Diario de León

vegamián

Un pueblo sin pueblo

la cita romera de Pardomino llena cada año el vacío de nostalgias de un pueblo que se vio forzado a dejar su valle por un puñado de kilowatios

En un año de sequía reaparecieron edificios ya dañados.

En un año de sequía reaparecieron edificios ya dañados.

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León

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El ejemplo de los vecinos de Vegamián -un pueblo sin pueblo- bien merece que le dediquemos nuestro apunte dominical en el día del reencuentro anual. No deja de ser un homenaje a estas gentes por el tono logrado en la convivencia, dispersas físicamente, pero unidas siempre en el sólido recuerdo hacia aquel pueblo que les vio nacer y cuya desaparición dudosamente podría justificarse.

Cuarenta y cuatro años de la diáspora, no han sido suficientes para despegar a los vegamianeses del solar de sus mayores. Esta fiesta no puede fallar -dicen los observadores-. Los hombres y mujeres de Vegamián han sabido inculcar en sus hijos y nietos un profundo respeto a la tradición y a las costumbres, así como un cariño especial a los reencuentros periódicos. La fiesta de San Antonio en el valle de Pardomino, recoge y materializa todos estos sentimientos en esta cita anual.

Cuando a principios de la década de los años sesenta, se tuvo la certidumbre de que un pantano anegaría con sus aguas el antiguo y noble Concejo de Peñamián, las gentes se aprestaron a prevenir, en cierto modo, el futuro inmediato que les asegurase un «modus vivendi» acorde con la dignidad y consideración que habían disfrutado en los pueblos de que eran desarraigados. Las noticias que llegaban de los afectados por el embalse de Luna, y sus arbitrarias expropiaciones, no eran nada alentadoras.

Los hechos vinieron a demostrar que detrás del romanticismo redentor con que se quería teñir a los exiliados forzosos, existía un trasfondo político, que traducido a «román paladino», significaba, desgraciadamente, un cúmulo de intereses económicos, zancadillas, enfrentamientos y toda esa picaresca inevitable que nace alrededor de tasaciones, peritaciones, subvenciones y valoraciones subjetivas. Pero la fiebre pantanera remató, contra viento y marea una obra cuya principal justificación se valoraba en KW/H, y que hoy, perdida ya la memoria de aquella inicial justificación frustrada, dudosamente pueden hacer rentables las 1.300 hectáreas sumergidas, los ocho pueblos anegados y las 915 personas arrancadas de un suelo fértil y sabiamente laborado.

Las gentes montañesas tardaron un tiempo en reaccionar. El golpe había sido demasiado duro y dirigido a la parte más sensible de sus emociones: el amor y la identificación con el entorno que les vio nacer. A pesar de todo, el tiempo fue calmando los ánimos, y la desesperanza inicial se convirtió en un sereno añorar la pacífica convivencia comunitaria de otros tiempos. Alguien, con un gran sentido pastoral heredado, y matizado más tarde en su propia experiencia, supo dar cauce a las inquietudes de los desperdigados vegamianeses para aglutinarlos, siquiera una vez al año, en torno a la figura del santo de Padua, que sirvió de guía a sus mayores.

Desde entonces, la cita romera de Pardomino, ha venido a llenar el vacío de las nostalgias y ha dado el tiro de gracia al naciente «síndrome de abstinencia convivencial» que aquejaba a las buenas gentes de Vegamián. Por eso, después del arranque de los primaros años, y una vez que la fiesta ha cogido tanta solera, como el precioso lugar donde se celebra, son muchos los grupo familiares que preparan su paella dominical durante todo el verano.

La edición de este San Antonio 2011 en que se celebra el 44 aniversario de la salida forzosa, volverá a inundar el valle de Pardomino de ecos festivos, de abrazos emocionados por el reencuentro y de olores a tortilla y churrascos mezclados con la inigualable fragancia de los prados montañeses.

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