Un aprovechamiento desmesurado de la diacronía
Es bien conocido el prestigio creativo y el éxito editorial de ciertos novelistas suecos. Stieg Larsson, Leif Gw. Persson y Henning Mankell son la feliz y fructífera punta de lanza de la novela del género negro en Europa. Tal prestigio está sobradamente confirmado en el caso de Henning Mankell, creador de personajes de gran popularidad. Pero es posible que sus lectores, fieles y multitudinarios, se vean desbordados, con un punto de decepción, ante la complejidad de El chino , título de aparente vulgaridad. Finalizada la obra, nadie piensa que lo convencional del gentilicio corresponda a un personaje de semejante relevancia temática e implicaciones políticas.
Conviene advertirlo: la novela tiene un planteamiento diacrónico. Se extiende cronológicamente desde 1860 hasta 2006, con los Juegos Olímpicos en puertas. Su espacio no es menos desmesurado. Todos los continentes, exceptuada Australia, sirven de escenario para aclarar un trágico suceso, el asesinato de diecinueve personas en enero de 2006, en Hesjövallen, un pueblecito sueco. La conmoción social supone una inevitable conmoción profesional que se bifurca en la novela. Se pone en marcha el aparato policial pero, simultáneamente, se hace cargo personal del caso Birgitta Roslin, una jueza emparentada con alguno de los muertos. Lo que es un caso de criminología llamativo socialmente se transforma en el epicentro de un terremoto histórico y geográfico, lo que le obliga a Henning Mankell a convertir El chino en una novela histórica en ciertos cuerpos de la narración.
El origen lejano de ciertos personajes y el afán del novelista por ofrecer una hipótesis inquietante respecto al pueblo chino (posible colonizador en un futuro inmediato de algún país africano subdesarrollado) desborda los objetivos argumentales. No hay que olvidar que a este panorama colonizador (mero escenario accidental en muchos casos) subyace la verdadera clave del múltiple asesinato, del que es culpable un prepotente chino actual. Vendido al capitalismo, no repara en profanar los más sacrosantos sentimientos, lo que le lleva a dar muerte a Hong, su hermana, símbolo de la nobleza humana. Ambos serán así testimonio de la doble cara de partido comunista chino.
La sincronía no está ausente de la doble perspectiva literaria. Birgitta Roslin, la incombustible jueza sueca, representa lo actual, el afán por desvelar indicios misteriosos que lo son sólo en apariencia. Con un trabajo agobiante, problemas de salud y una crisis matrimonial de difícil solución, Birgitta Roslin irá devanado esa madeja cuyo índice primero es «la cinta roja», título de la tercera parte de la novela. Sólo un inmenso sentimiento del paisaje parece servirle de consuelo a la tenaz jueza en su constante camino en pos de la verdad.
Todo, como es lógico, quedará aclarado y, con ello, quedarán casi en tinieblas aspectos, claves y referencias complejas de la política y del pueblo chinos. Misterios que Henning Mankell glosa en su «Colofón» y que, en su inexplicable condición, dota a la novela de un incuestionable atractivo. A pesar de la desmesura del tratamiento de muchos aspectos.