Diario de León
Publicado por
León

Creado:

Actualizado:

T odo cambió en pocas horas cuando otros planes circulaban por nuestra mente. Había comenzado sin anunciarse, de sopetón, como visita inesperada de un pariente lejano. La tramontana gerundense hermanada con el cierzo maño en una UTE contra natura había barrido valles y montes humillando arbustos, carrizos y cañizales. Las montañas unidas entre sí como reata cansina de fornidos mulos sacaban pecho ante la escasa posibilidad de que el invasor ventoso burlase su contención y alcanzara la costa. Pecado de presunción pues como acorralado reptil zigzagueaba intrépido buscando un resquicio por donde zafarse. Tuvo sin duda éxito su empeño que mimetizado entre la tormenta burló al vigilante del portillo de sierra de Irta, arrasando veredas, huertas y humedales hasta alcanzar de lleno a la ciudad.

Fue su asedio vandálico, sobrecogedor. Su voz punzante y chillona hería los sentidos de las gentes del lugar, una voz que adquiría tintes de alma en pena al atravesar barandillas, terrazas y celosías. Las atrevidas gaviotas jugaban a lo imposible. Ascendían cual supersónico en despegue con los turbos a tope para una vez alcanzada la ingravidez abandonarse libremente al destino planeando, a la manera de los espíritus libres una vez ya despojados de ataduras corpóreas. Era para ellas el juego de la vida, retándose a alcanzar con destreza las mayores alturas, ese lugar donde no mora engaño, ambición, ni mentira , donde tan solo habita lo puro de toda naturaleza viva. La «reina» de mi terraza, la que presurosa me anuncia la primavera y presume en los inviernos de lozana y esplendorosa, la bella y enamorada buganvilla lloraba humillada la pérdida del objeto de su belleza que cual mariposas puro juguete eran en manos del dios de la ira. Eolo vomitaba sin descanso por sus fauces el fruto cálido de sus entrañas arrojando su guante al mismísimo Neptuno. Sobrecogía ver tal tanteo de fuerzas y por el horizonte marino arrancaba un batallón de «gastadores» en marcial formación hacia la arena de la orilla, que llegando exhaustos por el mucho esfuerzo lanzaban una y otra vez arcadas de blanca bilis en la parda arena, golpeando sin descanso al invasor bárbaro con estrépito. Eolo y Neptuno exhaustos, agotadas sus fuerzas entraron en somnolencia relajándose hasta firmar armisticio que trajo a la zona días soleados. Habían cesado los rugidos, las amenazas y la guerra por el dominio del contorno. Los cañizares del humedal recuperada la verticalidad miraban crédulos al cielo mientras unas incipientes nubes miraban complacidas al pasar el sosiego y quietud del lugar.

Seguro, ¡hoy puede ser el gran día!, se oía decir a los curtidos hombres borrachos de mar. Como siempre todo comenzó al atardecer. Por los accesos del paseo marítimo llegaban hasta la arena de la orilla extraños guerreros, vestían chalecos de múltiples bolsillos y altas botas de látex a la rodilla. Portaban modernos carros y a sus espaldas prendían alargadas fundas cruzadas al estilo samurái, ocultando misteriosas armas. En pocos minutos la zona se había despoblado de bañistas, tan solo algunos jóvenes se negaban a abandonar la placentera caricia del agua cuando los últimos rayos de sol desde los montes de Calig ponían en las aguas fina pátina dorada.

Cual rito de una celebración profana los congregados marcaban su territorio en la aún tibia arena, clavando finos estiletes. Me intrigó la exactitud de las distancias entre los soportes metálicos. Luego tocaría armar las finas armas de carbono y dotar a sus extremos el plomo, necesario en toda batalla que se precie. Con la colocación del letal aguijón para todo aquel que ose probar el fruto prohibido quedó la artillería a punto, mientras un sol debilitado permitía encararlo al atardecer cuando triste y semiescondido entre arreboles decía adiós tras riscos y montes. Todo era quietud, tensa espera, miradas escrutadoras al frente, a derecha e izquierda de un ejército lineal que mostraba marcialmente su poderío en novísimo cuadro de «Rendición de Breda o de las lanzas» que, con las sombras y el oro del atardecer comería de envidia al mismísimo Diego Velázquez.

Por las oscuras aguas abismo del profundo Hades avanzaban por la lejanía infinitos luceros como desprendidos de la bóveda celeste que a velocidad endiablada iban asentándose en formación encarando la arena de la playa. Era el ritual, la infantería contra la fuerza acorazada, todo asemejaba dos ejércitos pertrechados y en tensión controlada ante la ya inminente batalla. Frente a los tanques marinos portadores de potentes focos estaba el ejército de las lanzas, guerreros de luces tenues por sus cascos campestres. Un profano auguraría lucha desigual, la puesta en escena pregonaba sangre, mucha sangre, tal vez una nueva edición del «Paso de Termópilas».

Sucedió sin aviso, como si hubiese sonado un potente trueno de ondas hercianas solo percibido por los contendientes. El ejército de «lanzas» como un solo hombre, a la manera de la catapulta inició su mortífera carga dirección a la acorazada iluminada. El plomo al salir lo hacía con estrépito. Decenas de lanzamientos silbaban rasgando dolorosamente el espacio. El ejército «acorazado» se movía nervioso de izquierda a derecha, percibiendo nítidamente a sus hombres ir de popa a proa con las manos ocupadas, llegando su tosco vociferar hasta la arena.

Sí, era el día adecuado, el anunciado en las tablas «solunares». No acudió la luna, no quiso actuar de notario en una noche lúgubre. Decía que las sombras llevan la tristeza que mata al alma. Los focos sobre la mar ofrecían destellos múltiples de plata en los acorazados que a mí se me antojaban estrellas niñas caídas del firmamento. En la arena no había descanso lanzando y arrastrando por la boca bellos animalitos plateados, de pupilas dilatadas, borrachos de noche y sal que por jugar a ser «luna» en noche oscura murieron en brava batalla, en una noche triste de reflejos plateados.

Para ellas, las doradas, había sido su última batalla.

tracking