Diario de León

Suiza, un país de postal

La expedición se asienta en Innsbruck para visitar el Tirol y la Babiera alemana

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J. a. González (johnny)
León

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El puente sobre el riachuelo no parece un instrumento para cruzar, sino una pasarela para armonizar las dos vertientes en un punto donde los lagos se adelgazan y se juntan. Las casas más cercanas son de planta baja y profusión de madera. Nos dirigimos al hotel Waldhaus. En una pequeña curva, a la izquierda, en la pradera, han plantado un jardín de escasos dos metros cuadrados, con flores amarillas y rojas. Es como si el césped hiciera de alcorque a las flores. ¡Qué cuidado del paisaje! Al final de la carretera, en un ribazo imponente sobre el lago, entre abetos centenarios, está el hotel con forma de torreón escocés. El desnivel y las escaleras son tantas que parece imposible el acceso para una silla de ruedas. Fue construido después de morir Nietzsche, aunque muchos de sus huéspedes llegaron tras sus huellas.

Tomas Mann vino a este hotel a visitar a su amigo Herman Hesse que se hospedaba aquí y escribió: «Lo digo y lo repito: esta alta Engadina es el más hermoso retiro del mundo. No hablo a la ligera de la felicidad, pero creo que salvo contados momentos, soy feliz aquí».

En los lagos Segl y Silvaplana se practican deportes y se pesca. Hoy en la pradería hay hípica.

Al día siguiente por la mañana salimos hacia el norte por la carretera 27 que discurre a lo largo del río Inn y del ferrocarril. Dejamos el parque nacional Suizo a la derecha y tomamos la carretera 28 para llegar a Davos y dirigirnos más hacia el norte, a enlazar con la nacional 13 y desembocar en las llanuras de Leichtenstein. En todo este trayecto los grandes bosques se suceden unos a otros. A lo largo del Rhin y bordeando el lago Constanza llegamos a Saint Gallen por la autovía 1.

Es la Suiza de postal, porque todo el país es de postal. Los pequeños lagos, los grandes bosques, las cumbres nevadas incluso en verano, los trenes de cremallera y los remontes con excursionistas de calcetines de lana; el suntuoso color verde de las praderías, el olor de madera de las serrerías en las riberas del naciente Rihn y, en definitiva, el país de los amaneceres desde las cumbres cuando el sol aparece asomándose tras los tres picos de una cadena montañosa con el fulgor de un tesoro escondido. Aunque Mark Twain, que anduvo por aquí, cuenta que no pudo ver la salida del sol ya que para él, las excursiones a pie eran el mejor opiáceo, por lo que era incapaz de despertar antes del mediodía. ¡De mí qué os voy a contar!

El Coro Griego protesta por la música. ¡Demasiado blues! Las amenazo con comprarme un MP3, se ríen y ponen Ghost of Tom Joad, de Springsteen; para armonizar aquellos tiempos de la Gran Depresión con estos años de crisis; para escuchar blues sin salir del blues; blues un poco más elaborado

Saint Gallen es una ciudad grande que acoge la mayoría de la industria de la zona y durante siglos ha sido también centro intelectual de referencia. Fue fundado en torno a una abadía del siglo XIII, origen de una industria textil de calidad. La abadía cerró y en su lugar existe un colegio, cuyo patio veo desde el claustro cubierto que voy recorriendo en la silla de ruedas en manos de una experta, que me transporta a ver la Biblioteca. Esto es, cuando manifestamos el interés en entrar, una trabajadora de la casa se hace cargo de mi acceso. Es una señora delgada y tiesa, de mediana edad, con la que subo en ascensor a la planta alta y después de abordar un corto pasillo, se cambia los zapatos por una especie de pantuflas de suelo de bayeta; una puerta corredera se abre a ambos lados y ¡voilá! La Biblioteca. Hemos entrado por una antigua chimenea francesa de mármol y piedra y, al fondo veo al Coro Griego deslizándose con grandes zapatillas de fieltro para no dañar la madera de pino del suelo, con grandes dibujos calados. Esta Biblioteca barroca, con su increíble vestíbulo, es una suerte de monumento nacional suizo. Posee manuscritos del siglo VIII y unos dos mil incunables. La sala tiene una ornamentación áurea notable, con sinuosas galerías y frescos y sobre la mesa, entre otros libros, un mapa de España del siglo XIV. Su mobiliario en nogal y cerezo es espléndido; parece como si nos moviéramos dentro de una cesta dorada.

