Diario de León

Secretos de la naturaleza descritos desde la sabiduría humilde

Publicado por
NICOLÁS MIÑAMBRES
León

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Es probable que el nombre de Aurelio Pérez resulte familiar sólo en círculos científicos muy reducidos. Pero si se advierte que Aurelio Pérez fue el más fiel y efectivo colaborador de Félix Rodríguez de la Fuente, su proyección se universaliza. Hombre dotado de una misteriosa sabiduría natural para dominar y domesticar a los animales, narra en estas páginas su trayectoria vital, especialmente los años que ejerció como naturalista en el equipo de El hombre y la tierra.

Las confesiones de Aurelio Pérez son de extraordinaria sinceridad. Cuando su padre le plantea el dilema vital de ser pastor o cura, Aurelio no lo duda: «Pastor, padre, que los curas no se casan» (p.49). Pronto se vio en la necesidad de hacer realidad su vocación de-sempeñando su profesión de pastor trashumante. Una experiencia barcelonesa y un trabajo burocrático en Madrid le llevarían al mundo de los halcones, para limpiar de aves, sisones especialmente, el aeropuerto de Barajas. Es el momento en que entra en contacto con Félix Rodríguez de la Fuente, con el que comenzaría una apasionada relación personal y profesional. Resulta curioso comprobar el respeto con que Aurelio Pérez se dirige a Félix, siempre con el trato de «doctor». Y no lo es menos la opinión que tiene de él: una persona impulsiva, absorbente y con un sentido obsesivo de la exigencia profesional. No olvida recordar tampoco la facilidad que tenía para resolver cualquier problema que surgiera en el camino. Con el famoso naturalista, Aurelio Pérez pasó los mejores años de su vida, aunque no faltaron las discusiones y ciertos momentos de incertidumbre. Sin embargo, resulta difícil de entender el laconismo con el que Aurelio describe su impacto emocional cuando se entera de la muerte inesperada de Félix Rodríguez de la Fuente. Sólo una docena de líneas dedica a la tragedia de su amigo y maestro.

A partir de ese momento, se narran las tribulaciones profesionales vividas por Aurelio Pérez, aunque consigue subsistir con dignidad e incluso llevar a cabo proyectos tan apasionantes como conseguir domesticar la grajilla que actúa con Francisco Rabal en Los santos inocentes.

La obra resulta una delicia para cualquier lector aficionado a este mundo de los animales, especialmente aves de cetrería y lobos, contemplado desde la mirada apasionada de Aurelio Pérez. Pero la obra, en cuanto a su elaboración literaria, no es precisamente un modelo. Las ricas experiencias de narrador (dueño de una memoria prodigiosa o tal vez recogidas en su cuaderno de campo muchas de ellas) han sufrido una deficiente recreación literaria.

Se observa un estilo demasiado escueto, telegráfico en ocasiones, sujeto a multitud de innecesarias pausas de puntos y aparte. No faltan las deficiencias acentuales, tan frecuentes en muchas obras de este momento, así como la ausencia de pausas gráficas para los vocativos. Sin olvidar que gran cantidad de nombres referidos a programas, series, obras-¦ carecen de contraste tipográfico alguno. Algo lamentable en una excelente edición, cuidada con esmero en otros aspectos.

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