Diario de León

viajes sobre raíles

LA FEVE DA UN VUELCO A LAS VIEJAS ESTRUCTURAS FERROVIARIAS que antes llevaban a los jóvenes a disfrutar de las aguas del torío y actualmente inicia la andadura para integrarse en la ciudad de león

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León

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Cuando en el año 1917, se inauguraba la línea férrea León-Matallana, para unir este ramal con el de La Robla a Bilbao, que llevaba 25 años funcionando, los leoneses vieron una puerta abierta a las comunicaciones transcantábricas, además de aproximar a la capital un buen número de pueblos en régimen de cercanías. La profunda crisis del transporte por ferrocarril, y la nefasta política seguida para paliar sus efectos pusieron en peligro —en los años ochenta del pasado siglo— la supervivencia de una línea que el 21 de abril de 1890 creaba la «Compañía de FC. Hullero de La Robla a Valmaseda».

Hoy, superadas ampliamente aquellas circunstancias, y de la mano de nuestro paisano, Ángel Villalba, la FEVE recobra sobradamente sus antiguos esplendores leoneses e inicia una andadura, que comenzó hace unos días con la inauguración de su «campamento base» en San Feliz de Torío, para integrarse en la ciudad de León, en el próximo año, tal y como exigen los nuevos tiempos, cerrando las inevitables «heridas» urbanas que produce una red ferroviaria en el desarrollo integral de la ciudad, como pasó con la reciente remodelación de la Estación de RENFE.

Un tren para recordar

Los chicos de los años cincuenta conocimos el «tren de Matallana» en pleno apogeo. El transporte del talco, del carbón y las mil y una mercancías que veíamos pasar desde el puente aledaño a nuestro colegio de los Hermanos Maristas, no despertaban en nosotros ningún sentimiento; pero los domingueros trenes especiales, cargados de una variopinta y joven multitud bullanguera y retozona, sí que impactaron en nuestros deseos de participar en las alegres excursiones.

Aquellos trenes, con parada de término en las estaciones de Matallana y Boñar, rebosaban de gentes ávidas de conquistar un espacio en las riberas del Bajo Torío. Los vagones de madera se abarrotaban de bolsas merenderas, botas o cantimploras con vino de Valdevimbre, gaseosas de aquellas amarillas, jerseys para «por si acaso»... Y hasta el apeadero escogido , el ambiente se llenaba de canciones que pasaban por el recuerdo de «mi tío Desiderio» hasta llegar al «vino que tiene Asunción», para terminar con la más que popular «Asturias, Patria Querida».

El chirriar de los frenos y el espaciado ritmo del «cha-ca-cha» del tren, anunciaba la llegada de la primera estación. La mayor parte de la gente se apeaba entre San Feliz, Garrafe, Pedrún y Pardavé, perdiéndose en las frondosas choperas que escoltaban el río. Chicas y chicos, confundidos en el desenfado de numerosas pandillas, olvidábamos la rigidez que nos impusieron las formas de aquel entonces, y lejos de las miradas de nuestros preceptores espirituales, siempre tan obsesionados con el demonio, el mundo, y sobre todo, la carne, procurábamos encontrar la parte positiva del mandato supremo que rige irrefrenable y sugestivo el encuentro de los dos sexos.

El padre Torío purificaba nuestros cuerpos con sus cristalinas aguas. Más tarde, con el protagonismo de una buena tortilla y el complemento de un chorizo casero adobado con el pimentón de La Vera, dábamos paso a una animada y larga sobremesa, donde los chascarrillos, picardías y canciones populares ponían una nota graciosa en consonancia con la paz bucólica de aquellos campos.

Después había que volver, pero muchos de nosotros no teníamos ni un duro, pues las cuatro «perras» que te daban de propina no llegaban más allá del billete de ida y un refresco a media tarde. Se imponía entonces la habilidad y el encubrimiento para sortear el paso del revisor. Menos mal que en aquellos benditos tiempos funcionaba de sobra la llamada solidaridad.

Para estos montañeses de Boñar, causó un gran impacto la inauguración de su entrañable estación ferroviaria. Esta gente, ya madura, que han sido y son viajeros asiduos del trenecito de vía estrecha, escucharon ya a sus abuelos, cómo el día 22 de noviembre de 1892, la villa boñarense vistió sus mejores galas para acudir en masa a la apertura de la comunicación férrea entre La Robla y Boñar, hecho que se materializó con la llegada de la impresionante locomotora, que desde la primera población, entraba en la villa del «Negrillón» entre aplausos y el estrépito de numerosos cohetes que surcaban los aires del brumoso otoño montañés.

La montaña del Porma quedaba así redimida del largo aislamiento secular, y se incorporaba a las zonas que ya gozaban del benéfico influjo de las comunicaciones.

Mañana, o quizá días después, según la programación prevista, los viajeros no llegarán a León en tren, sino que entrarán en la ciudad en autobús, de manera provisional, pues el año que viene lo harán en el nuevo tranvía proyectado para que algunas barriadas leonesas, partidas desde hace un siglo, puedan darse la mano sin necesidad de cruzar la vía.

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