Diario de León

Las plumas regresan al Molino

El mítico y centenario cabaret barcelonés reabre las puertas tras 13 años actualizando espectáculos Las aspas del Molino giran de nuevo. Uno de los iconos de la Barcelona desvergonzada de la época franquista regresa para el público con la mirad

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cristian reino
León

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El Molino se ha reinventado para tratar de dar esplendor al Paralelo barcelonés, otrora principal epicentro de ocio de la ciudad (el Broadway catalán) y para cerrar por fin el triángulo de las Bermudas que formaba con el Bagdad y el antiguo Teatro Español, recientemente reinaugurado como Arteria Paralel.

De la mano de la empresaria Elvira Vázquez, que ha invertido 15 millones en el proyecto, en el Molino hay más o menos lo de toda la vida: plumas, travestis, strippers, flamenco, bellas bailarinas ligeras de ropa, pero sin enseñar demasiado (cualquier gogó de discoteca va hoy en día más destapada) y también chistes picantes y humor de referencia política. En definitiva, «alegría de vivir», como dice una voz en off de Concha Velasco en uno de los números. A la altura de un local por el que han pasado, entre otros, Dalí, Fellini o Rainiero de Mónaco, antes de contraer matrimonio con Grace Kelly.

Pero todo está muy actualizado y presentado de forma multimedia. La sociedad ha cambiado y hay viejos chistes que hoy resultan como una ofensa para la mujer o simplemente ya no hacen reír porque muchos tabúes, sobre todo sexuales, han caído. Según sus responsables, la programación estable de El Molino será «una apuesta por el eclecticismo artístico y la mezcla de géneros escénicos».

«Queremos reencontrar ese espacio de picaresca creativa que El Molino fue en el pasado, respetando su patrimonio lúdico y realzando los valores emocionales que conserva», señalan.

Entre las nuevas estrellas que se han sumado al universo Molino está la Terremoto de Alcorcón, la antivedette del pequeño teatro: «Mi ilusión de pequeña era actuar en el Molino, ser una molinera, pero cuando ya estaba preparada, van y lo cierran», apunta.

Como protagonista del escenario, la madrileña será la fiel sucesora de artistas que crecieron y se consolidaron en las tablas del Molino como la Bella Dorita, Johnson, Mary Mistral («un orgasmo escénico», según la definió el crítico Lluís Permanyer), Escamillo, Carmen Amaya, Yolanda Ramos, Amparo Moreno, Merche Guevara o La Maña («el último terremoto que retumbó en los muros frágiles de El Molino», en palabras de Permanyer).

Cuando España era un país de charanga y pandereta y cuando el negro se imponía sobre los demás colores, en el viejo local ya se hablaba de libertad sexual (a principios del siglo XX) y se programaban shows en los que se permitía el desnudo integral.

Distinto pero igual

Los que conocieron el viejo Molino coinciden en que el actual es distinto (sólo se ha mantenido la fachada), si bien su alma permanece en el ambiente. Ricard Pasanell, pintor del local en 1986, cree que ahora hay más variedad artística. «Me gusta más que el de antes», afirma.

Pastora Reyes, una de las estrellas del Molino en los años sesenta, lo ve muy diferente. «Pero algo queda de aquel», dice, «quizá algún duendecillo o su espíritu», remata. Reyes actuó durante 22 años en el mítico cabaret del Paralelo y no puede disimular la alegría que le produce que su antigua casa vuelva a estar en el candelero. «Es muy emocionante que se reabra», asegura con una sonrisa casi adolescente.

Rafael Amargo, bailaor, no conoció el antiguo teatro, si bien cree que es una «fantástica noticia su reapertura». «El show es tirando a burlesque y revista y ahora es más reivindicativo, aunque luego será más colorista», afirma.

Eugenia Sánchez y Marta Alert forman parte del nuevo elenco de artistas que integran la nómina del Molino. «Es un subidón actuar en este escenario», dice Sánchez. «Es un orgullo», apostilla su compañera. «Se dice que antes entre el público estaba lleno de cazatalentos, pero eso ya no se lleva, ahora están los castings», remata Alert.

Merche Mar, 18 años siendo la primera espada del local, mantiene que «hacía falta una renovación, porque no puedes quedarte anclado en el pasado». Eso sí, asegura que uno de los rasgos característicos del Molino se mantiene: la cercanía y la interactividad con el público. «El secreto de su éxito popular residía en la proximidad entre artistas y espectadores, en aquellas medidas áureas ideales para que el público y el escenario convergieran en una sola cosa», escribe Permanyer en su libro sobre los cien años del establecimiento.

Nuevos hábitos

Entre moderno y kitsch , el viejo music hall , lleno de plumas y luces ochenteras, sigue acogiendo público de alto copete: pajaritas, vestidos de noche y los primeros abrigos de pieles de la temporada para las mujeres.

«Las plumas están de moda», afirma María Araujo, diseñadora del vestuario de los espectáculos, que para el acto inaugural de El Molino ha hecho una relectura del tradicional vestuario del género de revista y cabaret presentándolo de manera original y diferente. Para que el espectador crea que el tiempo no ha pasado y se encuentra sentado en las viejas butacas de terciopelo rojo. Eso sí, en seguida se dará cuenta de que las formas han cambiado: al camarero ya no se le llama con un despectivo ¡schssssss!, ni con un chasquido de dedo, ni siquiera levantando el dedo índice.

Ahora se pide la consumición con una «mariconada de cartel», según Merche Mar, la única de la vieja guardia que permanece en el actual proyecto. Ella es la encargada de fijar las reglas de comportamiento en el establecimiento, por si alguno se cree que ha entrado en el gran teatro del Liceo.

Y es que se dice que durante buen aparte de la primera mitad de siglo XX, los varones de la burguesía y la aristocracia catalana llevaban una doble vida.

Al Liceo o al Paralelo

Cuando salían con su mujer, acudían al Liceo, a la ópera, a dejarse ver por las familias de la alta sociedad. En cambio, cuando se escapaban con la querida, iban al Paralelo, y más en concreto al Molino, a divertirse y soltarse el pelo.

Eran las dos Barcelonas, muy próximas, pero a la vez muy alejadas entre sí. «Estamos ante un local diferente, donde lo más importante son los aplausos. Se puede gritar, reír y aplaudir en cualquier momento; lo más importante es que salga del corazón», marca como regla de oro la entrañable Mar.

Hasta diciembre, la dirección ha programado un espectáculo llamado Made in Paralel , dirigido por Josep Maria Portavella, que pude verse en doble sesión diaria entre el miércoles y el domingo.

Para asistir hay que rascarse el bolsillo: 38 euros con consumición o 78 si queremos presenciar el show sentados en una mesa disfrutando de una buena cena. En este caso sólo hay un riesgo, la Terremoto nos puede poner en un aprieto y sacarnos los colores.

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