Diario de León

santa marina del sil

La cultura castreña pudo ser el origen remoto de una localidad que se transformó con el pantano y que hoy es la capital de la carpa

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León

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A la vera del mítico Sil, el de las pepitas de oro, y adscrito al municipio de Toreno, se encuentra un bello rincón del Bierzo enmascarado entre los añosos castaños que rubrican la esencia berciana. Santa Marina del Sil, un pueblo que hunde sus raíces en la repoblación cristiana surgida en el avance de la Reconquista, es hoy vigía privilegiado de las remansadas aguas del embalse de Bárcena, que cubren los refundidos restos de los monasterios medievales de San Salvador y San Julián en la sumergida parroquia de Santa María, cuya espléndida portada románica del siglo XII, sólo puede ser admirada por los expresivos ojos de las carpas que pueblan el lago artificial.

La cultura castreña, que distingue cada poblamiento del entorno, pudo ser muy bien el germen del primitivo asentamiento de nuestro pueblo, y más tarde, en los albores del cristianismo, cuando Marina, la santa orensana, sufrió uno de los más atroces martirios que recuerda el martirologio español, la sensibilidad de aquellas buenas gentes orientadas por los primeros pastores de almas, se decantó en el sentido de acoger para su naciente parroquia la titularidad de Santa Marina, degollada un 18 de julio después de una bárbara tortura por no ceder a los torpes caprichos del tirano Olibrio.

De esta manera, cuando el carismático San Genadio puso orden en el monasterio de Santa Leocadia del Sil, desde la silla episcopal de Astorga, y refundó el cenobio en el año 916, encontró ya, que sus antiguos fundadores, los abades Valentín y Moisés, habían dejado constancia documental de la presencia de Santa Marina, que aparece en el Tumbo de León, junto a la donación del castillo de Faro al monasterio de San Cipriano, de la manera siguiente: «...etiam et ibi reconditae sunt Santae Marinae reliquiae in Vugueza...». Y hace expresa donación al nuevo monasterio de «...Eclesia vocabulo Sancta Marina and regendum».

Y llegó la carpa

Cuando a finales de la década de los cincuenta del siglo pasado, Franco inaugura el pantano de Bárcena, después de doce largos años de haber sido redactado el proyecto, los habitantes de Santa Marina -”266 según el censo de 1960-” vivieron años de zozobra al ver profundamente mutilado su patrimonio agrícola, precisamente en la parte más fértil, la vega, que fue poco a poco inundándose dando la sensación de que el Sil se había cansado de ir hacia abajo, y ahora sus aguas volvían hacia arriba para anegar implacablemente el terreno heredado de sus mayores. El éxodo obligado de muchas familias afincadas en la zona, y afectadas por la merma de sus recursos, unido al paulatino despoblamiento rural que viene padeciendo el campo español, se hace patente en Santa Marina, pues 51 años después de que Bárcena y los canales cerrasen el Plan de Regadíos del Bierzo, su población estable ha descendido en la notable cantidad de 237 habitantes.

Pero algo singular había sucedido en el cambio morfológico propiciado por el nuevo lago.

Un nuevo paisaje, una nueva perspectiva, y un nuevo talante de la gente que resistió el cerco del agua, desembocó forzosamente también en una novedosa actitud frente a la oferta turística que tan generosamente ponía en sus manos la Naturaleza domesticada.

Un nuevo reclamo

Y nació el Centro de Iniciativas Turísticas de Santa Marina del Sil, que supo ver desde el principio el reclamo y el tirón de aquella bendita tierra para encajarla en el concierto turístico provincial y regional, dentro de un atractivo centrado en la «venta» de paisajes naturales, y el siempre celebrado deporte de la pesca.

Y es que a Santa Marina del Sil, le había llegado una nueva especie que se incorporaba a la fauna tradicional de la comarca: su majestad, la carpa, que había tomado posesión de las templadas aguas de un embalse que abría nuevos derroteros a la oferta turística, tan ligada siempre a la competitividad deportiva y a la obligada oferta gastronómica derivada de la creciente captura del sabroso «ciprínido».

Y así, el presidente del CIT, Ángel González, con un buen equipo de incondicionales, instituyó los festivales carpenses, dando un contenido al certamen que difícilmente podría ser ignorado entre los más sonados del Bierzo, de la provincia, y aún de nuestra Comunidad, pues nos consta que figura ya entre los más destacados y mimados de cuantos patrocina la Federación de Centros de Iniciativas Turísticas de Castilla y León (Fecitcal), dentro del concierto económico que mantiene con la Dirección General de Turismo de la Consejería correspondiente.

Este año, que durante este fin de semana, se ha celebrado nada menos que el XXXIV Festival de la Carpa, con la concurrencia habitual, y la numerosa presencia de los cada vez más expertos pescadores, no ha tenido, sin embargo, el brillante colofón que se le dedicaba a la exaltación culinaria de este pez estrella de las aguas embalsadas.

La comida, y la consiguiente recepción de autoridades, que daban brillo y solemnidad al acto, han sucumbido víctimas de la tiranía impuesta por la crisis económica, que ha reducido hasta el cincuenta por ciento las subvenciones que sostenían y fomentaban la oferta turística en las zonas rurales, como es el caso.

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