Diario de León

Una celebración ancestral, un origen desconocido

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El valor de lo primitivo, el culto a los animales y la caza y la fertilidad de la tierra y de la mujer pueden ser las bases del antruejo de Velilla de la Reina, que poco tiene que ver con el moderno carnaval. Ritos mágicos de antiguas culturas, en los que la agricultura y sus productos son el eje central, fueron rechazados duramente con la cristianización, pero a pesar de las represiones, algunos, como los que se celebran en este pequeño pueblo leonés, a medio camino entre el Páramo y la Ribera del Órbigo, pudieron persistir. Al ser rechazados como cultos paganos, los rituales de fertilidad tuvieron que adaptarse para poder sobrevivir y llegar a nuestros días.

Se desconoce exactamente el origen del antruejo velillense, y como ritos para la fertilidad de la tierra y la mujer destacan la conducción del arado y la siembra de la cernada, para trabajar los campos. Después, son las mozas casaderas el objetivo de los guirrios y los toros -”que antiguamente llevaban los quintos, los jóvenes que se iban a la mili-”. Hacerlas saltar por encima del bravo toro no tiene otro significado más que intentar ver lo que esconden.

Los mismos toros y algunos de los disfraces que están compuestos por restos de huesos demuestran también el culto a los animales y su importancia en la vida de los lugareños. Las pieles y las tripas sirven también para componer trajes que asimismo forman parte de los rituales del antruejo.

El fuego es otro de los símbolos de las antiguas culturas. En la noche previa al domingo de antruejo, el sábado de la cachiporra, los jóvenes solían preparar una hoguera. Ahora, la despedida del antruejo y la bienvenida al moderno carnaval que se realiza en otros lugares se hace con un toro de fuego que recorre y asusta a los que aguantan hasta última hora en la plaza de la Veiga, tras el reparto a todo el mundo de los dulces típicos de carnaval y el escabeche.

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