Diario de León
Publicado por
Ruth de andrés
León

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enóloga

Este año flota en el ambiente, la impresión viva que tras este crudo invierno y no menos cruda primavera nos merecíamos por fin un buen verano. Tanto nos los merecíamos, que nuestro añorado julio nos está regalando calores rigurosos.

Y ya se sabe que los días calurosos dan paso a las gargantas secas. Para solucionarlo, nada hay que me apetezca más que un buen cava. Y lo siento por los que sólo beben cava en Navidad porque no saben lo que se pierden. Pero más lo siento por los que sólo beben cerveza en verano. Más refrescante que la cerveza e infinitamente menos pesado, el cava parece hecho a propósito para estos días y sus largas tardes.

El cava no deja de ser un vino al que provocamos una segunda fermentación en botella para conseguir esas peculiares burbujas que tanta gracias nos hacen. El cava no es una bebida gasificada, aunque refresque. El gas carbónico que encontramos no está adicionado sino que se crea en el propio vino de una manera completamente natural.

Lo más sorprendente del cava es su capacidad para integrar la burbuja y hacer que esta sea fina y suave, sin llegar a molestar. No hay sensación violenta, sino unas simples cosquillas en el paladar. Aquí está la gracia del cava.

Como en todo hay cavas buenos y malos. Los malos suelen ser muy malos, y los buenos insuperables. Así que comprar bien es la clave. A veces las marcas más conocidas, no son necesariamente las mejores. Pero suelen mantener un nivel mínimo de calidad. Por encima de estas, encontramos bodegas de tamaño medio, con productos muy bien hechos y que valen la pena. Por debajo de las grandes empresas del cava, subsisten cavas baratillos a los que es mejor que ni se acerquen.

Francamente, un cava por debajo de 3 ¤ es difícil que sea bueno. Sencillamente porque la suma del coste de las botellas, los corchos y las cápsulas especiales que visten la botella de cava dejan un margen ridículo para lo que ponemos dentro; en estos casos es habitual que la correa cueste más que el perro, es decir, que el vino sea más barato que la propia botella y todo su vestido.

El cava es perfecto para los aperitivos y las tapas, a las que somos tan aficionados en verano. También es perfecto para platos de pescado, como seguramente han oído tantas y tantas veces. Pero a mi me gusta especialmente con el arroz. Un arroz bien elaborado con ese punto de dureza que debe quedarle al grano, nos deja una sensación crujiente en la boca que va de maravilla con el propio crujiente del cava.

Para mi, esta es la fórmula del verano.

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