constancio rodríguez
Llegó a cazar treinta urogallos e innumerables perdices y liebres. escribe todos sus lances en un librín. dice que se reían de él porque solía abrigarse mucho, «pero todos aquellos, hoy, están muertos»

Los machos tienden a ser muy celosos», dice Constancio Rodríguez refiriéndose al urogallo, animal totémico de la montaña leonesa, mientras cuenta un lance de caza de los innumerables que vivió y que hoy cuenta con pasión y media sonrisa dibujada en la cara. «Los machos de toda índole», tercia luego.
Constancio, que tiene 95 años y nació en Pedrosa del Rey, narra historias y anécdotas con grandísima corrección y amenidad, eligiendo cuidadosamente las palabras, recreándose en los escenarios, y por eso habla de sitios en los que había «un escobal muy fuerte» o «unas matas muy tupidas». Es curiosín y aplicado, y se ha preocupado por reunir todas sus aventuras cinegéticas en un libro artesanal cuyo primer capítulo se titula Cacería del zorro que tumbé con la escopeta a 90 metros y de rodillas . «Siempre fui un campesino, pero Cervantes tampoco estudió y escribió el Quijote», advierte divertido.
Su afán siempre fue la caza. También pescó truchas, pero «no era del todo bueno». Tuvo estupendos perros para perdiz y liebre, que era lo que había, de aquella, en la montaña. Estaban ellos y los urogallos. Y de caza mayor, corzo y oso. Luego llegaron los jabalíes, que antes no se prodigaban y acabaron haciéndose los amos del monte, con mucho perjuicio para las perdices, que anidan en el suelo, donde hozan los gochos salvajes.
Al oso sólo lo cazó una vez, en Hormas. Pero la bestia fue hacia donde estaba apostado un cazador «en el que no confiábamos mucho» y no se atrevió a tirarle. «Tenía la escopeta por tener, era... ná, un envidiosuco ».
Cazó 30 urogallos cuando ningún bicho estaba en peligro de extinción, y tiene apuntados el cuándo y el cómo. Hizo -˜doblete-™, dos de ellos de una vez, «y no tengo conocimiento de nadie más que lo haya hecho»; es «sumamente difícil» por ser animal «muy avistao». Se cazan de noche, con algo de claridad, cuando andan al celo. «Cantan una seguidilla parecida a la de la golondrina, y cuando están en eso no atienden a más razones».
Y bien atentos a estas dos historias: una vez, un guarda amigo suyo tenía el compromiso de regalar una liebre y le pidió ir con él, porque tenía una perrina muy buena. Constancio le dijo que no porque la perra andaba en celo y en cuanto la sacara de casa iba a atraer a todos los perros. «No te preocupes, yo la cojo a hombros y hasta que no lleguemos al cazadero no la suelto», le dijo el guarda. Y allí la soltó, pero les costó seguir el rastro, la liebre se escabullía hasta que por fin la vieron. Y justo cuando iban a disparar llega un perro del pueblo y la ahuyenta. Tanta rabia les dio que le pegaron un tiro. Y después de volver a casa en medio de una nevada terrible, teniendo que vadear un río y sufrir muchas otras peripecias, al día siguiente se encuentra al vecino examinando a aquel perro, que había sobrevivido. «Yo no sé que tiene el mi perro, no quiso almorzar y paez que está triste». «Ya que estás aquí, Constancio, ten de él». Y justo cuando estaba el vecino mirándole la boca y el perro tirándose unos cuescos formidables, diciendo «¡tiene moquillo, si no se lo saco, se me muere1», al poco el animal se tambalea, y adiós muy buenas. Constancio, ni gutó.
Otra vez andaba mosca porque en las batidas de jabalí no le daban buenos puestos, y el que los situaba le dijo: «Ponte aquí, aquí si que te lleva por delante». Dicho y hecho. Estaba sentado contra un escobal, el jabalí le entró por detrás ¡y le llevó la escopeta con un colmillo! Cincuenta metros más allá la encontró.
Constancio también estuvo en la guerra. Combatió en Teruel. Tiene dos cicatrices de bala en el muslo. Cierta noche de mucho frío se preocupó de hacer un fuego, y cuando lo tuvo hecho, soldados de la compañía, que no le habían ayudado nada, fueron para allá a calentarse. Él, enfadado, marchó a guarecerse más lejos, en un hoyo, él solo, cuando se oyó un silbido... y un proyectil fue a impactar justo donde el grupo, matándolos...