El niño de la Enciclopedia Álvarez

El dueño de la colección Templum Libri que muestra el castillo de Ponferrada creció leyendo novelas de caballeros en la vieja escuela de San Juan de la Mata Hijo de un minero de la cuenca de Fabero, Antonio Ovalle ha logrado adquirir en 20 año

Antonio Ovalle, en una de las terrazas con vistas al patio de la fortaleza templaria de Ponferrada,

Ponferrada

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Los niños grandes leían El Quijote en la escuela. Los pequeños, El Señor de Bembibre . Y todos estudiaban con los cinco volúmenes de la mítica Enciclopedia Álvarez. Un día de primavera de 1959, o quizá de 1960, el no menos legendario fotógrafo cacabelense Isidro Canóniga, que recorría el Bierzo retratando a los escolares en las aulas para ganarse unos duros, llegó con su cámara a San Juan de la Mata y alborotó a todo el pueblo. Antonio Ovalle, -"el hombre que este verano cedía al Ayuntamiento de Ponferrada su lujosa colección de trescientos códices facsimilados, obra gráfica y libros de autor para exhibirlos en la exposición Templum Libri del castillo-" acababa de cumplir seis años, o quizá siete, y como todos sus compañeros de pupitre, se sentó ante la cámara, abrió la enciclopedia y sonrió. La semilla de su fascinación por los libros quedaba retratada por primera vez en una fotografía.

Ovalle nació en junio de 1953, en San Juan de la Mata. Su padre Francisco Ovalle, fallecido hace seis años, fue minero en la cuenca de Fabero. Su madre, Ermitas García, ya ha cumplido los 87 años y no ha querido dejar la casa familiar. Antonio, que viaja con frecuencia desde Madrid para verla, fue el menor de los cinco hijos del matrimonio. Dos de sus hermanos mayores, María Ermitas y Francisco ya han fallecido. Jesús y Lina completan la familia. Los cinco aparecen retratados en más de una fotografía por Canóniga, que también solía acudir a las fiestas de San Juan para tomar imágenes de los vecinos. En esas fotos en blanco y negro, al pequeño Antonio, aparentemente el más jovial y soñador de los cinco, siempre le dejaban el lugar del centro.

Con diez años se fue a estudiar con los Salesianos a Allariz (Orense) y a Cambados (Pontevedra). Y con los religiosos estuvo 13 años, se convirtió en seminarista y profesor y se hizo amigo de su paisano Vicente Fernández, Tito , el historiador que ha servido de intermediario con el Ayuntamiento de Ponferrada y que se ha encargado de coordinar Templum Libri y de escribir los textos de los paneles. Ovalle, que estaba entre los más altos de la clase, y Fernández jugaban entonces en el equipo de baloncesto. Su amistad se ha mantenido durante todos estos años. «Don Antonio Ovalle es un coleccionista atípico. El pudor y la amistad que me une a su persona sólo me permiten decir que es sencillo, humilde, que posee una gran formación humanista, que se muestra especialmente interesado por la filosofía, el pensamiento, la música y sobre todo por la belleza que encierran los libros», escribía el pasado mes de septiembre el historiador en la revista oficial de las Fiestas de La Encina.

Ovalle estudió Derecho en la Universidad de Valladolid, Música en el Conservatorio pucelano, y Filosofía en la Universidad Complutense de Madrid después de haber ejercido como maestro con los salesianos en Orense durante tres años. La docencia no era nueva en su familia. Con apenas 15 años, su hermana Lina había dado clase en Campelo, y Antonio recuerda que su hermano Jesús fue «su primer maestro» en San Juan de la Mata, porque tuvo que aplacar durante dos horas a los niños de la escuela el primer día que él acudió al colegio. Don Vicente, el maestro titular, llegó aquel día muy tarde con su Vespino desde Ponferrada.

Pero con 23 años, a la edad en la que un universitario termina hoy su carrera, Ovalle decidió que debía dejar la docencia para volver a ser estudiante. Y es en Valladolid, en el claustro del Palacio de Santa Cruz, donde un veinteañero Ovalle descubre el Beato de Valcabado , un texto mozárabe del año 970 que ha querido la casualidad que estos días se esté exhibiendo temporalmente en otra exposición en el castillo de Ponferrada. El códice se conserva habitualmente en la biblioteca del palacio renacentista vallisoletano, pero en 1979, cualquiera podía echarle mano porque se exhibía sin vigilancia sobre un estante. «Si en ese momento me lo hubiese llevado, nadie se hubiera dado cuenta», asegura recordando el día en que lo descubrió, subiendo a la primera planta del claustro. «Hoy los códices están guardados bajo siete llaves, pero entonces no se valoraban igual», añade aliviado. Diez años después, inmerso de lleno en el mundo empresarial que le apartó de la Filosofía y del Derecho, Ovalle se atrevía a comprar su primer facsímil del Codex Calistinux y el Libro de Horas de Isabel la Católica y empezaba su propia colección.

Desde que acabó la universidad, su sueldo de directivo le ha venido aportado el dinero necesario para comprar lujosos libros a plazos. Pero le ha quitado algo. Si vuelve la vista atrás, Ovalle sólo ve libros y trabajo, libros y trabajo... «Lo que he hecho en los últimos 27 años ha sido trabajar y comprar libros. No he cogido unas verdaderas vacaciones de 15 días jamás», afirma, sentado ante un café, después de enseñar la muestra de sus facsímiles al periodista. Y es que en otra vida, aparte de su afición por la Filosofía del Derecho, a la que no renuncia, al bibliófilo le hubiera gustado ser músico. Por eso, la importancia de la selección musical del especialista Fernando Argenta, que sirve de fondo a Templum Libri; corales religiosas en la primera sala y temas instrumentales más profanos en la segunda.

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Ovalle ha dudado mucho antes de asumir el interés de este periódico por su figura porque siempre ha querido dejar el protagonismo a sus libros -"cuando el Ayuntamiento anunció la cesión de los facsímiles, se evitó expresamente difundir su nombre-", pero finalmente ha accedido a ilustrar estas páginas con un par de fotografías familiares. Entre las favoritas de su madre está la que Canóniga le tomó en 1959, o quizá era 1960, con la Enciclopedia Álvarez. «Todavía debo tener aquella enciclopedia, porque jamás he tirado un libro», dice. Y ya pueden estar ajados o descuadernados, añade, que siempre va a encontrar un lugar donde guardarlos.