Diario de León
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Los confines

Andrés Trapiello. Ed. Destino, Barcelona, 2009. 272 pp.

NICOLÁS MIÑAMBRES

No ha sido frecuente en la literatura española el incesto como argumento o trasfondo literario. De ahí la novedad que, en principio, supone Los confines, la última novela de Andrés Trapiello. De entrada hay que advertir que el tratamiento discurre por conductos de sorprendente normalidad; casi de convencionalismo. Con excepción de los tres primeros capítulos (narrados en tercera persona al ofrecer la primera semblanza de Max Fernández Leal, el protagonista masculino) la novela es una visión personal y subjetivizada de Claudia, hermana de su amante. La coincidencia de ambos en el espacio sudamericano de Constanza será el momento en el que se de-sate una pasión amorosa arrebatada, que continuará de forma incontrolable en Madrid.

Max y Claudia (unidos en un matrimonio convencional con Cathy y Agustín) irán avanzando en la manifestación de sus sentimientos de forma gradual, superando situaciones inesperadas, como es la posible adopción de una niña por parte de Claudia. Esta relación entre hermanos casi nunca presentará connotaciones oscuras o atávicas, esperables por parte de muchos lectores. El mundo de la gran ciudad suaviza las situaciones dramáticas. Las relaciones con los antiguos consortes nunca serán especialmente borrascosas. Un inexplicable sentido de la mesura, el perdón y la comprensión permite que esas relaciones personales discurran por caminos de llamativa armonía. El nacimiento de Laura exigirá un desplazamiento espacial. Constanza (donde vive su amiga Isabel, casada con el magnate Flores Amaro, cuya boda es el origen de estas relaciones incestuosas) será el nuevo destino. En América inician una nueva vida, sin que falten sucesos oscuros, como la situación provocada por la condición de pederasta de Flores Amaro con la niña Yéssica, de extrañas y turbias conexiones.

La felicidad se irá oscureciendo por motivos de difícil explicación. El desarrollo de ciertos acontecimientos obligará a los amantes a decidir su traslado a Panamá, pensando además en pasar una temporada en Madrid: «La idea de volver a España y ver a los niños y a Cathy nos había activado lo indecible» (p. 244). El destino destruirá la felicidad de Max y Clau. Ciertos detalles dispersos en la obra (entre los que no faltan la peculiar prepotencia de Flores Amaro) explican de alguna manera la tragedia que se avecina. Parece que el destino se opondrá a la felicidad de un amor vivido al margen de las normas convencionales, castigando a los amantes con una inesperada tragedia personal.

Todo lo narrado es una versión apasionada y subjetiva de Claudia, que excede, y distorsiona de alguna manera, la voz del narrador convencional. No es fácilmente admisible cómo puede observar con omnisciencia literaria mundos y situaciones lejanos a ella. Ni es coherente desde el punto de vista narrativo captar sus confesiones desde el estado en que se encuentra al final de la obra. Tampoco son lógicas las relaciones entre ciertos personajes, sobre todo cuando se han alterado por una relación tan extraña e inesperada en los tiempos actuales como es el incesto.

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