Soso y sin sentido del humor
Francisco Franco, el mayor generador de chistes de la historia de España, es retratado en el libro «Cuando nos reíamos de miedo» Franco, un hombre «soso» y «sin ningún sentido del humor», es el personaje de l
Los chistes, esos «hijos maleducados y rebeldes del humor», reflejan «la realidad muy bien», dice Cardona, quien dedica su libro, editado por Destino y con un DVD, al escritor e historiador Rafael Abella (Barcelona, 1917-2008), considerado como uno de los mejores cronistas de la España contemporánea, con quien escribió a cuatro manos Los años del Nodo .
El chiste es un «chispazo» de la inteligencia. La mayoría eran de oposición y lanzaban sus dardos preferentemente contra la diana de Franco, pero también los había franquistas.
«Franco era un personaje que no tenía ningún sentido del humor, era tímido, terriblemente tímido -”subraya el propio Cardona-”, y los tímidos siempre tienen miedo a meter la pata y él siempre tuvo un cuidado exquisito de no hacerlo en todas sus acciones».
El humor es «arriesgado, imprevisible, es el trapecio de la imaginación y Franco nunca se atrevió a exponerse a esas cosas tan peligrosas, siendo, además, como era, una persona muy preocupada por su fama, por el qué dirán», asegura el autor del trabajo.
Tras visionar las cintas del Nodo, Cardona afirma que sólo ha visto sonreír abiertamente a Franco en un par de ocasiones: cuando se encontró con Adolf Hitler en Hendaya, en la frontera hispanofrancesa, en 1940, y con el presidente estadounidense Eisenhower en Madrid, en 1959.
Se le iban los ojos con Peron
Bueno, y también, añade, cuando Eva Perón visitó España en 1947, donde se la recibió con honores de jefe de Estado. Pero en aquella ocasión «sonreía más con la mirada, se le iban los ojillos».
La radiografía que Cardona hace de Francisco Franco en este libro que, según puntualiza, «no es de humor, sino que está hecho con humor», es demoledora, pues adolecía además de cultura.
«El jefe del Estado no tenía biblioteca y carecía de libros de consulta. No tenía ni un diccionario», afirma Gabriel Cardona, y recuerda que el general Francisco Franco salió de la academia militar con «uno de los peores resultados» de su promoción y después sólo hizo un «pequeño» curso de tiro, pero «sin exámenes».
«No aprende nada, no sabe conducir, no sabe nada, ni idiomas, pero tiene una astucia, una sensibilidad hacia el mando tremenda», apunta el autor de Historia del Ejército .
De Franco, ese «mandamás profesional», «lo que más se puede decir es que era soso», subraya.
«Esa discrepancia entre el Franco soso, callado y sin humor y el español que se ríe a carcajadas por cualquier cosa es ilustrativa -”reflexiona-” de lo que era el régimen y su realidad social».
Una realidad en la que brillaban con luz propia «la trilogía del humor»: la revista La Codorniz , «el gran referente humorístico español durante muchísimos años»; el «gran humorista gráfico Antonio Mingote y, en la radio, Miguel Gila, «el gran dinamitador de la formalidad franquista».
Mensajes falangistas
A La Codorniz, fundada por falangistas especialistas en lanzar mensajes subliminales contra «esa España seca, triste y enjuta del clero y del Ejército», le sustituyeron al final del franquismo otras revistas con un humor más abierto, más radical, y que anticipaban los cambios políticos que llegarían con la Transición.
En 1972, un año después de que viera la luz Cambio 16, cabecera de un grupo periodístico que sería trascendental en la Transición, llegó a los quioscos el semanario Hermano Lobo, promovido por Chumy Chúmez, y con la colaboración de escritores como Vázquez Montalbán, Francisco Umbral y Manuel Vicent, y como dibujantes, con Forges, Jaume Perich, Manuel Summers, y más tarde con Ops (El Roto).
En 1973, apareció el también mítico El Papus, que se proclamaba «Revista satírica y neurasténica», y que fue fundado por Xabier de Echarri, y en 1974 salió Por Favor, como una escisión de Hermano Lobo, con Perich y Vázquez Montalbán en la dirección y con Forges, Máximo, Juan Marsé, Maruja Torres y Josep Ramoneda de colaboradores.
Abrir las ventanas
Como buen historiador, Gabriel Cardona aboga por abrir de par en par las ventanas de nuestro pasado reciente para que España pueda recuperar «su identidad».
«Un pueblo sin identidad, sin referencias es dramático (...) Sin referencias no es posible una política nacional, la gente no se siente española, se siente otra cosa», dice, y ese, afirma, «es el gran fracaso de la política cultural que ha tenido la democracia».