Diario de León

La nueva Mandrágora: Sabina, Krahe y Rodríguez Ibarra

Los 80 fueron años en los que, para juntar las 300 pesetas que costaba un concierto había que pone una vela a san Pop una semana

Pacho Rodríguez
León

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Permítanme decirles que este titular me retrotrajo a los tiempos heroicos de los años 80, cuando en León existía un lugar llamado La Mandrágora, que era como un útero musical de un edificio fantasma por el que desfilaron los nombres de la escena de aquellos años: Siniestro Total, Alaska y Los Pegamoides, Alphaville, Gabinete Caligari, Nacha Pop, Loquillo y Los Trogloditas-¦ En unos puntos suspensivos que eran todos los que tenían algo que cantar.

Sirva esta introducción inútil para recordar años de otra crisis, ahora que resulta que la inteligencia global nos llama manirrotos. Eran años en los que para juntar las trescientas pesetas que costaba un concierto (serían algo así como 1,80 euros) había que poner una vela a san Pop durante toda la semana. Este país siempre ha tenido, en términos generales y sociales, bien apretado el cinturón. Con pesetas o con euros. Casi siempre-¦ sin pesetas y sin euros.

Pero por aquellos entonces había un respeto a la creación que se traducía y expresaba en forma de veneración a los artistas que llegaban con sus canciones y guitarras recién afinadas y, en la mayoría de los casos, compradas anteayer. Todo estaba por hacer, siempre se ha dicho. Los músicos tenían que aprender a tocar cuando el talento de las canciones les adelantaban por la izquierda. Había que renunciar a reminiscencias setenteras, que eran las de los que sabían tocar, y ocurría que la emergencia estética se imponía como necesidad ante los ilusorios aires de libertad que se respiraban a la vuelta de cualquier esquina.

Unos y otros

Cuando ahora se escucha el punteo de Chica de Ayer , que es un año anterior a la década de los 80, el tiempo ha corrido a su favor y lo mantiene en lo alto, como referencia del guitar hero que fue Antonio Vega. Si se revisan las canciones que vendían Golpes Bajos, «era bello aquel momento y el rodar era cariño», cantaban con la desaprovechada voz de Germán Coppini (se ve que nos sobran), el tiempo, que hace mucho que ha demostrado ser más sabio que los expertos, también mima aquel intento de poner un poco de musicalidad a las tendencias ruidistas.

Incluso, si se toma como experimento Vives en la casa del misterio , de los impetuosos Los Ilegales, también se recogen buenos frutos de los sembrado hace tanto que son ya más de treinta años de pop en español. Y hasta unos de los nuestros, Los Cardiacos o, bastante después, Los Flechazos, han dejado joyas pop que formarían un rosario acogedor de canciones banda sonora de la España reciente.

Pero lo importante, en definitiva, es que este bosque de pasión dejaba ver los árboles individuales que lo conformaban. Nunca se vio a nadie quejarse de que los autores cobraran por su trabajo. Es más, era una asignatura pendiente, dignificar la labor de los artistas, cuando en otros países recibían medallas de reconocimiento al más alto nivel. Luego llegó el desmadre, por causa de otros que no vienen al caso, y se cuestionó todo. Y en una elipsis en el tiempo nos plantamos en este 2010 en el que todo está patas arriba y los músicos de nivel, con categoría profesional, de los que menos de un treinta por ciento vive de la música, andan desconcertados porque se reclama su gratis total mientras deambulan por las ciudades pisando sus discos por encima de los top manta.

Manquiña: «Lo importante es el conceto». Decía en Airbag su histórico personaje. Por cierto, pasemos temporalmente a otro tema. ¿Qué pasa con el cine de Juanma Bajo Ulloa, de Fernando León, de Achero Mañas? ¿De Colomo? Espero que hagan buenos anuncios-¦

En el fondo, el partido que se juega aquí es la incapacidad de poner en valor no ya a la cultura sino del trabajo de los que hacen la cultura. Sea música, cine, literatura, teatro, pintura-¦ Y de eso, por cierto, en León sabemos latín. Puede que si el artista dijera: «Hago esto, pero, no porque me gusta, sino porque se me da bien», igual hasta en una lógica estúpida se valoraría más su trabajo.

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