Diario de León

Una ambiciosa empresa literaria coronada por el éxito

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Jardín perdido. La aventura vital de los Panero

Andrés Martínez Oria. Ed. Akrón, Astorga, 2009. 520 pp.

NICOLÁS MIÑAMBRES

Sólo un escritor como Andrés Martínez Oria (buen conocedor de la literatura contemporánea, maragato apasionado de adopción, investigador y, sobre todo, con una intensa, aunque tardía trayectoria literaria) podía acometer un empeño narrativo como Jardín perdido , título de exquisita y plástica polisemia en la complementación del subtítulo. El triste destino de los Panero es el elemento que hace arriesgada y delicadísima tal pretensión literaria. A la experiencia matrimonial de Leopoldo Panero y Felicidad Blanc (truncada por una muerte que siempre se consideró repentina, pero que el autor presenta con sombrías premoniciones) se une la triste trayectoria de sus hijos y, especialmente, la «comercialización» biográfica de la familia. Independientemente de sus valores estéticos, la película El desencanto probablemente sobrepasó los límites del cinéma verité.

Aunque la obra es, en principio, una documentada biografía de la familia astorgana, Martínez Oria opta por una recreación estética, aunque sin renunciar a los datos objetivos. El coro de voces (distintas a lo largo de las páginas, y no siempre fáciles de identificar) permite perspectivas personales diversas. Progresivamente, el lector va conociendo el devenir de unas experiencias vitales casi siempre atribuladas. Leopoldo Panero, protagonista de alguna forma, es hombre que nunca renunciará a su doble pasión: la amistad y la poesía, sin prescindir fácilmente de su proclividad etílica. Esa entrega, humana y estética, condicionará la de Felicidad Blanc, profundamente enamorada de él. La poesía y la necesidad de buscar una forma de vida condicionan también su espacio vital. Castrillo de las Piedras, donde tienen la residencia de descanso, es la idílica patria sentimental, pero las actividades profesionales obligan al matrimonio a destinos como Madrid o Londres, ciudad esa última en la que Martínez Oria recrea una delicada relación sentimental entre Felicidad Blanc y Luis Cernuda. Difícilmente creíble, lo descrito, sin embargo, se transforma en motivo de excelentes pasajes literarios. Pero es además, el documento de la soledad de Felicidad Blanc, «Feli» para el escritor. Aunque siempre enamorada de Leopoldo Panero en estas páginas, acusa el estado de soledad y los excesos etílicos de Leopoldo Panero, protagonista de alguna escena dramática. Madrid será otro de los espacios esenciales, donde Leopoldo Panero cultiva con pasión la relación con sus amigos, un grupo de excelentes escritores, de entre los que sobresalen en su relación afectiva Luis Rosales y Dámaso Alonso. La exaltación de la amistad, la alegría provocada por el alcohol y cierta condición «liberal» en sus costumbres, explican algunas experiencias, no ejemplares precisamente, pero en las que la gracia de Dámaso Alonso se muestra de forma muy gráfica.

La condición de los hijos se hace presente en «Alba», la primera parte de la obra, y especialmente en «Ocaso», el apartado que la cierra. Es en estas páginas donde, muerta su madre, se confirma la dramática condición de los tres hijos. La escena de la muerte de Felidad Blanc y la recogida de sus cenizas son pasajes literaria y humanamente sobrecogedores. Es, de alguna manera, un largo y trágico epifonema de la vida de Los Panero. Con todo, independientemente de lo documental, estas páginas, como otros muchos pasajes de la obra, le sirven a Martínez Oria para mostrar una vez más su extraordinaria capacidad narrativa y su facilidad para recrear paisajes externos y, sobre todo, paisajes del alma. Todo ello sin olvidar el sabio manejo, utilización y glosa de cientos de versos de Leopoldo Panero. En esa maestría estilística está la clave de que la obra, de llamativa extensión, mantenga siempre vivo el interés de su lectura.

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