Bella portada renacentista en la Calle Escurial
P ervive el dédalo antiguo de callejuelas con Puerta Moneda como arteria urbana, rodeado por las Cercas como cinturón pétreo. A la sombra espiritual de la Iglesia del Mercado, discurre en su brevedad la vieja calle Escurial. Es rúa humilde, oscuro reguero hacia el oriente nacido del río de Puerta Moneda. Como la calle del Hospicio y Herreros, conserva el eco de labores de menestrales centenarios; vago y simbólico balbucir de los artesanos medievales. Bien claro lo muestra la calle Escurial, con rescoldo onomástico de viejas ferrerías. Debe su nombre a que en tiempos inmemoriales fue almacén de las escorias generadas por la actividad ígnea de las fraguas. Todavía Azorín alcanzó a evocar con honda emoción estos rancios ecos de un tiempo viejo.
Es humilde, breve y recoleto el recorrido de la calle, engullido de inmediato por la de Las Carbajalas y, especialmente, por la reciedumbre de su monasterio. Adosado a su flanco occidental, un albergue para peregrinos sirve de refugio y alivio a sus pies cansados y a la ilusión de sus itinerantes corazones. Es, a fin de cuentas, una muestra más del invariable panta rei del ser humano. El eterno fluir para recorrer siempre lo mismo, aunque siempre distinto: las distancias con las que el alma sueña: « Somos -”escribe Juan Ramón Jiménez-” andarines de órbitas. No podemos llegar a fin alguno ».
S obre un zócalo de morrillón, en contraste con el palor amarillento del albero en el muro, el arco de la casa noble se yergue recio, escueto, impasible. Es traza renacentista pero no están de ella ausentes reminiscencias goticistas, afirman Emilio Moráis y María Dolores Campos Sánchez-Bordona. Son ellos los que han descrito con minuciosa pulcritud la estructura de tan bella portada, rescoldo milagroso de pasados esplendores. El edificio fue en otro tiempo mansión nobiliaria, como tantas en el recinto de la ciudad. Según la interpretación de Fernando Miguel, parece que su estructura correspondía a dos crujías perpendiculares dispuestas en un gran patio alargado. Su interior se sustentaba con humildes muros de tapial, pero la reciedumbre de buena parte de su estructura garantizaba duración secular. Sólo la desidia y, sobre todo, la crueldad destructiva de los hombres pudieron con ella. Pero ni siquiera podrán confesar el orgullo del profanador: « Cuántas veces cargué con estos mármoles, / cuenta el profanador. Se hace un silencio, breve o justo, no tenso demasiado» . Y continúa el poeta Aníbal Núñez: « la evocación es referencia / común: aquella casa. Y la posible / relación de fachadas, patios, muere / poco después de las palabras, antes / de ese dulce suspenso que nos paralizó ».
Como tantos ultrajes en la historia, el siglo XX fue testigo de la demolición de la casona. El abandono y el expolio ni siquiera respetaron el escudo nobiliario de los dueños, triste eco en el sillar superior al arco. Moráis y Campos Sánchez-Bordona describen con detalle el arco de medio punto, «de amplio dovelaje de rosca lisa. Se enmarca por una estructura en forma de alfiz». Le sirven de apoyo, advierten los investigadores leoneses, «ménsulas cilíndricas adornadas con finas molduras y rematadas inferiormente con un exorno vegetal».
G racias a la sensibilidad y buen hacer de una prestigiosa constructora leonesa, el edificio ha recibido en su aprovechamiento para viviendas modernas un delicado y exquisito tratamiento arquitectónico. Es como rescatar brillos imposibles de un tiempo que se fue. Su amplio patio queda dignificado con la presencia de Las Cercas cerrando su recorrido por oriente. En el suelo manó alguna inesperada sorpresa arquitectónica, misterioso testimonio de otros tiempos. Con la restauración del edificio apareció una sala de exótico y rancio pavimento: su enchinarrado ofrecía curiosos dibujos geométricos urdidos con cantos rodados y tabas óseas. Era casi el ex libris arquitectónico de su condición renacentista.
Casi nada sabemos de los hombres que entre sus muros hallaron su descanso, pero sí ha llegado hasta nosotros la noticia de que los monjes del monasterio de Sandoval encontraban cobijo entre sus muros cuando venían a la ciudad desde su monasterio de Mansilla la Mayor. Desde las ubérrimas riberas del Esla: « de allí, bajo los arcos cistercienses, / de la paz duradera, / junto a un mundo de viñas y de almendros», como escribe Antonio Porpetta . Venían sin duda ilusionados por la belleza de esta ciudad llena de felicidades, como dejó escrito algún romero camino de Compostela. Ambas, León y Compostela, fueron siempre destinos de esperanza.