Diario de León
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Por azares del calendario, dos de los países involucrados con toda intensidad en los proceso de democratización (y cambio de régimen) etiquetados como primavera árabe, Libia y Túnez, coinciden en el interés internacional porque el mismo día, casi hora por hora, han hecho historia: los rebeldes libios enterraron de mala manera el lunes y en incógnito lugar al coronel Gadafi, sumariamente ejecutado cuatro días antes. Y, simultáneamente, la autoridad electoral tunecina empezaba a facilitar los resultados de la elección para una asamblea constituyente. El Consejo Nacional de Transición proclamaba en Libia la liberación del país pero pedía a la Otan que mantuviera algún tiempo más su misión y en Túnez se hablaba de quien formará el gobierno.

La petición del Ejecutivo interino libio fue rehusada con inusual rapidez para dar por terminada la intervención internacional. El Consejo de Seguridad de la ONU dio por cancelada la misión que sirvió para acabar con Gadafi, pero con tal unanimidad y presteza que no pudo evitar la impresión de una prisa cercana a la descortesía.

Libia, pues, nace al orden democrático, en tanto que fin de la opresión, casi inerme, sin Ejército digno de tal nombre, sin clase política entrenada, sin partidos conocidos, sin un líder respetado y popular y con una devastación material considerable y profundas heridas morales derivadas de cientos de ejecuciones por venganza, víctimas seleccionadas bajo criterios étnicos y la evidencia de que las diversas corrientes de la rebelión se atienen a agendas específicas cuya conciliación en un proyecto nacional común se anuncia muy difícil. Gadafi, claro está, tiene una gran responsabilidad: pudo dejar el país a tiempo, la existencia de una clase trabajadora motivada y alerta, la completa falta de cintura política del indefinible régimen gadafista, la ausencia de herramientas elementales, como un censo creíble, y lo que Benjamin Franklin, ya apreciaba mucho a finales del siglo XVIII: algo bueno que conservar. Túnez tiene una envidiable agricultura por goteo, una dinámica industria turística y un activo mundo universitario e intelectual Solo le sobraba Ben Alí y el interesado, para decirlo todo, pareció entenderlo en seguida.

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