El discreto encanto alemán
Los nuevos dirigentes rompen el acartonado estilo germano para dar paso a un aire de modernidad y atractivo social En Alemania impera una larga tradición que logró resurgir de las ruinas de la II Guerra Mundial una nación próspera y que luce co
A lo largo de seis décadas nadie ha querido rebelarse contra estos mandamientos casi bíblicos ante el temor de ser acusado de delito de lesa frivolidad, como fue el caso de Gerhard Schröder. El telegénico excanciller socialdemócrata dejó de fumar sus cigarros Cohibas en público y buscó un rol más conservador después de soportar una lluvia de críticas a causa de una sesión fotográfica como modelo, donde lucía un elegante traje confeccionado por la firma italiana Brioni y un habano entre sus dedos
Más trágico fue lo que le sucedió al exministro de Defensa, Rudolf Scharping, ridiculizado por medio mundo cuando permitió que un fotógrafo le retratara retozando en una piscina de Mallorca junto a su amante, la condesa Kristina Pilati, mientras los soldados alemanes intentaban restablecer el orden en la entonces provincia serbia de Kosovo.
El glamur y el carisma en la política alemana siempre fueron considerados valores sospechosos y ningún canciller de la posguerra se atrevió a romper con estas tradiciones. Helmut Kohl carecía completamente de cualquier atractivo y Angela Merkel encarna el lado opuesto de una estrella, aunque hace un par de años se atrevió a lucir un vestido escotado que causó sensación.
Willy Brandt, un hombre que amaba los placeres de la vida, tuvo que renunciar a su cargo por temor a que Günther Guillaume, el espía que trabajaba a su lado, revelara sus intimidades amorosas.
La máxima frivolidad que se permitía Helmut Schmidt, su sucesor en el cargo, era inhalar tabaco. Pero todo ha dado un vuelco con la irrupción en la vida pública de dos personajes que han cautivado al pueblo alemán y que están trastocando las reglas del juego hasta ahora imperantes: Bettina Wulff, la primera dama, y el actual ministro de Defensa, el barón Karl-Theodor zu Guttenberg y su bella esposa, Stephanie.
Tatuaje
La pareja del presidente Christian Wulff no se avergüenza de lucir un tatuaje en su brazo derecho y ya ha sido comparada por la prensa germana con Carla Bruni, esposa del líder francés, Nicolas Sarkozy. La presidenta consorte tiene 36 años, mide 1,80 metros, es atractiva, goza del raro privilegio de ser espontánea, nunca tuvo problemas para admitir que fue madre soltera antes de conocer a su actual marido y no dudó un segundo en darle un apasionado beso a su esposo ante las cámaras cuando fue elegido jefe del Estado.
«Posee estilo, ríe mucho y como anfitriona es perfecta», destacaba el Bild al enumerar alguna de las cualidades de Bettina. «En las recepciones oficiales oculta su tatuaje bajo discretos pañuelos, le gusta vestir vaqueros y odia ir de compras. Corre, juega baloncesto y visita tres veces a la semana un gimnasio», añadía el rotativo más leído de Alemania.
La primera dama ha logrado contagiar de su glamur al castillo Bellevue, residencia oficial del presidente, con un perfume de modernidad y su presencia comienza a modificar la hierática imagen del país centroeuropeo. Karl-Theodor zu Guttenberg goza de un privilegio diferente: es el dirigente más popular y si mañana hubiera que acudir a las urnas es posible que el barón fuera elegido canciller por aclamación.
Asunto de corazón
El actual ministro de Defensa, de 39 años, ha sido el primer político en desafiar las leyes no escritas que rigen la vida pública y tuvo, recientemente, la osadía de convertir una base militar alemana en Afganistán en un estudio de televisión para decirles a sus compatriotas que el motivo de su viaje y el de su esposa era un «asunto del corazón». A pesar del riesgo corrido con su frivolidad, el ministro salió indemne de la aventura y corrigió al alza su cuota de popularidad.
Los Guttenberg están en camino de convertirse en la encarnación alemana de otra pareja famosa que encandiló al mundo a comienzos de la década de los sesenta: John y Jacqueline Kennedy. El barón es joven, atractivo, millonario y como político es efectivo y valiente.
Su esposa es tataranieta del legendario Bismarck y se ha convertido en una estrella mediática gracias a su lucha contra la pedofilia. No es casualidad que la pareja más glamurosa de Alemania ocupe páginas y páginas en la prensa, que evoca sus hechos y sus gestos casi cada semana.
Los Wulff y los Guttenberg están cambiando las rígidas costumbres alemanas, pero no son los únicos que han esparcido un aroma de frescura en el acartonado marco político de la capital alemana.
Ursula von der Leyen, la dinámica ministra del Trabajo de 52 años y madre de siete hijos, ha logrado colocarse como virtual heredera de la poca carismática canciller gracias a una imagen que marca gran diferencia con la que ofrece Angela Merkel.