Diario de León
Publicado por
Ruth de andrés
León

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enóloga

A veces creo que de la misma manera que existe un diccionario español de dudas, sobre el uso c orrecto de nuestra lengua, deberíamos promover algo parecido circunscrito al mundo del vino. Pienso esto mientras que escucho a un pseudoexperto indignado porque la bodega no especifica en su etiqueta el tiempo de crianza en botella.

No puedo creer que lo diga en serio pero la verdad, no sé si se trata de un error por buscar un lenguaje rebuscado o si es una repetición de cosas que se oyen aquí y allí.

El tinto, cuando no es joven, se envejece o se cría (de ahí la palabra crianza) en barrica un tiempo determinado. Así conseguimos que el vino madure, se oxigene lenta y regularmente, gracias a la porosidad de la madera, y adquiera aromas característicos del roble.

Este proceso puede durar 3, 6, 9, 15 meses o los que el enólogo crea conveniente. Finalizado este paso, el vino se embotella y allí, en una atmosfera reductora, sin oxígeno, se matizan los distintos aromas, se suavizan los taninos y se redondea el vino. Así pues el paso por botella es imprescindible para afinar el vino y terminarlo.

Pero lógicamente este proceso del todo natural no se detiene en ningún momento. Prosigue hasta el instante en que abrimos la botella para beberla. Por tanto, al contrario que la crianza en barrica, la crianza en botella no tiene un tiempo predeterminado por el elaborador sino que es decisión del consumidor. El elaborador sólo marca el periodo mínimo: desde el embotellado hasta su expedición.

Hasta el momento en que un comprador decide abrir una botella, el vino sigue madurando. Y pueden pasar días, semanas o años.

Por eso lo verdaderamente útil es conocer la fecha de embotellado. Aunque a decir verdad se puede adivinar mediante la añada y el tiempo en barrica. Pero lo que no tiene sentido es que el elaborador indique el tiempo en botella. Es de las pocas cosas que decidimos los consumidores.

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