Diario de León

El muy amado Marsó

Con su muerte, el productor ha dejado huérfano al teatro y «viuda» a su ex mujer, Concha Velasco, de quien se separó hace cinco años

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Arantza Furundarena
León

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Francisco Martínez Socias, conocido popularmente como Paco Marsó, dejó de existir a las 2,45 de la madrugada del viernes. Pero, por decisión de sus hijos, sus órganos vitales fueron donados y ayudaron poco después a «salvar tres vidas», según informó a la prensa Concha Velasco, quien pese a llevar separada de él cinco años, estos días ha ejercido de pilar y portavoz de la familia y se ha convertido a ojos de todos en algo así como la viuda moral del difunto.

«Él fue el hombre de mi vida. Nunca dejé de quererle», declaró la actriz, muy afectada pero entera, poco después de conocer la triste noticia. Nacido en Macael (Almería) hace 62 años, Marsó falleció en el hospital Carlos Haya de Málaga, después de haber permanecido una semana en coma a causa del derrame cerebral que sufrió el 1 de noviembre cuando se encontraba en casa de su hija primogénita, Diana, celebrando el cumpleaños de su nieto. La suya fue una vida en gran medida ligada sentimental y profesionalmente a Concha Velasco, con quien a lo largo de tres décadas de matrimonio puso en pie numerosos espectáculos teatrales al tiempo que en casa vivían un amor apasionado, irregular y a menudo tempestuoso.

Productor escénico de montajes como La rosa tatuada , de Tennessee Williams, Carmen Carmen e Inés desabrochada , de Antonio Gala, Paco Marsó fue ayer velado en el tanatorio madrileño de la M-30 por numerosos familiares y amigos, y hoy será enterrado en el cementerio de La Almudena. Deja cuatro descendientes: Diana, nacida de una relación anterior a su unión con Concha Velasco, Manuel, el hijo que la actriz aportó al matrimonio, Paco, hijo biológico de los dos, y Gabriela, la niña de 19 meses que tuvo con la cubana Diosi Ledesma, de la que también se había separado.

Celos del bolígrafo

El hombre que hizo gozar y sufrir a Concha Velasco, el que la mantuvo enamorada como una adolescente incluso después de su separación, era, en palabras de ella, «el más alegre, simpático y divertido». Y, como reconoció alguna vez con pesar, «también el más machista de todos». Se conocieron cuando él apenas tenía 17 años y aspiraba a ser actor. Fue en un montaje televisivo de Don Juan Tenorio , toda una premonición. «Tengo muchísimos celos de mi marido, celos hasta de un bolígrafo. Tengo unos cuantos años más que él y eso me acompleja», reconocería Velasco al celebrar sus bodas de plata. Y años después, ya separada, confesaría a este periódico que «lo mío, como bien me decía Antonio Gala, no eran celos. Eran cuernos». Casados desde 1977, y tras atravesar muchos altibajos, Concha y Paco se separaron definitivamente en el 2005. Pero él siempre la consideró la mujer de su vida.

Genio y figura, Marsó era un tipo entrañable, capaz de definirse ante las cámaras como «insoportable, cabezón, vehemente, maniático y discutidor», sin por ello perder su innegable encanto. A partir de su divorcio vivió una existencia intensa y turbulenta, llena de altibajos tanto sentimentales como económicos. En el 2007 fue condenado por impagos a Hacienda por una deuda que ascendía a 800.000 euros y de la que se hizo cargo en solitario, exculpando a su ya ex mujer, Concha Velasco. Un año antes, su hija mayor, Diana Patricia, había sido condenada junto a su pareja por haber cometido cuatro atracos en Granada y pasó un año en la cárcel. Pero él la apoyó en todo momento. «Era generoso, era un señor», repite Velasco, convencida de que lo va a echar «mucho de menos».

En los últimos tiempos Marsó había caído en la voraz tentación de los platós y las exclusivas y Concha, por más que juraba haber superado su separación, admitía también que evitaba ver «esa revista en la que sale la foto de Paco con su hija recién nacida, porque si la veo igual me da un ataque y tengo que suspender la función».

El viernes, al conocer la noticia, la actriz tomó un avión a las seis de la mañana rumbo a Málaga. Pero regresó a Madrid por la tarde para no suspender ninguna de las dos funciones previstas de La vida por delante , aunque por detrás la muerte de un ser tan querido la atenazara. «Para llorar en escena -”le confesó una vez Concha a esta periodista-”, me basta con acordarme de Paco».

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