño de los libros, de la lectura. Sorel nos habla del hermanamiento del poeta leonés con Kafka y Vallejo: la experiencia del dolor por el absurdo y por la fraternidad en la pobreza y la escritura respectivamente. Todo se va sucediendo en la vida del poeta: el amor, los libros de poesía, con detenimiento en cada uno de ellos, movido el biógrafo y relator por el fervor, la pasión, la admiración y la relectura continua; pero ¿cómo decir algo nuevo de unos poemas sobre los que tanto se ha escrito? Andrés Sorel parafrasea mucho de lo que el propio Gamoneda ha expresado sobre su entendimiento de la poesía.

La biografía de Gamoneda no se entiende sin la radiografía de la ciudad en la que ha vivido. Y aquella ciudad del miedo fue conociendo nuevos fusilamientos, entre ellos personajes de la cultura y de la política, transformando la cultura ciudadana en un desierto: cayó Sierra Pambley, fusilaron a maestros, sindicalistas, profesores e inspectores, y la ciudad conoció presencias extrañas, como las de la Legión Cóndor y los moros de Franco; situaciones nuevas, como los racionamientos, el estraperlo o el maquis; y nuevas obligaciones, como misas, ejercicios espirituales, y demás. Gamoneda se había asomado a la vida del adulto en el trabajo, en el amor y en la amistad con Pedrero, Vega Merino y Eloy Terrón. Dejo otros tiempos mejores en la vida del poeta para el lector interesado en esta biografía apasionada, en esta radiografía de nuestra ciudad, de nuestra provincia. El libro de Sorel es, en rápido resumen, el testimonio de una indignidad y, a la vez, la crónica de cómo avanzamos hacia la nada.

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