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León

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La dama corría.

Ya había caído la noche, y la luna llena proyectaba sombras por todas partes. Los árboles la cercaban a ambos lados del camino y, tras ella, sólo quedaba oscuridad. Era una noche sin estrellas, apagada, brumosa. El enorme círculo blanco en lo alto del cielo era la única luz y se antojaba fantasmal e inquietante. Y, a su alrededor, el más absoluto silencio.

Su vestido, largo y voluminoso, se enganchaba en las ramas a su paso, se ajaba y rompía, tropezaba en sus pies a pesar de que ella lo llevaba un poco levantado. Sus pasos, de pies descalzos sobre la tierra, apenas si se oían. Quizás fuera ella, que iba demasiado deprisa para fijarse.

No sentía nada. Solamente conservaba un recuerdo y dos surcos de secas lágrimas en su cara. Y corría y corría. Algunos rasguños en sus tobillos habían comenzado a sangrar, pero ella no lo notaba. Veía su rostro con perfecta claridad en su mente, con el ceño fruncido, preocupado, desprotegido. Quería volver a verle. Necesitaba saber que estaba bien.

Porque algo en ella le decía que no era así.

Aceleró aún más la marcha, esquivando ramas y saltando raíces. Hacía ya un buen rato que se había salido del camino, pero le daba igual. Sabía adónde se dirigía sin necesidad de que una senda la guiase.

Los árboles susurraban a su alrededor, iluminados por la luz de la luna llena, meciéndose al compás del viento a su lado, cantando una canción de tristeza y amargura. La dama no se detuvo al darse cuenta de que todo lo que la rodeaba le estaba lanzando señales de que diera vuelta atrás y se olvidase de su destino, sino que se formó en su pecho una sensación de desasosiego que volvió a humedecer los secos caminos en sus mejillas.

No podía parar. Rezar ya no serviría de nada.

Cuando llegó al claro del bosque, frenó en seco. De pronto, todo sucedía a cámara lenta. Tres hombres estaban a varios metros de ella, distanciados entre sí. Dos de ellos, apuntándose mutuamente con dos armas. Uno de ellos, él . Una de las mortíferas siluetas profirió seis sonidos bruscos que taladraron los oídos de la joven hasta dolerle. Que la devolvieron a la realidad. La dama gritó y uno de los cuerpos se desplomó sobre la hierba, tiñéndola de rojo.

Se acercó corriendo hasta el cuerpo y se arrodilló a su lado, sollozando.

Los otros dos hombres desa-parecieron. La dama y su señor se quedaron solos. La dama se quedó sola . Nuevas lágrimas salieron de sus ojos, y, en cuanto empezó, ya no pudo dejar de llorar. Abrazó el cuerpo inerte y se dobló sobre él, en un abrazo inútil. Se manchó las manos con sangre, pero ni siquiera se dio cuenta.

La luna ya no les iluminaba. De pronto, sólo era fábrica de sombras, ya no había luz.

Y ella siguió sollozando.

Dieron las cuatro de la madrugada. La figura seguía siendo la misma, pero la chica ya tiritaba de puro frío. Sus ojos se habían secado de tanto llorar, pero no se había aplacado el llanto. Su señor se había ido y ahora la estaría esperando, lejos, al otro lado. Y era culpa suya, por no haber podido evitarlo.

Sobre ellos, las nubes se movían en el cielo, cubriendo la luna, sumiéndolo todo en la más profunda oscuridad. La noche se cerraba y el aire parecía estar vivo, soplando y echando sus cabellos hacia atrás en un gesto consolador.

Y, entonces, sucedió algo.

Frente a ella y su inmóvil compañía, las brumas comenzaron a agruparse, formando una figura que la chica reconoció de inmediato. Pudo vislumbrarla unos segundos con perfecta nitidez y luego se difuminó tan rápido como había llegado. Pero, antes, el alma, quizás el espíritu o puede que simplemente la visión de su señor, le dedicó una sonrisa que la hizo contener el aliento.

La dama, en mitad de la noche, sonrió también. Se quedó muy quieta, sumida en sus propias cavilaciones, todavía abrazada a la sangre seca. No quería soltarle aún. Cerró los ojos y rezó. Rezó por encontrarse algún día. Lejos, al otro lado.

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Bajo la sombra de la luna llena.