«NO ME CONSULTÓ PARA ENCERRARSE, ESO NO SE HABLA»
Marta Álvarez fue la última en saber que su marido se quedaba encerrado en el pozo Casares el 6 de septiembre. «A mí no me consultó. Esas cosas no se hablan; llegan y pasan», afirma. Si se lo hubiera preguntado «me habría aguantado las ganas de decir que no». Hacía tiempo que no pasaba, pero están acostumbrados a la lucha por la mina. Ella, de Sosas de Laciana, y él, Pedro Leite, angoleño residente en Viloria, al lado de Castropodame, se conocieron camino de Madrid, en 1994, para participar en una manifestación por el futuro del sector.
«Seguimos en las mismas». Ahora viven en Bembibre y tienen dos hijos de 13 y 10 años de edad. También ellos hablan con su padre por el telefonillo, un artilugio que no ha sido superado aún por la telefonía móvil para hablar con las profundidades de la mina.
A Marta, el carbón le arrebató a su padre cuando apenas contaba nueve meses. Le van a decir a ella lo que es la mina. Como a su madre, que también calla. «¿Qué me va a decir? Sabe que no hay consuelo».
Durante los primeros cinco días del encierro «me quedé vacía». «Me quedo encerrado. Te llevan las llaves y el teléfono», la voz de su marido la estremeció al otro lado del auricular. Durante los primeros cinco días «me quedé vacía».
Ahora lo lleva «a ratos bien, a ratos mal te desesperas, pero no quiero que los niños se den cuenta. A él le anima oirme a mí y a mí a él. Oirle es lo que más me fortalece». Cada día se acerca al pozo una o dos veces. Va con la muda preparada.
Marta pide comprensión con los mineros. «Llevamos un año así. La gente se enfada porque la minería está subvencionada, pero ¿qué sector no recibe ayudas en estos tiempos?», reflexiona. Sabe de que habla. Y afirma, como lo dicen los expertos, que hay carbón para 130 años. «Cuando el gas y el petróleo se acaben seguirá habiendo carbón».
Para su marido tiene un mensaje: «...Y yo también».