La Catedral está al lado de la Biblioteca; es también barroca y es un proyecto del mismo arquitecto. La Catedral tiene una nave inmensa y una girola de igual tamaño, con unas columnas casi traslúcidas cuando les da la luz de las ventanas. Las columnas de la nave son gráciles, pareadas, blancas y con el capitel adornado con motivos en dorados metales. En el interior, el sol entra a raudales por los altos ventanales y se refleja en las paredes estucadas en color marfil y rosa. El efecto es deslumbrante. Completa la decoración un impresionante fresco en el techo. El retablo del frontal es dorado y en el otro extremo, un coro y un gran órgano bellamente decorado, completan la típica Iglesia tirolesa. El efecto es que nos movemos en el interior de una cesta de luz.

La Catedral y la Biblioteca constituyen el centro antiguo de la ciudad y armonizan perfectamente con el entorno moderno y comercial de casas enmaderadas, algunas pintadas de azul.

A mediodía, siguiendo la vía y a un tren de juguete, nos dirigimos a Appenzell; pasamos por Herisau, pero no paramos porque este pueblo en mi mente envía las señales negativas de un asilo-manicomio donde murió otro vagabundo creativo, Robert Walser. Aunque en los más de veinte años que aquí residió no escribió nada, pues como él dijo: «He venido a morir, no a escribir». Era un paseante inveterado que solo o acompañado de su protector y tutor Carl Seeling recorrió Saint Gallen y todos los pueblos de los alrededores: Gais, Teifen, Appenzell-¦ En cualquiera de estas estrechas y bellas carreteras, al dar cualquier curva, parece que veremos la espalda de esta noble pareja caminando ante nosotros. Siempre fue un paseante solitario: en su juventud, con indumentaria un tanto estrafalaria por Berlín, Munich, Würzburg, Biel, Berna-¦reconcentrado en sí mismo y en el paisaje, y en una segunda etapa, tras su vuelta a Suiza, con traje oscuro de burgués, recorriendo los parajes y cambiando de pensión casi mensualmente.

A medida que pasaba el tiempo y su paranoia avanzaba, se fue contrayendo sobre sí mismo como empequeñeciéndose. En Escrito a Lápiz dice: «Generalmente, antes de ponerme a escribir, me enfundo primero una bata de prosas breves». También las pequeñas cosas se convirtieron en motivo de inspiración: «Las cosas cotidianas son lo bastante bellas y ricas, como para poder sacar de ellas chispazos poéticos» o «La belleza de la vida cotidiana se revela del modo más delicado en la pobreza y en la sencillez». Su escritura se hizo diminuta; escribía a lápiz y en pliegos de alta calidad perfectamente divididos en pequeñas tarjetas y rellenos de una letra minúscula.

Por su prosa leve, como la caída de la nieve, sabemos de su escasa afición a Herman Hesse, aquél ídolo de nuestra juventud y por el contrario, su lectura gozosa del otro autor suizo Golfrieg Keller. Para expresar una idea, nunca la enfoca de forma directa; se pierde primero en cuestiones circunstanciales, abordando ángulos o esquinas periféricas y, a veces, se permite alguna ironía: «Si puedes, dueña de mi corazón, disculparme por haber comido anoche ciervo a la pimienta como si no me preocupase ya por ti-¦».

La muerte lo cogió paseando. Era el día de Navidad de 1956 y ese sol invernal sobre la nieve y en el rostro le impulsó a caminar después del almuerzo. Lo encontraron unas cuantas horas después muerto sobre la nieve.

Una cadena de colinas separa Saint Gallen del pueblo de Appenzell, capital del cantón del mismo nombre. Está situado en una planicie amplia rodeado en la lejanía de montañas y colinas y un río que desciende de ellas divide al pueblo. A un lado hay una fábrica de cerveza local y al otro, en un caz escavado en la vera del río para desviar el caudal cuando sea necesario, se levanta un molino de rueda vertical. Una de las calles principales comienza aquí, en el puente que une las dos orillas. Las casas, bien conservadas y pintadas de vivos colores, muestran en la planta baja pastelerías con bollos de miel, los exquisitos bordados de la zona (fabricados en Taiwán), artesanía local en madera y piel y los grandes esquilones de bronce de las cabras-¦ En la plaza está el viejo tilo, bajo el que se hacían las votaciones al aire libre, en las que, como se sabe, estaban excluidas las mujeres hasta la década de los noventa. En los alrededores vacas de pelo cárdeno y rebaños de cabras blancas mastican indolentes en praderas exuberantes al lado de las casas de madera, llenas de ventanas y de balcones arrasados de flores.

Es algo más de media tarde y atravesamos la llanura, para cruzar el Rinh, que acaba de nacer y por el puerto de San Antón, entrar en el Tirol austriaco y llegar a Innsbruck, donde haremos noche. El puerto se cruza ahora por un largo túnel que acaban de abrir al tráfico y que creo que es el único peaje de toda Austria y Alemania.

