Todas las guías
enóloga
Ya están aquí todas, ya las tenemos en nuestras librerías: las guías. A mi las que me interesan son las de vino y sus listados. Todos han hecho ya la lista de vinos mejores, peores y regulares. Con ellas, llega también el llanto y crujir de dientes... y también los saltos de alegría, que de todo hay.
Pero como por naturaleza, somos más bien quejosos, resulta que son los menos los que se muestran satisfechos. Ya se sabe, todo el mundo cree que hace un Vegasicilia y luego llegan las guías para bajarte los humos... y de paso los precios.
Yendo al grano, quizás el resumen de las guías de este año sean dos: escasas novedades que animen el desolador panorama de la crisis y la tendencia en puntuaciones se revela a la baja. Con lo primero quiero decir que hay pocas cosas que hayan sorprendido, pocos vinos destacables.
Por una vez y tras años de vinos extravagantes, ininteligibles y raros, los críticos se han serenado y vuelven a los clásicos y a vinos más accesibles. Digamos que han dejado el arte abstracto y se tornan hacia cosas más concretas para el público en general. Los vinos excesivos, porque son muy intensos, muy potentes o muy corpulentos han dejado de cautivar los paladares de los expertos y se vuelve a un clasicismo, a la moderación, la elegancia y la finura. Cosa por otro lado necesaria pues habíamos llegado a un punto de concentración tal en los caldos que los vinos a partir de 90 puntos se masticaban más que se bebían, nos teñían los dientes al primer sorbo y nos saturaban dominando cualquier plato que no fuera caza mayor. Y digo yo que este no es nuestro plato habitual, más bien el excepcional y así relegábamos estos vinos a lo extraordinario...
El otro punto reseñable es la tendencia a la baja en las puntuaciones. Aunque dar más de 90 puntos es gratis, los críticos no han querido dar demasiadas alegrías y la cosa se ha contenido entre los 85 y los 89. Tras la escalada de puntuaciones en ediciones anteriores, cuando un 93 era poco menos que nada, este año se han vuelto algo más tacaños y la cosa se ha moderado. Están empeñados en convencernos de que un 90 es un vino excelente. Y seguro que tienen razón. A partir de aquí la lucha por conseguir arrancar un par de puntillos se vuelve dura y encarnizada. Unos puntos más, explican, valoran algo intangible y no cuantificable tan fácilmente. Algo que hace que destaque sobre los demás y lo haga diferente. Algo así como un enamoramiento.
Lo que se mantiene al igual que en ediciones pasadas es una cierta falta de precisión. Todos los vinos huelen a lo mismo y saben a lo mismo: tópicos repetidos vino tras vino. También seguimos encontrando tecnicismos que despistan sobre todo cuando van acompañados de adjetivaciones exageradas, que difuminan más el producto. A veces parece que los autores quieran impresionarnos con su erudición más que acercarnos y darnos pautas.
De todos modos, no debemos quedarnos en lo superficial, en la simplificación. Eso son las puntuaciones. Los vinos representan algo más que puntos y el gusto subjetivo no se limita a una cifra. Así que mírenlas todas y luego hagan lo que mejor les parezca.