Como quien cuenta a un búho sus secretos
Cada libro de Ana Isabel Conejo es una nueva ventana abierta a un horizonte luminoso. Su palabra nos va llevando de la mano hacia ese aire de belleza que necesitamos como el respirar. La poeta ha alcanzado altura y sabiduría poéticas, moviéndose con la misma agilidad en las prosas líricas de Atlas o en el borboteo de imágenes que los poemas de Zapatos de cristal nos ofrecen. Este último es el poemario al que me voy a referir. Algo nuevo hay en él: el sujeto o el yo, de poderosa presencia siempre, es capaz de salir de sí mismo para verterse sobre el mundo del terrorismo («Bali»), la guerra («Irak»), los desastres ecológicos («Marea negra»)... Pero estos poemas son una parte de las cuatro de Zapatos de cristal , que, en su conjunto, me parece que traza el itinerario que va de la inocencia a las certezas de la vida, sean éstas el amor o el odio; es el camino que se recorre del sueño (ilusiones, esperanzas, horizontes abiertos...) al despertar, de la infancia evocada -“«fábula de fuentes», escribió otro poeta- a la conciencia del fluir temporal.
La serie de poemas titulada «la bella durmiente del bosque» evoca aquel sueño al que aludí y la caída posterior en el tiempo. Es muy sugerente el poema que evoca la aparición de «las palabras nuevas» para modelar el mundo, para modular también el recuerdo. No cae la poeta en la fácil evocación, porque se trata de recordar también el comienzo de algunos desamparos, de la certidumbre de las pérdidas y de algunas «Ruinas», como se titula uno de los poemas. Lo que se produce es una interpretación lírica del recuerdo o de la realidad, como muestra espléndidamente el poema «Once de septiembre», en el que la poeta explicita sus sueños («Yo soñaba con irme a vivir a Manhattan»), nacidos del cine y otras fantasías ahora «reducidas a polvo y a cenizas / en la ciudad herida / de donde huyen los sueños». El dolor no necesita decirse, navega entre las aguas.
«Yo te quiero con toda / la rabia de la vida»: el amor (el hijo, el otro de la pareja...) es otro motivo del poemario. Y asombra constatar cómo «las viejas ternuras» aparecen ante nosotros como si fueran nuevas, que es una de las misiones de la poesía. «Sólo lo extraño precisa la palabra», expresa el poema que cierra el poemario. «Lo durable, lo rítmico del mundo / no se dice; se vive desde dentro / con temblores de álamos»; pero lo que importa acaso sea la capacidad para transmitir ese temblor, para hacer novedosa cualquier vivencia poetizada. Léase a este respecto el poema «Zapatos de cristal», que pautando dificultades, carencias, vacíos, huellas más o menos duraderas, desgastes y algunas esperanzas apasionadas: «y bebería, amor, y beberíamos / lo poco que nos queda / de locura y belleza». Acaso no sea tan poco si cada libro de Ana Isabel Conejo nos sigue infundiendo en las venas el delicioso veneno de la poesía.