Diario de León
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León

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Es difícil hoy extrapolar las circunstancias sociales, y sobre todo religiosas, del mundo cristiano medieval hace ochocientos años. No obstante, sí es fácil comprender que la renuncia a los bienes terrenales y a la consideración social de un linaje, está reservada para esa selecta minoría que con su extravagante proceder da un toque de atención a los que ponen por bandera la vida regalada, la apariencia y la búsqueda indiscriminada de honores.

Por eso es más meritorio que Clara Sciffo, a la edad de dieciocho años renunciase a los privilegios que le ofrecían su categoría social, sus riquezas y su indiscutible hermosura. Nuestra santa, siguiendo los pasos de su paisano, Francisco de Asís, hijo de un acaudalado comerciante, eligió el duro camino de la pobreza con la alegría y la esperanza de conseguir un mundo superior.

Con la oposición manifiesta de la familia, a excepción de su hermana menor, Inés, que la acompañó al voluntario exilio, se refugió en la iglesia de San Damián, desde la que fundó, conjuntamente con San Francisco, la célebre Orden de Religiosas Franciscas o Vírgenes Seráficas, que andando el tiempo serían conocidas por monas Clarisas, en recuerdo de su fundadora.

Las primitivas Clarisas se siguen distinguiendo con el apelativo de «Señoras Pobres de Santa Clara». La reforma de los Estatutos, han multiplicado las ramas, que se dividen en: Urbanistas, Capuchinas, de la Anunciada —en Villafranca del Bierzo—, del Ave María, de la Concepción, Recoletas...

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