Diario de León
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«Dona dóna´m Dona»

Víctor Peña. Eje Producciones Culturales, León, 2008. 86 pp.

NICOLÁS MIÑAMBRES

La acotación inicial respecto al escenario de la obra, de una desnudez escalofriante, debe poner en guardia al espectador. Estamos ante un «Escenario vacío» con una «oscuridad total». La iluminación que la escena recibe se concentra en «un bidón grande y oxidado», presente a lo largo de los tres primeros actos: «Una luz tenue cae sobre la mesa de trabajo llena de papeles», pero conviene tener en cuenta que sólo «se iluminará cuando hable el Hombre», de quien apenas veremos más sus manos.

Semejante desnudez escenográfica anticipa el sentido nihilista de las cinco mujeres en escena, como advierte la «Voz del hombre» al comenzar la obra: «Antes del inicio no existe Nada. Casi Nada. Un agujero. Un bidón vacío que habremos llenando de nuestras propias historias». No sabemos si el «nos» es un plural mayestático, si tiene significado individual o si, acaso, engloba la voz de esas mujeres anónimas, casi impersonales: «Historias que terminan donde los sueños comienzan». Pero-¦ ¿qué sueños tienen estas mujeres, cuyos nombres «no importan. Nunca importan.»? Su identidad es la de la irrelevancia cruel, el anonimato despiadado: «Sólo son una sucesión de letras que en sí mismo no representan nada». Por ello «jugamos con ellos» [sus nombres], se advierte. La Voz del hombre presenta a esas pobres mujeres: Alba, Beatriz, Dolores, Cándida y Elba. «Elba -“se advierte- es extraña en esta tierra», pero-¦ ¿no los son también las otras cuatro mujeres, perdidas en su soledad?

Los cinco actos de la obra son cinco momentos de la desesperanza, del fracaso, del dolor de estas mujeres cuyos nombres son en su mayoría anticipo de sus vidas. El espectador, el lector en este caso, tiene la impresión de encontrarse en una Casa de Bernarda Alba aún más desolada. Lorca impone dentro de la escena la autoridad, pero tiene cuando menos rostro y nombre de mujer y, desde fuera, llegan los ecos de la vida. Cada uno de los actos, excepto el triste espejismo del cuarto, es un camino por el que el destino las arrastra, con nombres nuevos, al precipicio humano.

El desenlace se atisba en el acto V. Las palabras del Hombre dan a entender que han conseguido la independencia: «Tienen vida propia, y yo-¦ yo no puedo seguir siendo su voz». Pero no parece su destino un destino hacia la felicidad. Incluso puede ser el alejamiento de unos sentimientos surgido en este callejón. No hay vida más allá para Beatriz, que se introduce en el bidón, porque-¦ «Lo dijo la voz: el bidón es el lugar donde todo comienza y todo acaba». Con la invitación grotesca «Guapo, ¿quieres bajar conmigo?» sella su despedida hacia la nada. Es el desenlace misteriosamente desolado hacia el fracaso. La obra se transforma así en una excelente alegoría del destino de ciertos estratos femeninos de la sociedad actual.

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