Innsbruck, dicen algunas guías, que es una de las ciudades más bonitas de Austria. Evidentemente se están refiriendo a una ciudad distinta a la que yo conozco. Nosotros siempre la hemos utilizado como campamento base para recorrer el Tirol y el sur de la Babiera alemana, por sus precios asequibles en la época de verano, ya que en esta ciudad, una casa es una casa y la siguiente es un hotel, una posada, una hostería; incluso es posible que en la casa vivienda se alquile alguna habitación; y además, en casi todas hablan castellano. A la entrada, por la A12 hay una oficina donde puedes reservar hotel o pensión y donde te hablarán en español. Ahora bien, aunque la temporada alta es el invierno, si llegas un fin de semana, mejor reservar con anticipación; estos últimos años, la gente está lanzada a las montañas.

Innsbruck, ubicada en los Alpes orientales, es cruce de caminos en la edad media y cercana a las minas de sal de Hall in Tirol y de las de plata y cobre. Capital del imperio de Maximiliano I, luego fue heredado por Carlos I de España. Hoy está rodeada de estaciones de esquí y remontes que en invierno y verano te suben a las montañas más altas. El centro antiguo, muy concentrado, está rodeado por la Herzog-Otto strasse y el caudaloso Inn, y por las calles Markgraben, Burggraben y Bennweg. En esta zona se encuentran casas medievales en piedra con contraventanas exteriores pintadas de rojo, varias casas barrocas restauradas, algunas con restaurantes en la primera planta y la torre de la ciudad (Stadtturu) del siglo XV; el tejadillo de oro, palco real construido por Maximiliano I es una casa renacentista modificada. La casa Helling de fachada azul y el palacio rococó de Maximiliano I completan el cogollo de la ciudad antigua. En una calle lateral, la Iglesia imperial construida como mausoleo del inevitable Maximiliano I, es interesante sobretodo la tumba de mármol negro, con estatuas en tamaño natural de los antecesores de Maximiliano I, que se remontan al Rey Arturo de Inglaterra. En frente de la entrada, en lo alto de la escalera, la capilla de plata. Todas estas calles están llenas de gente hasta no más tarde de las once de la noche, que pasea en torno a las cervecerías, restaurantes, tiendas y terrazas; también de una orquestina situada en un cruce de calles.

Nos retiramos en horario austriaco, a una linda pensión al otro lado del río; la habitación está forrada de madera, muy apropiada para el invierno y con las consabidas litografías de Klimt y de casas tirolesas con sus clásicos balcones de madera oscura, perfectamente trabajada. La televisión está largando una película de Steven Seagal en alemán, que metida entre pecho y espalda, es un somnífero de lo más potente.

Por la mañana la tv va pasando imágenes de las distintas regiones de Austria, recogidas por cámaras fijas, que informa en tiempo real de la climatología del país. Nosotros vamos hacia el buen tiempo. Salimos por la carretera 171 que discurre paralela a la autovía y al río Inn para detenernos inmediatamente en Hall in Tirol. Es una vieja ciudad fundada por mineros de la sal, cuya parte vieja, fácil de recorrer, presenta ejemplos interesantes de arquitectura local, como el Rathaus, con unos mosaicos muy bien trabajados y la Torre de la antigua casa de la moneda. Unos kilómetros más adelante, la ciudad de Watten, sede del imperio de cristal de Swarovski. En la cristal-shop, todo el cristal hecho arte, fuentes espectaculares, diseños de pintores y escultores (Dalí), el soplado del vidrio, la talla de piedras preciosas-¦ Por la misma carretera llegamos a Schwaz, importante centro minero de plata y cobre en el siglo XIV, con excavaciones por debajo de los Alpes Tuxer. Las casas construidas en aquella época de prosperidad se mantienen y es imponente la iglesia gótica cuyo techo está cubierto de tablillas de cobre. El presbiterio está dividido por una pared de madera; la parte norte para los mineros, la parte sur para las clases aristocráticas.

Seguimos por la N171 y antes de tomar la N181 para entrar en Alemania, salimos a un área de servicio de la autovía 12 a comprar alguna fruta y dar aire a las ruedas de la silla. Entrar a los aseos cuesta 0,5 euros y los habilitados para minusválidos son, según me dicen, de diseño japonés; los veremos también en Alemania. Además de las barras laterales del sanitario, llevan una escala vertical con peldaños del tamaño de la mano y que se pueden agarrar a diferentes alturas según las necesidades. Al pulsar un botón eléctrico adosado al sanitario, un chorro de agua templada te va directamente al ano o al fifiriqui, que luego secarás con unas toallitas de papel especial. ¡A joderse con la técnica japonesa!

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