AGAPITO TRIGAL
«el camino va a morir de éxito»
por su casa han pasado desde un embajador japonés hasta matrimonios que se conocieron en este rincón de la ruta jacobea. de entre las miles de postales recibidas, una va dirigida a la siguiente dirección: «señor agapito, un ángel»

JESÚS F. SALVADORES
El cartero siempre tiene cartas para él. Y postales. Y notas de agradecimiento. Y libros dedicados. Su archivo personal es ingente: todo lo que ha recibido en estos 16 años dedicados en cuerpo y alma al peregrino caben —por ahora— en 56 volúmenes cuidadosamente encuadernados y fechados que acogen cerca de 60.000 testimonios. «Cógelos y mira a ver si ves alguna cosa mala», invita Agapito Trigal. Pues no. Hasta donde alcanza la vista, todos agradecen su puesto de ciruelas, cuando es el tiempo, o de manzanas, o sus galletas, sus caramelos, sus palabras de ánimo. El banco donde se toman un descanso. El libro donde firman y expresan agradecimientos, deseos o reflexiones. Una esquina de San Miguel del Camino que es como un respiro, un alivio entre el tráfico, el cansancio y las ampollas y que muchos recuerdan con gran afecto tiempo después, cuando regresan a sus hogares de Frankfurt, de Bolonia, de Toulouse o de Seúl.
Agapito Trigal tiene una buena huerta con manzanales y perales cargados de fruta, hileras de patatas, tomates y berzas, sillas para sentarse y conversar y un fresco rincón donde no pocos concheiros han dormido siestas y noches enteras. De esta rústica pero bien surtida despensa salen kilos y kilos de fruta que llegan, de forma del todo desinteresada, a los peregrinos pero también a la sede leonesa de Cáritas.
De su pasión por ayudar al caminante —«en realidad es darles cariño, una palabra de ánimo, una fruta, ¡pero si eso no cuesta nada!», clama— cuenta que nació casi al mismo tiempo que él, pues vio su primera luz en San Miguel, a la vera misma de la Ruta, donde sus padres regentaban un bar y existía «un hospitalillo» en el que se alojaban los escasísimos peregrinos que de aquélla desfilaban rumbo a Compostela. «Venían con hábitos de monje, demacrados, a lo mejor pasaban dos al mes, como mucho; viéndolos, comencé a cogerles afecto y a preocuparme por ellos. Y a sentir intensamente lo que era de verdad el Camino», relata.
Agapito Trigal entregaría después su vida laboral a Unión Fenosa durante cuatro décadas; fue una vez jubilado cuando pudo dedicar más tiempo a la vocación de servicio que le ardía en el pecho. Además, de una grave enfermedad y posterior secuela en forma de depresión salió tomando el camino que tenía más a mano, el que pasa por delante de su casa. «Desde hace 16 años, y durante todas las mañanas, de ocho a dos, me dedico a los peregrinos, y he de decir que éstos me han consolado mucho. Yo les doy lo que tengo y la mayoría de ellos me corresponden con su sonrisa y su cariño, ¡eso me llena!», confiesa.
La contra, para Agapito, es la dirección que está tomando esta ‘Calle Mayor de Europa’, declarada también Patrimonio de la Humanidad y Premio Princípe de Asturias sus impulsores: «Ya no es el Camino espiritual que yo conocí. Desde hace tres años están pasando infinidad de personas, y muchos no son peregrinos, son turistas u otras cosas. Hay alguno que no sabe a dónde va ni a lo que va. Yo, de lejos, sé si son o no peregrinos. Por el andar, por la mirada, por la sonrisa...». «Hay quienes van cantando, pidiendo a los camioneros que toquen el cláxon, una especie de una romería, vamos, eso sin contar con los tiras y aflojas de albergues y pueblos para que el Camino pase por ellos, todo a base de intereses. Mira lo que te digo: el Camino se va a morir de éxito», profetiza.
«También cuento con el agradecimiento y reconocimiento del alcalde y del presidente de la Junta Vecinal, aunque en el pueblo hay cinco o seis personajillos que lo llevan mal porque no entienden de altruismo, de solidaridad ni de lo que significa el Camino. ¡Qué pena!», se lamenta. Aunque Agapito ha visto pasar desde ministros y embajadores a gente en muletas o sillas de ruedas, y hasta quienes se conocieron en el Jacobeo, se casaron y vuelven con los hijos, revela que éste puede ser su último año a pie de Ruta.
Pero luego recibe una carta desde un pueblo de Austria y sus ojos vuelven a brillar.