Visión literaria de San Ignacio de Loyola
Afán de gloria
Luis del Val. Ed. Espasa Calpe, Madrid, 2009. 308 pp.
En la nota aclaratoria que cierra la obra resume Luis del Val las «tribulaciones» vividas con Afán de gloria : «Este libro -escribe- es una novela. No es una biografía ni, mucho menos, una hagiografía». La observación es necesaria, dado que no se trata de una novela histórica al uso, aunque ofrezca una documentación rigurosa. De ahí la diferencia esencial entre la primera y la segunda parte, entre la juventud belicosa de Ignacio de Loyola y su fervor religioso en la edad adulta. Aunque claramente distintas, el lector no debe olvidar la rígida y precisa estructura que las articula, patente en la hilazón temática entre el «prólogo» y el «epílogo».
La obra es un modelo preciso de gradación narrativa. La infancia y juventud de Ignacio de Loyola son las experiencias de un joven que vive el incipiente espíritu renacentista desde una fina perspicacia. El nacimiento al mundo del amor, pero sobre todo a la actividad bélica, harán de él un perfecto modelo de cortesano. Pero los brillos de la fama y de la guerra traerán una simiente amarga: una herida de guerra de la que no saldrá bien parado, será el camino hacia un hondo y creciente sentimiento religioso. Muere el cortesano del Renacimiento y nace el místico de la Contarreforma, convencido de su objetivo -“«Voy a ser un soldado de Jesús»-.
Esta diferencia de actitud vital condiciona espacios y personajes. Si la primera tiene ambientación esencialmente cortesana y española, la segunda abarca escenarios europeos, con personajes de honda cultura. No hay duda de que Luis del Val ha arriesgado considerablemente en su visión de Ignacio de Loyola, como lo prueba la larga serie de ramificaciones, religiosas, intelectuales y humanas que derivan de su condición. Las relaciones del santo con papas, artistas, filósofos, inquisidores... obligan al escritor a dosificar literariamente las reflexiones de estos personajes o los abundantes diálogos que Ignacio de Loyola entabla con ellos, no siempre en un clima de armonía. En el fundador de la Compañía de Jesús convergen las amenazas de la Inquisición con las heterodoxias de Calvino, Lutero o Erasmo, sin que falte la relación con Luis Vives. Esa relación con ellos explica la presencia de los escenarios europeos más excelsos: Roma, Salamanca, París, Alcalá, Brujas-¦ sirven de espacio a las andanzas de Ignacio de Loyola. De entre todas estas experiencias personales sobresalen las que mantiene con Miguel Ángel Buonarroti, encargado del proyecto de la primera iglesia de la orden. Prueba de ello es la larga conversación que ambos mantienen en el «Epílogo», donde se observa, en un momento trascendental, cómo el contacto sincero que les ha unido sobrepasa las cuestiones artísticas. Ignacio de Loyola, gracias a la fe, es hombre sin tribulaciones y sin apenas dudas, pero sobre todo es hombre que disfruta con el afecto.
Este entramado argumental, esencialmente humano, entraña riesgos sin duda, pero éstos no han sido obstáculo para conseguir una novela de inesperada amenidad y buenos recursos literarios. Lo de menos es la actitud, confesada con nobleza por el autor: «Es probable que a los agnósticos no les plazca y que a los católicos les disguste. No lo sé». Tampoco es necesario: Gracias a Dios, la literatura vuela muy por encima de estas posibles disidencias.