Un estudio del Hospital de León descubre la presencia oculta de micobacterias en los pulmones
Los investigadores han creado un sistema de PCR para detectar estas bacterias y sugieren que podrían tener un rol clave en el entrenamiento del sistema inmune

Octavio Miguel Rivero y Miriam Retuerto, investigadores del Complejo Asistencial Universitario de León.
Durante décadas, la ciencia ha considerado que los pulmones humanos eran órganos esencialmente estériles, pero un equipo de investigadores del Complejo Asistencial Universitario de León ha transformado esta visión al revelar un ecosistema microscópico mucho más complejo. Los hallazgos sugieren que las micobacterias no tuberculosas (MNT) no son invasores excepcionales, sino que forman parte de la microbiota pulmonar normal, ya que son inhaladas de forma frecuente, en la gran mayoría de los casos sin causar perjuicio alguno.
La causa de esta convivencia silenciosa proviene de la limitación de la tecnología de diagnóstico tradicional. Las micobacterias son organismos de crecimiento extremadamente lento y los métodos de cultivo convencionales suelen fallar porque otras bacterias de crecimiento rápido proliferan con mayor celeridad, sobrecreciendo en la placa de laboratorio antes de que las micobacterias puedan ser detectadas.
«Si bien la práctica clínica tradicional asume que la ausencia de crecimiento en un cultivo implica la ausencia de bacteria, el estudio buscaba demostrar que este criterio no siempre es concluyente. Es posible que la bacteria esté presente porque es un microorganismo ambiental, aunque no sea detectable mediante cultivo. A través del estudio, hemos demostrado que, en personas a las que simultáneamente hacíamos cultivos de esputo por otras patologías respiratorias ajenas a las micobacterias, hallábamos presencia de estas bacterias, a pesar de que el micobacteriólogo no las detectaba mediante los cultivos convencionales», explica Octavio Miguel Rivero, responsable de la Unidad de Apoyo a la Investigación del Complejo Asistencial Universitario de León y uno de los autores del estudio.

El equipo diseñó una PCR capaz de detectar cantidades ínfimas de material genético.
La clave de este fenómeno reside en el propio protocolo de laboratorio. El investigador detalla que el procesamiento de la muestra influye en el resultado final: «Empleamos muestras que se estaban utilizando simultáneamente para hacer cultivos, justamente para confirmar que aquellos que resultaban negativos aún contenían ADN de estas bacterias. Sorprendentemente, observamos que el ADN es más lábil en el procesamiento de las muestras que en las muestras sin procesar. Si no se procesan para eliminar el resto de las bacterias, los otros microorganismos de la microbiota pulmonar proliferan rápidamente en la placa, haciendo que las micobacterias, de crecimiento lento, no sean observables. Esos tratamientos para la detección de bacterias inesperadamente afectan al ADN de las micobacterias, y posiblemente sea una de las razones por las que se han obtenido menos positivos de los esperados», añade.
Ante este escenario de incertidumbre diagnóstica, el equipo diseñó una PCR capaz de detectar cantidades ínfimas de material genético (femtogramos), logrando una especificidad que evita confusiones con otros microorganismos taxonómicamente cercanos, un verdadero desafío debido a su complejidad genética. «Es muy difícil diseñar una PCR que detecte únicamente micobacterias. De tal manera que, si aparece una banda en la PCR, puedas decir con tranquilidad que esa banda solo procede de una micobacteria. Tras evaluar diferentes metodologías publicadas, se observó que la mayoría detectaban accidentalmente bacterias taxonómicamente próximas, como Corynebacterium o Nocardia. Ante esta limitación, dedicamos varios meses a la optimización de una PCR que garantizara una especificidad total para el grupo de micobacterias de crecimiento lento», detalla el investigador.
A pesar de la presencia constante de estos microorganismos en los pulmones, los investigadores insisten en que no existe motivo para la alarma social, ya que la enfermedad clínica es un evento extraordinariamente raro. «El problema surge cuando una persona es susceptible a estas micobacterias (un porcentaje muy pequeño), y puede desarrollar micobacteriosis. Hoy sabemos que hay bacterias en todo el árbol pulmonar. Están presentes, no suponen un riesgo e, incluso, pueden ser beneficiosas, ya que estimulan el sistema inmunológico. No obstante, existe la posibilidad de que una micobacteria ambiental esté presente en una persona susceptible. Es más habitual en personas mayores, especialmente mujeres, y son difíciles de eliminar porque es complicado encontrar antibióticos eficaces. La micobacteriosis pulmonar es indistinguible de la tuberculosis, ya que la radiología y los síntomas clínicos son idénticos. La única manera de distinguirlos es mediante el cultivo», expone Rivero.
Aunque el estudio concluye que la exposición a esta bacteria es común y que la enfermedad depende de la susceptibilidad inmunológica del paciente, los investigadores recalcan que la importancia de las micobacterias «va más allá de producir patologías pulmonares». «Se habla de que existen moléculas en estas bacterias que son muy parecidas a moléculas del ser humano. Cuando hay una infección por micobacterias y el sistema inmunológico produce anticuerpos frente a ellas, se generan anticuerpos que reaccionan contra una molécula similar a la humana, lo que puede desencadenar enfermedades autoinmunes», explica Octavio Rivero.
Miriam Retuerto, una de las autoras principales del proyecto, describe este fenómeno como un círculo vicioso. «Muchas enfermedades respiratorias pueden inducir fenómenos autoinmunes al generar anticuerpos que atacan al propio huésped. Al mismo tiempo, los pacientes que tienen enfermedades autoinmunes y presentan un desequilibrio inmunológico reciben tratamientos para controlarlo; al bajar sus defensas, pueden sufrir más infecciones», detalla la investigadora. Por ello, los científicos creen que estas bacterias pueden tener un efecto beneficioso para el sistema inmune. «Se ha visto que, en los países donde se administraba la vacuna frente a la tuberculosis (BCG) —hecha con una cepa atenuada— y que se ha dejado de aplicar debido a la disminución de la incidencia de esta enfermedad (como es el caso de España), han aumentado el número de micobacteriosis por MNT y otras patologías. Esta vacuna tenía efectos inespecíficos porque favorecía que el sistema inmunológico fuera capaz de afrontar otras infecciones», afirma el investigador.
En este contexto, cobra importancia la teoría higienista, que sugiere que la limpieza obsesiva podría estar afectando al sistema inmunitario. «Nos encontramos en ambientes tan asépticos que me parece una aberración. Las bacterias las necesitamos, forman parte de nuestra flora. Esa manía de llevar al extremo la higiene puede tener consecuencias como el aumento de alergias. Al sistema inmunológico no le estamos dando trabajo, por lo que reacciona contra nosotros mismos. Las micobacterias pueden ejercer ese papel de entrenamiento. Tenemos las dos caras: una negativa en ciertas personas susceptibles, pero una positiva porque el sistema inmunológico permanece entrenado», concluye Octavio Miguel Rivero.
Los próximos pasos de esta investigación se centran en el papel de las micobacterias en pacientes con tratamientos inmunosupresores, como los fármacos biológicos o los inhibidores de JAK, ya que el grupo sugiere que su uso combinado «podría estar alterando el equilibrio y permitir que las micobacterias ambientales latentes encuentren una oportunidad para multiplicarse». Mediante experimentos in vitro con células humanas, el equipo busca anticiparse a estos riesgos para determinar si estos tratamientos requieren medidas preventivas adicionales, asegurando así que los avances en el tratamiento de enfermedades autoinmunes no abran la puerta a infecciones oportunistas inesperadas.